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Sea como fuere, tú ya habías escrito el relato del asalto de Nocheztli a las estancias, puesto que habías

estado presente al í, así que a continuación me puse a dictarte el relato de mi mucho más difícil asalto al

puesto comercial, y tú fuiste escribiendo todas las palabras, concluyendo con la decisión que habíamos

tomado de partir hacia las Miztóatlan. Una vez que hube terminado dijiste en un murmul o:

-Estoy muy contenta, mi señor, de oír que piensas atacar pronto la Ciudad de México. Espero que la

arrases por completo, como hiciste con Tonalá.

-Yo también. Pero ¿por qué deseas que sea así?

-Porque eso arrasará también el convento de monjas donde viví después de morir mi madre.

-¿Ese convento estaba en la Ciudad de México? Nunca me habías dicho dónde estaba situado. Sólo

conozco un convento de monjas al í. Estaba cerca del Mesón de San José, donde en otro tiempo viví yo

mismo.

-Ese es, mi señor.

Una sospecha en cierto modo turbadora pero no de consternación estaba empezando a apoderarse de mi.

-¿Y tienes alguna queja contra esas monjas, niña? Muchas veces he estado tentado de preguntártelo. ¿Por

qué te escapaste de aquel convento y te convertiste en una vagabunda sin hogar, vagando hasta acabar

por encontrar finalmente refugio entre nuestro contingente de esclavos?

-Porque las monjas fueron muy crueles, primero con mi madre y luego conmigo.

-Explícamelo.

-Después de asistir a la escuela de la Iglesia, cuando mi madre tuvo instrucción religiosa suficiente en esa

religión y hubo alcanzado la edad requerida, se confirmó como cristiana e inmediatamente tomó lo que el os

l aman "órdenes sagradas", se convirtió en la esposa de Cristo, como dicen el os, y empezó a residir en el

convento como monja novicia. Sin embargo, pocos meses después se descubrió que estaba preñada. La

despojaron del hábito, la azotaron con saña y se la expulsó con deshonra. Como he dicho, el a nunca,

nunca, le dijo a nadie, ni siquiera a mí, quién la dejó preñada. -Y luego añadiste con amargura-: Dudo de

que fuera su esposo Cristo.

Me quedé meditando un rato y luego le pregunté:

-¿Acaso tu madre se l amaba Rebeca?

-Sí -contestaste tú, atónita-. ¿Cómo podías tú saber eso, mi señor?

-Yo también asistí durante un breve tiempo a esa escuela de la Iglesia, así que conozco un poco su historia.

Pero abandoné la ciudad por aquel entonces, de modo que nunca me enteré de la historia completa. Y

dime, después de la expulsión de Rebeca, ¿qué fue de el a?

-Como l evaba dentro de el a un hijo bastado, yo diría que le dio vergüenza volver a su casa con su madre y

su padre, su patrón blanco. Durante un tiempo se ganó la vida a duras penas haciendo pequeños trabajos

de vez en cuando por los mercados; vivía literalmente en las cal es. Yo nací en un lecho de harapos en

cualquier cal ejón de alguna parte. Supongo que tengo suerte de haber sobrevivido a la experiencia.

-¿Y luego?

-Luego ya tenía dos bocas que alimentar. Me ruboriza decirlo, mi señor, pero mi madre se dedicó a lo que

vosotros l amáis en vuestra lengua "hacer la cal e". Y como era mulata... bien, ya te lo puedes imaginar;

difícilmente solicitaban sus servicios ricos nobles españoles o ni siquiera prósperos mercaderes pochtecas.

Sólo se acercaban a el a recaderos de los mercados, esclavos moros y otros hombres por el estilo. Los

entretenía en sórdidas posadas e incluso en cal ejones traseros, en la cal e. Al final, cuando yo no debía de

tener más que cuatro años, recuerdo haber tenido que mirar como el a hacía esas cosas.

-Al final. ¿Cuál fue el final?

