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Dos hombres de la CIA, uno de ellos piloto, los habían sacado de Nueva Orleans en avión privado. Evan les dijo que sólo hablaría con El Albañil. Ellos le aplicaron los primeros auxilios a Carrie, le dejaron solo y lo llevaron a aquella habitación después de que el avión aterrizase en un pequeño claro de un bosque. Una ambulancia privada con matrícula de Virginia y la inscripción «North Hill Clinic» se los llevó de allí. Luego, un equipo médico condujo a Carrie a otro lugar y un guardia de seguridad con un cuello enorme lo metió a él en esta habitación. Se sentó y reprimió las ganas de hacerle muecas a la pared: estaba seguro de que había cámaras observándolo. Estaba preocupado por Carrie y por El Turbio. También por su padre.

Se abrió la puerta y un hombre asomó la cabeza.

– ¿Te gustaría ver a tu amiga ahora?

A Evan se le ocurrió que quizás el hombre ni siquiera supiera el verdadero nombre de Carrie. También se le ocurrió que podía ser que tampoco él mismo lo supiese, pero dijo «Gracias» y siguió al hombre por un pasillo muy iluminado. Éste lo condujo a través de tres puertas. La habitación de Carrie no estaba acolchada, era una habitación normal de hospital. No había ventanas; la luz que alumbraba la cama era tenue y espeluznante, como el brillo de la luna en una pesadilla. Carrie yacía en la cama con el hombro vendado. Había un guardia en la puerta. Carrie dormitaba. Evan la observó y se preguntó quién era realmente, más allá de su apariencia. Le cogió la mano y la apretó. Ella siguió durmiendo.

– Hola Evan -sonó una voz detrás de él-. Pronto se recuperará del todo. Soy El Albañil.

Evan soltó la mano despacio y se giró. El hombre rondaba los sesenta, era delgado y tenía una expresión de amargura en la boca, pero sus ojos eran cálidos. Parecía el típico tío difícil. El Albañil le ofreció la mano y Evan la estrechó diciendo:

– Preferiría llamarte Bedford.

– Está bien -Bedford mantuvo una expresión impasible en el rostro-, mientras no lo hagas delante de otra gente. Aquí nadie conoce mi verdadero nombre.

Pasó por delante de Evan y le puso una mano en la frente a Carrie con gesto paternal, como si le estuviese tomando la fiebre. Luego llevó a Evan a una sala de conferencias situada al final del pasillo, donde había otro guardia vigilando. Bedford cerró la puerta al entrar y se sentó. Evan se quedó de pie.

– ¿Has comido? -le preguntó.

– Sí. Gracias.

– Estoy aquí para ayudarte, Evan.

– Eso dijiste la primera vez que hablamos. -Evan decidió tantear el terreno-. Ahora me gustaría irme.

– Vaya, creo que eso no sería muy inteligente. -Bedford juntó las yemas de los dedos-. El señor Jargo y sus socios te andarán buscando.

Su educación era como una reliquia de otros tiempos en los que se daba una importancia especial a los modales.

– Ése es mi problema, no el tuyo.

Bedford señaló la silla.

– Siéntate un momento, por favor.

Evan se sentó.

– Tengo entendido que creciste en Luisiana y Texas. Yo soy de Alabama -dijo Bedford-. De Mobile, una ciudad maravillosa; cuanto mayor me hago, más la echo de menos. Los chicos del sur pueden ser muy cabezotas, así que vamos a intentar no serlo nosotros

– Vale.

– Me gustaría que me contases lo que ha ocurrido desde que tu madre te llamó el viernes por la mañana.

Evan respiró hondo y le hizo a Bedford un relato detallado. No mencionó al Turbio ni a la señora Briggs. No quería causarle problemas a nadie más.

– Mi más sentido pésame por la muerte de tu madre -dijo Bedford-. Creo que debió de ser una mujer excepcionalmente valiente.

– Gracias.

– Déjame asegurarte que nos haremos cargo de todo lo relacionado con su funeral.

– Gracias, pero me ocuparé de su entierro cuando vuelva a Austin.

– Me temo que no podrás volver a casa.

– ¿Estoy prisionero?

– No, pero eres un objetivo, y mi trabajo es mantenerte con vida.

