Otro personaje en el que los conjurados tenían depositada toda su confianza era el mariscal Erwin Rommel, que había sido precisamente compañero de Stülpnagel en la escuela de infantería de Dresde. Los impulsores del complot deseaban tener a Rommel de su parte, en razón de su prestigio y popularidad. Tenían previsto ofrecerle las responsabilidades de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y quizás la de jefe provisional del Estado.
El 15 de mayo de 1944, Rommel y Stülpnagel se reunieron en una casa de campo de Mareil-Marly para tener un cambio de impresiones sobre la actitud a tomar ante el cercano golpe de Estado. Pero Rommel nunca se mostró partidario de la eliminación física del dictador; estaba convencido de que el pueblo alemán, intoxicado por la hábil propaganda de Goebbels, haría de Hitler un mártir. Aun así, los conjurados no se desanimaron y trataron de persuadir al Zorro del Desierto para que se involucrase totalmente en el complot.
Los alemanes en París.
La capital francesa era el punto desde el que se coordinaba la lucha contra las tropas aliadas desembarcadas en Normandía. Su control se convirtió en un objetivo para los conjurados.
Tras el fracaso alemán al intentar contener a los Aliados en las playas, Rommel intentó convencer a Hitler para que intentase alcanzar un acuerdo negociado que evitase la inexorable derrota que se produciría en el caso de seguir combatiendo ante el enorme potencial desplegado por sus enemigos. Pero Hitler le contestó secamente:
– No se inquiete por la continuación de la guerra, mariscal. Piense sólo en su frente de combate.
Todo cambiaría bruscamente el 17 de julio, mientras Rommel hacía su habitual visita al frente. Poco después de las seis de la tarde, su vehículo circulaba por la carretera de Livarot a Vimoutiers cuando aparecieron dos aviones enemigos. El chófer aceleró para tomar un camino que había a la derecha, a unos trescientos metros, para poder refugiarse, pero no le dio tiempo de efectuar esa maniobra. Los aparatos aliados, en vuelo rasante a gran velocidad, llegaron hasta el coche de Rommel. Abrió fuego el primero de ellos, alcanzando el costado izquierdo del vehículo. Rommel sufrió heridas en el rostro y un golpe en la sien izquierda, que le dejó sin conocimiento. El chófer perdió el control del coche, que fue a chocar contra un árbol, para caer finalmente en un foso después de dar una vuelta de campana. Rommel había sido proyectado fuera del auto. El segundo avión lanzó sin acierto algunas bombas. El mariscal tenía el rostro cubierto de sangre y presentaba heridas en su ojo izquierdo y en la boca. Fue atendido de urgencia en un pequeño hospital regentado por religiosas y después fue trasladado al hospital de Bernay, en donde se le diagnosticaron heridas graves en el cráneo.
El Zorro del Desierto había quedado fuera de juego, lo que suponía un duro golpe para los conjurados; su personalidad hubiera resultado decisiva para lograr el apoyo de las tropas del frente occidental una vez desatado el levantamiento. Además, la ausencia del mítico militar restaba peso político a los conspiradores, ya que su enorme prestigio en el campo aliado le convertía en el interlocutor idóneo para unas conversaciones de paz.
Ahora, todo dependía de la actitud del mariscal Von Kluge. Aunque la fiabilidad del general Stülpnagel era absoluta, su radio de acción se limitaba al ámbito administrativo, al no disponer de tropas. Por tanto, la gran incógnita era lo que haría Von Kluge en el momento que llegase a París la noticia del atentado contra Hitler. ¿Se pondría a las órdenes de las nuevas autoridades o permanecería leal a los jerarcas nazis?
El mariscal Erwin Rommel, el mítico Zorro del Desierto.
Los conjurados tenían previsto confiarle la dirección de las Fuerzas Armadas tras el golpe.
STAUFFENBERG, DECIDIDO A ACTUAR
A finales de junio, Stauffenberg se mostró firmemente decidido a realizar él mismo el atentado. Pese a que él disponía ya del ansiado acceso al Cuartel General de Hitler, los conjurados estaban convencidos de que su puesto debía estar en Berlín, dirigiendo el golpe. Pero el conde era consciente de que no podrían encontrar a nadie que hiciera el “trabajo sucio”. Él se encargaría de ello.
No sabemos si antes de esas fechas Stauffenberg había decidido atentar él mismo, pero lo que es seguro que en esa última semana de junio comunicó a sus compañeros que quería hacerlo, y así consta en algunas cartas personales que se han conservado, como en una misiva de su ayudante, von Haeften, en la que aseguraba que “Claus piensa en hacer él mismo el acto”.
A primeros de julio se aceleró el ritmo de las reuniones clandestinas para fijar por enésima vez los detalles del golpe. En esos días se celebraron numerosos encuentros y conversaciones en Berlín, mientras que el general Beck, el futuro presidente de Alemania, continuaba buscando apoyos entre los Aliados para derrocar el régimen, mediante sus contactos en Suiza y Suecia.
Era ya difícil que aumentase aún más la tensión, pero ésta estuvo a punto de estallar cuando el 5 de julio la Gestapo detuvo a Julius Leber, al ser reconocido por un delator de la policía cuando intentaba entrar en contacto con dirigentes obreros con el fin de ganárselos para la causa de los conjurados. Leber, de ideología socialdemócrata, había contado con el apoyo de Stauffenberg y otros compañeros suyos para disputar el puesto de canciller a Beck. No formaba parte del círculo de decisiones, pero estaba claro que para la Gestapo no iba a ser muy difícil tirar del hilo que llevaría hasta el corazón del complot.
Stauffenberg, que había sido ascendido a coronel el 1 de julio, fue presionado para que llevase a cabo el atentado de una vez. Al día siguiente de la detención de Julius Leber, el 6 de julio, acudió a unas conversaciones previstas en el Cuartel General de Hitler en Berchtesgaden, llevando la misma cartera que llevaría el día del atentado, el 20 de julio. Desconocemos también si ese día su cartera contenía la bomba, aunque lo más probable es que sí, en caso de ser cierto lo que más tarde recordaría el general Stieff ante la Gestapo. Stauffenberg estuvo presente en dos conferencias, de aproximadamente una hora de duración cada una, con Hitler, Himmler y Speer, entre otros. Una se desarrolló entre las cinco y las seis de la tarde y la segunda entre la medianoche y la una de la madrugada. Es de suponer que a Stauffenberg no le surgió la posibilidad de activar la bomba.
El 11 de julio Stauffenberg acudió de nuevo a presencia de Hitler, también a Berchtesgaden. A esta reunión, en la que estaba prevista la asistencia de Heinrich Himmler, sí que es seguro que asistió con el artefacto explosivo, dispuesto a hacerlo estallar. Fue acompañado por el capitán Friedrich Karl Klausing, un joven oficial, que le esperaría en un vehículo aparcado cerca del Berghof para poner rumbo al aeropuerto, en donde tenían un Heinkel 111 a su disposición. Stauffenberg asistió a la conferencia de la mañana, que se desarrolló entre la una del mediodía y las tres y media de la tarde. En Berlín los conjurados esperaban la noticia del atentado, pero no sucedió nada.
Cuando Stauffenberg abandonó la residencia de Hitler, explicó al capitán Klausing que no había accionado la bomba porque contrariamente a lo previsto, Himmler no había tomado parte en la conferencia. El jefe de las SS estaba considerado como el sustituto natural de Hitler, pese a que ese honor correspondía formalmente a Goering, así que los conspiradores creían necesario eliminarlo al mismo tiempo que Hitler para descabezar así el régimen nazi.