Jargo. Seguía teniendo aquellos mismos ojos, fríos y cómplices.
– ¡Dios mío, Dios mío! -dijo Carrie.
Fue casi un gemido. El sudor empezó a recorrer la espalda de Evan.
– ¿Has encontrado a tu padre? -preguntó Phyllis alegremente.
Evan miró el resto de la página. Dos fotos más abajo había dos niños y una niña rubia con los ojos verdes, de una belleza que llamaba la atención pero con un aire serio. Un chico a su lado sostenía una pelota de fútbol, sudoroso después de jugar, con el cabello rubio y peinado de lado, sonriendo y preparado para conquistar el mundo.
Mitchell y Donna Casher preadolescentes, congelados en el tiempo, como Jargo.
– ¿Puedo? -preguntó Evan.
– Por supuesto -respondió Phyllis.
Sacó la foto de la cubierta de plástico y le dio la vuelta. Se leía: «Arthur Smithson y Julie Phelps», escrito con la caligrafía perfecta de Phyllis.
– Smithson -repitió Phyllis-. ¡Eso es! ¿Son tu familia?
– Sí, señora -respondió Evan con voz ronca y forzando una sonrisa.
– Cielo, entonces puedes llevarte la foto, es tuya. ¡Ay, estoy tan feliz de haber podido ayudarte!
Carrie le apretó más el brazo a Evan.
– Phyllis, ¿alguno de los niños de este grupo murió en el incendio?
– No. Los que murieron eran niños más pequeños. Los niños mayores consiguieron salir todos.
– ¿Recuerda adónde fueron después del incendio? ¿A algún otro orfanato en particular? -preguntó Evan.
– No, lo siento. Ni siquiera sé si me informaron. -Phyllis se recostó en la silla-. Nos dijeron que era mejor que no siguiésemos en contacto con los niños.
– ¿Sería posible que nos prestara estas fotos? Podemos hacer copias, escanearlas para pasarlas a un ordenador y devolvérselas antes de marcharnos del pueblo -sugirió Evan-. Nos haría un gran favor.
– Nunca hice lo suficiente por aquellos niños -contestó Phyllis-. Me alegro de que por fin alguien se interese. Llevaos las fotos con mi bendición.
Después de despedirse de Phyllis y de Dealey, se dirigieron al aeropuerto, donde un ordenador y un escáner les esperaba en el avión.
– Mi padre… -dijo Carrie con voz temblorosa-. Aquel chico de la foto que está al lado de Bast es mi padre, Evan. ¡Dios, es mi padre!
– ¿Estás segura?
– Sí. Nuestros padres se conocían. Conocían a Jargo cuando eran niños. -Señaló una de las fotos-. Richard Allan. El nombre de mi padre era Craig Leblanc, pero es él, sé que es él. No vayamos aún al avión; entremos un momento a tomar un café, por favor.
Se sentaron en una esquina de un restaurante de Goinsville. Eran los únicos clientes, a excepción de una pareja mayor sentada en una mesa con bancos corridos que intercambiaba sonrisas y miradas soñadoras, como si estuviesen en la tercera cita.
– Entonces, ¿qué demonios significa esto? -Carrie examinó la foto de su padre como si en ella pudiese encontrar las respuestas. Los ojos se le llenaron de lágrimas-. Evan, míralo. Parece tan joven, tan inocente. -Se enjuagó las lágrimas-. ¿Cómo es posible?
Aquel hombre perverso que había entrado en sus vidas, Jargo, por lo visto hundía sus raíces mucho más profundamente en sus vidas de lo que Evan jamás hubiese imaginado. Aquello entrelazaba su existencia con la de Carrie incluso antes de nacer, lo cual le asustaba: hacía que aquella maldición pareciese una sombra amenazante sobre ellos, bajo cuya oscuridad ninguno de ellos era consciente de vivir.
Evan respiró profundamente para tranquilizarse. Decidió que había que encontrar un orden en ese caos.
– Revisémoslo. -Repasó los hechos usando los dedos de las manos-. Nuestros padres y Jargo estuvieron juntos en el orfanato. El Hogar se quemó junto con todos los registros. Los niños se dispersaron. El Palacio de Justicia del condado se quemó un mes después y todos culparon a un pirómano que se suicidó. Alexander Bast, un agente de la CIA, tiene un orfanato bajo un nombre falso.