– No puedo ayudarte; no tengo esos archivos. Le dije a Jargo que sí, pero fue un farol para recuperar a mi padre.

– Cuéntame otra vez lo que te dijo tu padre exactamente, puesto que nos culpa de la muerte de tu madre.

Evan lo hizo; repitió la petición de su padre palabra por palabra lo mejor que pudo recordar. Bedford se sacó un paquete de caramelos de menta del bolsillo, le ofreció a Evan, que negó con la cabeza, y se metió uno en la boca.

– Vaya historia te ha vendido Jargo. Nosotros no matamos a tu madre; fue él.

– Lo sé. No estoy seguro de por qué le importa lo que yo piense.

– No le importa. Sólo quiere manipularte. -Bedford mordió el caramelo-. Debes de sentirte como Alicia cuando cayó por la madriguera del conejo en el país de las maravillas.

– Esto no tiene nada de maravilloso.

– El hecho de que sobrevivieses a un ataque y a un secuestro es bastante impresionante. El señor Jargo y sus amigos te han robado tu vida. Pusieron un alambre alrededor del cuello de tu madre y lo apretaron hasta sacarle el último aliento. ¿Cómo te hace sentir eso?

Evan abrió la boca para hablar, pero luego la cerró.

– Ésa es la clase de pregunta que haces en tus películas -continuó Bedford-. Las vi hace un par de meses. ¿Cómo se sentía aquel tipo de Houston, inculpado por la policía? ¿Cómo se sintió aquella mujer cuando su hijo y su nieto no volvieron de la guerra? Me sorprendió muchísimo. Eres un buen narrador de historias. Pero del mismo modo que un reportero sin alma, tienes que hacer la temida pregunta: «¿Cómo te hace sentir eso?».

– ¿Quieres saberlo? Los odio, a Jargo y a Dezz.

– Tienes todos los motivos del mundo para ello. -Bedford bajó la voz-. Por su culpa tu padre y tu madre te mintieron durante años. Sospecho que no fue una elección totalmente suya trabajar para Los Deeps, al menos durante todo el tiempo que lo hicieron.

– Los Deeps.

– Es como Jargo llama a su red.

Bedford juntó las yemas de los dedos.

– Gabriel dijo que era un espía independiente.

– Es cierto; compra y vende información entre gobiernos, organizaciones e incluso empresas, según sabemos.

– No lo entiendo.

– Nunca hemos podido probar de manera concluyente que exista.

– Yo lo he visto, y Carrie también.

– Esto es lo que sabemos. Hay un hombre que utiliza el nombre de Steven Jargo. No tiene registros financieros, no tiene propiedades y no viaja nunca con su propio nombre. Hay muy poca gente que lo haya visto más de una vez. Cambia de aspecto con regularidad. Tiene un chico, que supuestamente es su hijo, que trabaja con él y utiliza el nombre de Desmond Jargo, pero no hay ningún acta de nacimiento, archivos escolares ni ninguna documentación que verifique que llevase una vida normal. Tienen una red. No sabemos si son sólo unos pocos o un centenar. Por las veces que Jargo ha aparecido, sospechamos que tiene clientes, compradores de información y servicios en todos los continentes. -Bedford abrió un ordenador portátil-. Estoy a punto de darte una muestra extraordinaria de confianza, Evan. Por favor, no me decepciones.

Bedford pulsó un botón y activó un proyector conectado al portátil mediante un cable. En la pantalla apareció la imagen de un cuerpo, tendido sobre un suelo de baldosas y con una mano colgando sobre una piscina turquesa.

– Éste es Valentín Márquez. Se trata de un directivo financiero de Colombia al que nuestro gobierno no le tenía mucho cariño; tenía conexiones con los cárteles de droga de Cali, pero no podíamos tocarlo. Encontraron su cuerpo en este patio trasero; también mataron a cuatro de sus guardaespaldas. Surgieron rumores de que un oficial del Departamento de Estado de los Estados Unidos le pasaba dinero a un hombre llamado Jargo, y que fue él quien ordenó asesinar a Márquez. Dada la situación política, no era una actividad que quisiésemos desvelar: oficiales estadounidenses desviando ilegalmente el dinero de los contribuyentes a asesinos a sueldo.