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Sin embargo, ya había mirado todos los registros hospitalarios y había rastreado las bases de datos, y en esa zona no había ingresado en un hospital ninguna chica que encajase con la descripción de Carrie. Tendrían que ampliar la búsqueda y cubrir Texas y Florida.

Sorbió el café y mordisqueó el donut. Qué lástima que Carrie fuese una traidora; le caía bastante bien, aunque nunca la había conocido en persona y sólo había hablado por teléfono con ella unas cuantas veces. Pero Carrie y Evan era jóvenes y estúpidos, y antes o después asomarían la cabeza con un documento de viaje o un pago a crédito, y Galadriel los vería. Luego Jargo soltaría a los perros y acabaría con esta confusión.

Tenía que seguir un protocolo poco usual; Jargo lo había diseñado hacía años para aplicarlo en caso de que la red corriese el peligro de ser descubierta. El modo de alarma. Galadriel era la encargada de controlar las líneas telefónicas que algunos Deeps utilizaban sólo para llamadas de emergencia, para asegurarse de que nadie escapase. Asimismo, debía poner en marcha un programa que ingresaría dinero blanqueado en bancos de todo el mundo. Y por alguna extraña razón, aquella noche Jargo añadió algunas peticiones: tenía que rastrear los patrones de llamadas entrantes y salientes de teléfonos móviles de una pequeña zona rural del sudoeste de Ohio. Identificar cada llamada y enviarle los datos a Jargo.

Se preguntaba qué demonios buscaba él exactamente en Ohio, qué posible peligro le acechaba en aquellos tranquilos caminos y campos.

MIÉRCOLES 16 de marzo

Capítulo 27

El miércoles por la mañana, durante el desayuno, Evan y Carrie se miraron el uno al otro observando su nuevo aspecto.

– No pareces tú -dijo Evan.

– Bienvenido a la peluquería de El Albañil.

El pelo de Evan era ahora de un color caoba vivo y lucía un corte limpio de aspecto militar; sus ojos de color avellana estaban ocultos tras unas lentillas marrones. Llevaba un traje negro con una camisa blanca, un cambio con respecto a su colorida ropa habitual. El pelo oscuro de Carrie había sido aclarado hasta dejarlo rubio y se lo habían cortado. Llevaba gafas con cristales tintados que hacían que sus ojos pareciesen marrones en lugar de azules.

– Llámame el chico camaleón -dijo Evan.

– Espero y rezo para que ésta sea la última vez que tienes que pasar por una transformación.

Tras revisar sus planes con Bedford, Evan y Carrie subieron a bordo del pequeño avión del gobierno que los había traído desde Nueva Orleans. Volaron hacia Ohio y aterrizaron en un pequeño aeropuerto regional al este de Dayton.

Bedford había preparado un coche para ellos y, mientras el piloto se apresuraba a ir a por él, Carrie y Evan esperaron bajo un toldo delante del aeropuerto. La lluvia cargaba el cielo plomizo y un viento húmedo soplaba sin parar. Evan tenía un paraguas que había cogido en el avión, pero desestimó la idea de abrirlo para protegerse del agua y hablar con Carrie, aún estando en medio del aparcamiento. Podía haber un micro escondido dentro del mango. Podría haber un micro en el coche. El piloto informaría a Bedford de cada palabra que dijese. Se preguntaba cómo habían podido soportar sus padres la carga del engaño continuo; quizás eso explicase el silencio entre ellos, la amable discreción del amor que necesitaba pocas palabras.

Goinsville, de donde Bernita Briggs le había dicho que procedía la familia Smithson, su familia, estaba a unos dieciséis kilómetros al oeste de la Interestatal 71. El piloto conducía. Evan iba sentado en el asiento de atrás. Carrie tenía el brazo en cabestrillo y parecía cansada, pero aliviada. Aliviada, pensó Evan, de estar por fin fuera de la cama y de ir a por Jargo.

Dejaron al piloto de la CIA bebiendo café y pidiendo un segundo desayuno en un pequeño restaurante a las afueras de la ciudad, enfrascado en una gruesa revista de autodefinidos.

