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El vaso de gintonic que sujetaba Vinney se quedó a medio camino de sus labios. Sus dedos, demasiado gordezuelos y velludos, lo aferraron con fuerza. Resultaba claro que la acusación le pillaba por sorpresa.

– Claro que se lo di. No seas absurda.

– ¡Estás mintiendo! -chilló Elizabeth-. ¡Dijiste que no quería hablar con nadie, y te lo guardaste en el bolsillo! ¡Os oí a los dos en tu habitación, ya lo sabes!

¡Sé lo que ibas buscando, pero cuando ella no te dejó la seguiste hasta su habitación! ¡Estabas encolerizado! ¡Tú la mataste! ¡Y después robaste las perlas!

Vinney se levantó con agilidad, a pesar de su gordura. Intentó apartar de un empujón a David Sydeham, que le agarró por el brazo.

– ¡Arpía reprimida! ¡Estabas tan celosa de ella que quizá la mataste! Siempre fisgoneando, escuchando detrás de las puertas. Es lo máximo que has conseguido, ¿no?

– Por el amor de Dios, Vinney…

– ¿Qué estabas haciendo con ella? -el color subió a las mejillas de Elizabeth. Sus labios se retorcieron en una mueca despectiva-. ¿Confiabas en obtener jugos creativos extrayéndoselos a ella? ¿La olisqueabas como todos los hombres que hay aquí?

– ¡Elizabeth! -suplicó débilmente Francesca.

– ¡Porque yo sé a qué fuiste! ¡Sé lo que tú ibas buscando!

– Está loca -murmuró Joanna con desagrado.

Lady Stinhurst, al oír sus palabras, no pudo reprimirse y espetó una réplica a la actriz.

– ¡No digas eso! ¡Ni te atrevas! Estás ahí sentada como una Cleopatra envejecida que necesita hombres para…

– ¡Marguerite! -La voz de su marido retumbó.

Logró que todos se callaran, nerviosos e inseguros.

Unos pasos en la escalera y el vestíbulo rompieron la tensión. Un momento después entraron los restantes miembros del grupo: la sargento Havers, lady Helen, Rhys Davies-Jones. Robert Gabriel apareció un minuto más tarde.

Sus ojos saltaron del tenso grupo reunido junto a la chimenea a los congregados cerca del carrito de bebidas, y por fin a Elizabeth y Vinney, a punto de llegar a las manos. Era un momento ideal para un actor, y supo aprovecharlo.

– Aja -sonrió alegremente-. Hemos caído todos en la cuneta, ¿verdad? Me pregunto quién estará mirando las estrellas.

– Elizabeth no, desde luego -replicó Joanna Ellacourt, volviendo a su bebida.

Lynley vio por el rabillo del ojo que Davies-Jones guiaba a lady Helen hacia el carrito de bebidas y le servía un jerez seco. «Hasta conoce sus costumbres», pensó desconsolado, y decidió que ya estaba harto de todo el grupo.

– Hablemos de las perlas -dijo-. Francesca Gerrard tocó el collar de cuentas baratas que llevaba. Eran de color castaño rojizo; desentonaban de una forma exagerada con el verde de su blusa. Agachó la cabeza, se cubrió la boca con una mano nerviosa, como si intentara ocultar sus dientes prominentes, y habló con una educada vacilación, como si las reglas de urbanidad desautorizasen esa intromisión.

– Yo… Es por mi culpa, inspector. Me temo que anoche le pedí a Elizabeth que le ofreciese las perlas a Joy. No son muy caras, desde luego, pero pensé que si necesitaba dinero…

– Ah, entiendo. Un soborno.

Los ojos de Francesca Gerrard se desviaron hacia lord Stinhurst.

– Stuart, ¿querrás…? -Las palabras quedaron flotando en el aire. Su hermano no contestó-. Sí. Pensé que tal vez accedería a retirar la obra.

– Dile cuánto valen las perlas -insistió Elizabeth con denuedo-. ¡Díselo!

Francesca hizo un delicado mohín de disgusto, revelando que no estaba acostumbrada a discutir tales asuntos en público.

– Eran un regalo de bodas que me hizo Phillip. Mi marido. Eran… perfectamente iguales y…

– Se hallaban valoradas en más de ocho mil libras -estalló Elizabeth.

– Siempre tuve la intención de pasárselas a mi hija, por supuesto, pero como no tuvimos hijos…

– Irían a parar a manos de nuestra querida Elizabeth -concluyó Vinney, triunfante-. ¿Quién tuvo mejores motivos para agenciárselas del cuarto de Joy? ¡Puta asquerosa! ¡Muy inteligente lo de acusarme a mí!

