Algunas situaciones requerían un corte lento; otras exigían un corte definitivo en el cuello.
Había llegado el momento de ser cruel.
Volvió al otro teléfono.
– Todavía necesito tu ayuda.
– ¿Qué quieres? -preguntó la voz.
– Querer. Vaya concepto, querer. -Jargo sabía el dolor que le causaría a Mitchell. No era ciego ante el sufrimiento; el dolor era irrelevante. Jargo también sufriría su propio revés, pero no tenía elección-. Quiero una bomba.
JUEVES 17 de marzo
Capítulo 31
El oficial superior de la CIA en Londres los recogió en una pista de aterrizaje privada en Hampshire. Se llamaba Pettigrew; no dijo su nombre de pila. Parecía impaciente. Pettigrew estuvo callado mientras los llevaba a toda prisa a un coche que él mismo condujo hasta una casa de seguridad en el barrio londinense de St. Johns Wood. Se tomó su tiempo, dio varios rodeos y Evan, que sólo conocía Londres lo suficiente como para llegar al Soho y a la Escuela de Cine, se perdió por el camino.
Pettigrew no les dijo ni una palabra durante el viaje.
Era poco más de mediodía en Londres y, para sorpresa de Evan, habían dejado la lluvia atrás en Ohio. El cielo estaba despejado y las pocas nubes que había parecían de algodón fino. Pettigrew cerró un portón de hierro forjado tras ellos mientras subían las escaleras delanteras de la casa.
Los acompañó hasta unas habitaciones ordenadas, sin decoración y con baños privados; ambos tomaron una ducha. Un médico esperaba a Carrie para cambiarle la venda y examinar su herida. Cuando acabaron, siguieron a Pettigrew hasta un pequeño comedor donde una mujer mayor les preparó un té fuerte y café, y les sirvió una comida compuesta por carne fría, ensalada, queso, pepinillos en vinagre y pan. Evan se bebió el café, agradecido.
Pettigrew se sentó y esperó a que la mujer volviese rápidamente a la cocina.
– Todo esto es extrañísimo: que me ordenen desenterrar expedientes de Scotland Yard llenos de telarañas; recibir órdenes de un hombre con un nombre en código.
– Le pido disculpas -dijo Carrie.
– Me han dado carta blanca -comentó. Estaba casi de mal humor-. Y yo vivo para servir. No nos avisaron con demasiado tiempo -su tono mostraba la acritud de quien ha sufrido mucho-; aun así, aquí tienen lo que he encontrado.
Les dio el primer archivo, sujetando los dos restantes contra su pecho.
– Alexander Bast fue asesinado de dos tiros, uno en la cabeza y otro en el cuello. Lo que es interesante es que las balas eran de dos pistolas diferentes.
– ¿Por qué motivo necesitaría el asesino dos pistolas? -preguntó Carrie.
– No. Eran dos asesinos -aclaró Evan.
Pettigrew asintió.
– Un crimen por venganza. Yo diría que este asesinato tiene un componente emocionaclass="underline" cada asesino esperó para dejar su sello. -Les pasó una foto del cuerpo tirado en el suelo-. Lo mataron en su casa hace veinticuatro años, en mitad de la noche, sin signos de lucha. Limpiaron las huellas en toda la casa. -Pettigrew hizo una pausa-. Antes de morir llevaba veintitrés años trabajando para nosotros.
– ¿Puede darnos más detalles de su trabajo aquí? -preguntó Carrie.
Ella y Evan estaban de acuerdo en que, puesto que trabajaba para la CIA, ella conduciría el interrogatorio. Bedford le había proporcionado a Evan una identidad como analista de la CIA, pero se mantuvo callado.