– Pero ¿por qué?
– La respuesta la tenemos delante de nosotros, si estuviéramos investigando el pasado de estos niños. Los registros. Los certificados de nacimiento. Se podría crear una identidad falsa fácilmente, utilizando Goinsville y el orfanato como lugar de nacimiento. Puedes decir, sí, yo nací en el Hogar de la Esperanza. ¿Mi certificado de nacimiento original? Por desgracia se quemó en un incendio.
Carrie frunció el ceño.
– Pero el estado de Ohio habría emitido unos nuevos, ¿no? Habría reemplazado los registros.
– Sí, pero basándose en la información aportada por Bast -dijo Evan-. Éste podría haber falsificado los registros para reivindicar que todos los huérfanos que vivían en el Hogar de la Esperanza habían nacido allí. Quizás esos niños tenían identidades diferentes antes de llegar al orfanato. Pero llegaron aquí y eran Richard Allan, Arthur Smithson y Julie Phelps. Después del incendio tendrían nuevos certificados de nacimiento con esos nombres, para siempre y sin preguntas. Y luego simplemente pedirían un nuevo certificado de nacimiento a nombre de docenas de niños en Goinsville.
Carrie asintió:
– Una fuente de identidades nuevas.
Evan bebió un trago largo de café. No podía apartar los ojos de la foto: su madre había sido tan hermosa y su padre parecía tan inocente…
– Volvamos atrás. Volvamos a Bast, porque él es el desencadenante. Dime por qué un propietario de clubes nocturnos, amigo de famosos, se interesa por un orfanato en Estados Unidos.
– La respuesta es que no es simplemente un juerguista londinense -dijo Carrie.
– Sabemos que trabajaba para la CIA.
– Pero en un nivel de base.
– O eso dice Bedford.
– Bedford no es un mentiroso, Evan, te lo prometo.
– Olvidemos a Bedford. Para la agencia esto debe de haber sido una manera de crear identidades nuevas con facilidad.
– Pero eran sólo niños. ¿Por qué iban a necesitar identidades nuevas?
– Porque… formaban parte de la CIA. Hace mucho tiempo. Es sólo una teoría.
Carrie se puso pálida y dijo:
– Pero si Los Deeps formaban parte de la historia de la CIA, ¿no lo sabría Bedford?
– A Bedford le encargaron seguir a Jargo hace sólo un año. No sabemos lo que le dijeron. -Evan le agarró las manos a Carrie-. Nuestras familias dejaron atrás sus vidas. Dejaron de ser Richard Allan, Julie Phelps y Arthur Smithson y adoptaron nombres nuevos. Puede que a Bedford le dijesen que era un problema heredado en lugar de un terrible secreto.
Evan volvió al montón de fotos.
– Mira esto. Jargo con mi familia.
Señaló una foto de un joven alto y musculoso de pie entre Mitchell y Donna Casher, rodeando con sus grandes brazos los hombros de ambos, esbozando una sonrisa torcida que era más de seguridad que de amistad. Mitchell Casher estaba un poco inclinado hacia la cara de Jargo, como si le estuviese preguntando algo. Donna Casher estaba rígida, incómoda, pero su mano agarraba la de Mitchell.
Carrie observó la cara de Jargo y miró la de Mitchell.
– Tiene un parecido con tu padre.
– No lo veo.
– La boca -dijo ella-. Él y Jargo tienen la misma boca. Mírales los ojos.
Ahora Evan vio la similitud en la curva de la sonrisa.
– Es sólo que están sonriendo mucho.
No quería mirarles los ojos: la mirada entrecerrada era casi idéntica. No podía ser, pensó. No podía ser.
Carrie miró la parte de atrás de la foto.
– Sólo dice Artie, John, Julie.
Evan le dio la vuelta a otra foto de Jargo que Phyllis le había enseñado.
– John Cobham.
– Cobham, no Smithson.
Le cogió las manos a Evan.
– Las fotos están descoloridas -dijo con un hilo de voz-. Los rasgos están borrosos y eso hace que la gente se parezca.