Elizabeth hizo un precipitado gesto en dirección a Vinney, pero su padre se levantó, interponiéndose entre los dos. Iba a repetirse por segunda vez la misma escena cuando Mary Agnes Campbell apareció de improviso en la puerta, vacilante, los ojos abiertos de par en par, tocándose las puntas del cabello con los dedos. Francesca le habló en un esfuerzo por aplacar los ánimos.

– ¿La cena, Mary Agnes? -preguntó con un hilo de voz.

Mary Agnes paseó la vista por la habitación.

– ¿Gowan? -respondió-. ¿No está con ustedes? ¿Tampoco con la policía? La cocinera le busca… -Su voz se quebró-. ¿No le han visto?

Lynley miró a St. James y a Havers. A los tres les vino a la mente por un momento lo impensable. Los tres se movieron a la vez.

– Encárguese de que nadie abandone la habitación -ordenó Lynley al agente Lonan.

Se lanzaron en direcciones diferentes. Havers subió por la escalera, St. James bajó al pasillo inferior noreste y Lynley atravesó el comedor, la habitación de la vajilla y entró como una tromba en la cocina. La cocinera, con una olla humeante en la mano, le miró sorprendida. Un chorro aromático de caldo se derramó por un costado. Lynley oyó que Havers corría por el pasillo oeste del piso superior. Abría las puertas a empellones y gritaba el nombre del muchacho.

Lynley se plantó ante la puerta de la trascocina en siete pasos. El pomo giró en su mano, pero la puerta no se abrió. Algo bloqueaba el paso.

– ¡Havers! -gritó, cada vez más angustiado por la ausencia de respuesta-. ¡Havers, maldita sea!

Entonces oyó que bajaba como un rayo por la escalera posterior, oyó que se detenía, oyó su grito de incredulidad, oyó el extraño sonido del agua, como un niño que chapoteara en un charco. Transcurrieron segundos preciosos. Y entonces oyó la voz de Havers, como quien traga una dosis de jarabe amargo que pensaba eludir.

– ¡Gowan! ¡Demonios! -¡Havers, por el amor de Dios…! Algo fue arrastrado y la puerta se abrió unos centímetros. Lynley se zambulló en el calor, en el vapor y en el corazón de la maldad.

Gowan, la espalda teñida y manchada de color carmesí, había quedado tendido de bruces sobre el último peldaño de la trascocina, tal vez en un esfuerzo por escapar de la habitación y del agua hirviente que brotaba de la caldera y se mezclaba con la derramada en el suelo. Formaba una capa de varios centímetros de profundidad, y Havers avanzó chapoteando en busca de la válvula de emergencia que cortaría la inundación. Cuando la encontró, la habitación se sumió en un pavoroso silencio que rompió la voz de la cocinera desde el otro lado de la puerta.

– ¿Está ahí Gowan? ¿Está ahí el chico? -Y estalló en sollozos que retumbaron como un instrumento musical contra las paredes de la cocina.

Otro sonido vibró en el aire caliente cuando por fin se calló. Gowan respiraba. Estaba vivo.

Lynley volvió al muchacho hacia él. Su cara y su cuello eran una masa rojiza y arrugada de carne hervida. La camisa y los pantalones se habían fundido con su cuerpo.

– ¡Gowan! -gritó Lynley-. ¡Havers, llame a una ambulancia! ¡Busque a St. James! -Ella no se movió-. ¡Maldita sea, Havers! ¡Haga lo que le digo!

Pero su vista estaba clavada en la cara del muchacho. Lynley vio que los ojos de Gowan empezaban a vidriarse y comprendió lo que significaba.

– ¡Gowan! ¡No!

Por un momento pareció que Gowan intentaba desesperadamente responder al grito, aceptar la llamada que le rescataba de la oscuridad. Tomó aliento con un estertor ahogado.

– No… vi…

– ¿Qué? -le instó Lynley-. ¿No viste qué?

Havers se inclinó hacia adelante.

– ¿A quién? Gowan, ¿a quién?

Los ojos del muchacho la buscaron con un enorme esfuerzo, pero no dijo nada más. Su cuerpo se estremeció y después se quedó inmóvil.

Lynley se dio cuenta de que había aferrado la camisa de Gowan en un frenético intento de infundir vida a su cuerpo torturado. Le soltó, dejando que el cadáver descansara sobre el peldaño, y experimentó una monstruosa sensación de ultraje. Empezó como un aullido que se enroscó en el interior de sus músculos, tejidos y órganos, clamando por salir. Pensó en la vida destruida, en las generaciones de vida arrebatadas sin piedad, en el muchacho que había hecho… ¿qué? ¿Qué crimen, qué observación casual, qué conocimiento había pagado?