– Bueno, entre sus muchas actividades creativas complementarias, a Bast le interesaban el arte y acostarse con mujeres famosas que frecuentaban sus clubes nocturnos. Una redada antidroga en uno de ellos hizo que perdiese su caché, y desperdició miles de dólares intentando mantenerlos a flote. Lo vigilamos muy de cerca, ya que no queremos agentes metidos en asuntos de narcóticos ilegales, pero el tráfico de drogas se debía a unos cuantos de sus clientes habituales que abusaban de su hospitalidad. Después de cerrar los clubes dedicó todas sus energías a la editorial, que tenía desde hacía tiempo pero que había sido uno de sus negocios más desatendidos. Publicaba literatura traducida, especialmente en español, ruso y turco. Importaba libros permitidos a la Unión Soviética, y traducía literatura rusa clandestina al inglés, al alemán y al francés. Así que era un contacto valioso, dado que podía ponerse en contacto con la comunidad disidente en la Unión Soviética y viajar con cierta libertad entre los dos países. Al principio sus responsables pensaban que podía ser un agente de la KGB, pero salió limpio de todas las investigaciones. Lo vigilamos de cerca durante la época de sus problemas financieros: ése es el momento en el que pueden comprar a un agente. Pero siempre salía limpio. Era muy popular entre la comunidad de residentes rusos en Londres.
– Entonces, ¿qué hacía exactamente para la CIA? -preguntó Carrie.
– Traía y llevaba a Berlín, Moscú y Leningrado los mensajes de los contactos de sus contactos. Lo supervisaban oficiales de la embajada estadounidense bajo protección diplomática. Pero era un agente de bajo niveclass="underline" no tenía acceso a los secretos de Estado soviéticos. Y la comunidad de disidentes no era de especial utilidad para la agencia en aquellos momentos; nos podían dar nombres de gente que tenía un acceso crucial a determinados asuntos y que habrían espiado para nosotros, pero la KGB observaba muy de cerca a los disidentes. Francamente, para la KGB era demasiado fácil infiltrarse.
Evan observó con detenimiento la foto de Bast asesinado. Sus ojos tenían una expresión de sorpresa y de terror. Aquel hombre conocía a los padres de Evan, había representado un papel secreto en sus vidas.
– ¿No hubo sospechosos?
– Bast tenía un nivel de vida alto, incluso después de su caída. Había algunos maridos descontentos con él. Tenía dinero. Rompió algunos acuerdos de negocios. Mucha gente podría querer que desapareciera de su vida. Por supuesto, Scotland Yard no sabía que Bast estaba trabajando para la CIA, y nosotros no se lo dijimos.
– Era una información bastante importante para ocultarla -dijo Carrie.
– Yo no lo hice, personalmente. No tienen por qué enfadarse conmigo.
– Por supuesto que usted no lo hizo -dijo Carrie riéndose, intentando calmar la repentina tensión-. Usted no tiene ni cuarenta años, ¿verdad? Simplemente me sorprende.
Ahora el tono de Pettigrew era de cabreo y desaprobación.
– Que asesinen a uno de los tuyos no es muy buena publicidad para reclutar.
Carrie pasó las páginas de las fotos de la escena del crimen.
– La CIA debió de sospechar que los rusos descubrieron que Bast era agente suyo y lo asesinaron.
– Naturalmente. Pero el asesinato parecía coincidir con un robo, y ése no es para nada el estilo de la KGB. Recuerda que Bast era un agente de bajo nivel en el mejor de los casos. Nunca fue una fuente original de información valiosa ni nos dio información falsa de la KGB. Simplemente era un mensajero fiable que reunía contactos. ¿Saben? Desde la caída de la URSS han salido a la luz muchos archivos de la KGB, pero no hay información de que ésta ordenase matarlo.
– ¿Podríamos hablar con la persona que fue su responsable? -preguntó Carrie.
– El oficial encargado del caso de Bast murió hace diez años. Cáncer de páncreas.
– El robo -dijo Carrie-. ¿Qué se llevaron? ¿Pudo el asesino haber descubierto algo que apuntase a que Bast tenía una conexión con la CIA?
Pettigrew les dio otro expediente.
– La agencia peinó todo el apartamento de Bast después de que lo asesinasen y de que la policía lo revisase. Encontraron el material de la CIA de Bast perfectamente escondido. La policía no lo había descubierto ya que, por supuesto, lo habrían confiscado.
– ¿Qué hay de sus efectos personales y sus cuentas? -preguntó Evan-. ¿Algo extraño?
Pettigrew rebuscó entre los papeles.