-Otra vez me ruborizo, mi señor. A causa de alguno de sus servicios en las cal es mi madre contrajo el

nanaua, la enfermedad más vergonzosa y revulsiva. Cuando comprendió que se estaba muriendo volvió al

convento l evándome de la mano. Bajo las reglas de aquel a orden cristiana, las monjas no podían negarse

a acogerme. Pero naturalmente conocían mi historia, así que todos me despreciaron, y no me quedó

esperanza alguna de que me concedieran un noviciado. Simplemente me utilizaron como criada, como

esclava, como sirvienta. De todos los trabajos que había que hacer, yo era la que siempre hacía los más

rastreros, pero por lo menos me dieron cama y alimento.

-¿Y educación?

-Como te he dicho, mi madre me había impartido muchos de los conocimientos que el a había adquirido

anteriormente. Y yo tengo cierta facilidad para ser observadora y estar atenta. Así que, incluso mientras

trabajaba tan duramente, yo siempre observaba, escuchaba y absorbía lo que las monjas estaban

enseñando a sus novicias y a otras niñas respetables que residían al í. Cuando por fin decidí que ya había

aprendido todo lo que el as, aunque maliciosamente, podían enseñarme al í... y cuando los trabajos serviles

y las palizas se hicieron intolerables.., entonces me escapé.

-Eres una niña extraordinaria, Verónica. Me alegro muchísimo de que sobrevivieras a tus vagabundeos y de

que por fin l egaras hasta... hasta nosotros.

Me quedé meditando un poco más. ¿Cómo decir esto de la mejor manera posible?

-Por la poca amistad que tuve con Rebeca, mi compañera de escuela, creo que fue su madre quien te dio

tu sangre blanca, y su padre habría sido un moro, no un patrón español. Pero eso no importa. Lo que

importa es que tu padre, fuera quien fuese, estoy seguro de que fue un indio, un mexícatl o un aztécatl. Por

tanto tienes tres sangres en tus venas, Verónica. Supongo que esa combinación es lo que explica tu bel eza

tan poco común. Y ahora, fíjate, pues el resto sólo puedo suponerlo por los pocos indicios que dejó caer

Rebeca. No obstante, si estoy en lo cierto, tu abuelo paterno fue un alto noble de los mexicas, un hombre

valiente, sabio y verdaderamente noble en todos los aspectos. Un hombre que desafió a los conquistadores

españoles hasta el mismísimo final de su vida. La contribución que él aportó a tu naturaleza explicaría tu

inteligencia poco común, y en especial tu asombrosa facilidad con las palabras y la escritura. Si tengo

razón, ese abuelo tuyo era un mexícatl l amado Mixtli; por decirlo con más propiedad, Mixtzin: señor Mixtzin.

31

El avance de nuestro ejército a través del campo ahora era todavía más lento que antes, porque teníamos

que conducir al estúpido, testarudo y recalcitrante ganado que caminaba a paso de tortuga. Como mis

guerreros se iban volviendo comprensiblemente impacientes, pues yo había hecho que pasaran de ser

guerreros a meros escoltas y pastores, detuve el ejército sólo una vez a lo largo del trayecto para darles

oportunidad de derramar sangre, rapiñar y saquear.

Eso fue en una aldea l amada Nót Tahí, que antes había sido la aldea principal del pueblo otoml y que ahora

se había convertido en una ciudad de tamaño considerable, poblada casi enteramente por españoles, los

cuales le habían dado el nombre de Zelal a, y sus habituales séquitos de sirvientes y esclavos. La dejamos

toda quemada, en ruinas y tan arrasada como Tonalá, y la mayoría de los desperfectos los causaron las

granadas de las mujeres purepes. Y cuando la abandonamos estaba también totalmente despoblada,

despoblada de todo excepto de cadáveres. Cadáveres sin cabel o cortesía de los yaquis.

Me congratula informar de que mis guerreros partieron de Zelal a con mucha más dignidad y mucha menos

rimbombancia que cuando lo hicieron de Tonalá: es decir, sin engalanarse y adornarse con faldas, gorros,