Evan condujo hasta Goinsville y aparcó en la plaza del pueblo. Había cuatro tiendas de objetos usados que intentaban hacerse con los dólares de los compradores de antigüedades; un café al aire libre con sillas desgastadas y vacías; una consulta de oftalmología; un despacho de abogados y una oficina del registro.

Una ciudad normal y anónima.

– Goinsville nunca llegó a despegar -dijo Evan.

Condujo un bloque más allá de la plaza y aparcó delante de un edificio nuevo en el que se podía leer «Biblioteca Pública de Goinsville» en letras metálicas sobre los ladrillos.

Evan le dijo a la bibliotecaria de servicio que estaba buscando a sus antepasados.

La mujer, pequeña, morena y hermosa, frunció el ceño.

– Si están buscando certificados de nacimiento de antes de 1967 no tendrán suerte.

– ¿Por qué?

– El Palacio de Justicia del condado se incendió y todos los registros se quemaron con él. Nosotros somos la sede del condado. Del sesenta y ocho en adelante podemos encontrar algo.

– ¿Qué me dice del periódico local?

– Lo tenemos en microfilme hasta los años cuarenta -dijo la bibliotecaria-. También disponemos de algunas guías de teléfonos viejas en su formato original, si puede ayudarles. ¿Cuál es el apellido?

– Smithson.

Era la primera vez que podía reclamar ese nombre como propio, la primera vez que lo decía en alto en público. «Arthur y Julie Smithson. Antes vivían aquí. Se criaron aquí.»

– No conozco a ningún Smithson -dijo la bibliotecaria.

– Mis padres se criaron en un orfanato.

– Cielos, aquí no hay orfanatos. El más cercano sería el de Dayton, estoy segura. Pero sólo llevo viviendo aquí cinco años.

Les mostró las máquinas de microfilmes, les dijo que la llamasen si necesitaban ayuda, y se retiró a su mesa.

– Deben de haber cerrado el orfanato -comentó Evan. O la señora Briggs se había equivocado. O bien era una mentirosa-. Empieza por las guías de teléfono actuales, busca a cualquier Smithson. Yo empezaré por el periódico. Pero tengo que ir al baño.

Ella asintió y él volvió al vestíbulo de entrada. Cerca de los baños había una cabina telefónica. Le echó unas monedas y marcó el móvil de El Turbio.

– ¿Sí?

– Turbio, soy Evan. Sólo tengo unos segundos. ¿Estás bien?

– Sí, tío. ¿Dónde estás?

– Estoy bien. Estoy con… el gobierno.

– Por favor, dime que estás de coña.

– No lo estoy. ¿Ya has vuelto a Houston?

– Sí. Me pagué un billete de vuelta en avión con mi visa, tío, me lo debes. -Pero la antigua mordacidad de su tono cuando hablaron en Houston había desaparecido-. ¿Seguro que estás bien?

– Sí, y te haré llegar algo de dinero.

– No… no quiero parecer cutre. Es sólo que ahora estoy asustado, Evan.

– No deberías dejar que te vean.

– No lo hago. Llamé al trabajo para decir que estaba enfermo; estoy en casa de un amigo.

– Buena idea. ¿Grabaste a Jargo y a Dezz?

– Una imagen cristalina. Pillé a Dezz agarrando a la churri y también cuando le disparó al guardia y falló. Eso en Luisiana se llama intento de asesinato, creo.

– Necesito que cargues la grabación en un servidor remoto desde donde pueda bajármela. ¿Sabes hacer eso?

– No, pero mi amigo entiende de ordenadores. ¿Dónde lo quieres?

Evan le dio el nombre de un servidor remoto que había utilizado para almacenar las pruebas de rodaje de sus películas, así siempre tenía una copia de seguridad externa por si le robaban el ordenador o se le incendiaba la casa.

El Turbio repitió la información.

– Abriré una cuenta a nombre de mi hermanastro. La contraseña es «evanmelodebe».

– Gracias, Turbio. No te metas en problemas.