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– ¿Animal o humano?

Él rió entre dientes, y cuando entró a la sala de estar, recordó el maravilloso sentido del humor que tenía Dallie. La sala de estar tenía una alfombra oriental descolorida, una colección de lámparas de cobre, y algunas sillas sobrerellenas. Todo era cómodo e indescriptible… todo excepto las maravillosas pinturas sobre las paredes.

– ¿Dallie, dónde las conseguiste? -le preguntó, admirando un óleo original que representaba montañas duras y valles suaves.

– Aquí y allí -dijo, como si no estuviera demasiado seguro.

– ¡Son maravillosos! -siguió adelante estudiando una tela grande salpicada de flores exóticas abstractas-. No sabía que coleccionabas arte.

– Simplemente los compro para llenar las paredes.

Ella levantó una ceja para que él supiera que no la engañaba en lo más mínimo. Los palurdos no compraban pinturas como esas.

– Dallas, ¿sería posible que mantuvieramos una conversación sin que trataras de burlarte?

– Probablemente no -sonrió abiertamente y luego gesticuló hacia el comedor-. Hay un acrílico allí que tal vez te guste. Lo compré en una pequeña galería en Carmel después de hacer un doble bogey en el hoyo 17 en Pebble Beach dos dias seguidos. Estaba tan deprimido que o me emborrachaba o me compraba una pintura. Compré otro cuadro del mismo artista, lo tengo en mi casa de Carolina del Norte.

– No sabía que tenías una casa en Carolina del Norte.

– Es una de esas contemporáneas del tipo de las que se parecen a una bóveda bancaria. En realidad, no me entusiasma demasiado, pero tiene bonitas vistas. La mayor parte de las casas que he comprado son algo más tradicionales.

– ¿Tienes más?

Él se encogió de hombros.

– Ya no podía soportar más moteles, y ya que empecé a ganar algún dinero en algunos torneos, necesitaba hacer algo con mi dinero efectivo. Así que compré un par de casas en diferentes partes del país. ¿Quieres beber algo?

De repente se dio cuenta que no había comido nada desde la noche antes.

– Lo que realmente me gustaría es comer algo. Y luego pienso que más vale que vuelva con Teddy.

Y llamar a Stefan, pensó ella. Y verse con el trabajador social para hablar de Doralee. Y hablar con Holly Grace, quien solía ser su mejor amiga.

– Mimas a Teddy demasiado -comentó Dallie, conduciéndola hacia la cocina.

Ella se paró de golpe. La tregua frágil entre ellos se rompió. A él le llevó un instante darse cuenta que no lo seguía, y se dió la vuelta para ver que la detenía.

Cuando vio la expresión de su cara, suspiró y la agarró del brazo para conducirla al pórtico delantero. Ella trató de desasirse, pero él se mostraba inflexible.

Una ráfaga fría la golpeó cuando la empujó al exterior. Ella hizo girar alrededor para enfrentarlo.

– No se te ocurra hacer juicios sobre mí como madre, Dallie. Tú has pasado sólo menos de una semana con Teddy, así que no comiences a imaginarte que eres una autoridad en la materia. ¡Ni siquiera lo conoces!

– Sé lo que veo. Maldita sea, Francie, no intento herir tus sentimientos, pero él es una decepción para mí, eso es todo.

Ella sintió una puñalada aguda de dolor. Teddy, su orgullo y alegría, la sangre de su sangre, corazón de su corazón, ¿cómo podía ser una decepción para alguien?

– Eso realmente no me preocupa -dijo ella con frialdad-. Lo único que me molesta es que tú pareces ser una total decepción para él.

Dallie se metió una de sus manos en el bolsillo de sus vaqueros y miró hacia los árboles, sin decir nada. El viento le revolvió el flequillo, haciéndolo volar atrás de su frente. Finalmente él habló bajito.

– Tal vez será mejor que regresemos a Wynette. Creo que esto no es una buena idea.

Ella miró a los cedros durante unos momentos antes de asentir con la cabeza, y comenzó a andar hacía el coche.

No había nadie en la casa, excepto Teddy y Skeet. Dallie se marchó sin decir donde iba, y Francesca cogió a Teddy para dar un paseo.

Dos veces intentó introducir el nombre de Dallie en la conversación, pero él se resistía a sus esfuerzos y no lo presionó. Sin embargo, el pequeño no paraba de contar las virtudes de su amigo Skeet Cooper.

Cuando volvieron a la casa, Teddy se escabulló para conseguir un bocadillo y ella bajó al sótano donde encontró a Skeet dándole una mano de barniz a la cabeza del palo que había estado arreglando. No alzó la vista cuando ella entró en el taller, y ella lo miró durante unos minutos antes de hablar.

– Skeet, quiero agradecerte el ser tan agradable con Teddy. Él necesita un amigo en este momento.

– No tienes que agradecerme nada -contestó Skeet bruscamente-. Es un buen muchacho.

Ella apoyó su codo sobre la cima de un armario, gozando de mirar a Skeet trabajar. Los movimientos lentos, cuidadosos la calmaban de modo que podía pensar más claramente.

Veinticuatro horas antes, todo lo que había querido hacer era conseguir que Teddy y Dallie estuvieran lo más alejados posible, pero ahora le tentaba la idea de reconciliarlos. Tarde o temprano, Teddy iba a tener que reconocer su relación con Dallie. Ella no podía soportar la idea de que su hijo creciera con cicatrices emocionales porque odiaba a su padre, y si pasar unos cuantos dias en Wynette significaba ahorrarle esas cicatrices lo haría con los ojos cerrados.

Más tranquila, se dirigió a Skeet.

– ¿Quieres realmente a Teddy, verdad?

– Claro que lo quiero. Es la clase de niño con el que no tengo inconveniente en pasar el tiempo.

– Me da mucha pena que todos no piensen igual -dijo ella amargamente.

Skeet se aclaró la garganta.

– Dále tiempo a Dallie, Francie. Sé que eres de naturaleza impaciente, siempre queriendo precipitar las cosas, pero algunas cosas simplemente no pueden ser precipitadas.

– Se odian el uno al otro, Skeet.

Él giró la cabeza del palo para inspeccionarla y luego bajó la brocha del barniz.

– Cuando dos personas son tan semejantes, chocan de vez en cuando.

– ¿Semejantes? -le miró fijamente-. Dallie y Teddy no son para nada semejantes.

Él la miró como si ella fuera la persona más estúpida que alguna vez se hubiera encontrado, y luego sacudió la cabeza mientras seguía barnizando la cabeza del palo.

– Dallie es elegante -discutió ella-. Él es atlético, magnífico…

Skeet rió entre dientes.

– Teddy, seguro, es un pequeño bichillo feucho. Es un misterio dificil de comprender que dos personas tan agraciadas como Dallie y tú pudiérais fabricarlo.

– Tal vez no es guapo en el exterior -contestó ella defensivamente-. Pero es maravilloso por dentro.

Skeet rió entre dientes otra vez, siguió barnizando, y luego la miró.

– No me gusta dar consejos, Francie, pero si yo estuviera en tu situación, me concentraría más en críticar a Dallie sobre su golf que en fastidiarlo por su comportamiento con Teddy.

Ella lo miró con asombro.

– ¿Por qué debería criticarlo sobre su golf?

– No vas a deshacerte de él. ¿Comprendes eso, verdad? Ahora que él conoce a Teddy, va a seguir apareciendo en su vida, si te gusta como si no.

Ella ya había llegado a la misma conclusión, y asintió de mala gana.

Él pasó la brocha a lo largo de la curva lisa de la madera.

– Mi mejor consejo, Francie, es que tienes que usar tu inteligencia para conseguir que Dallie consiga sacar su mejor golf.

Ella estaba completamente desconcertada.

– ¿Qué intentas decirme?

– Exactamente lo que he dicho, eso es todo.

– Pero no sé nada acerca del golf, y además no veo qué tiene que ver el juego de Dallie con Teddy.

– Los consejos es lo que tiene… puedes tomarlos o dejarlos.

Ella le lanzó una mirada penetrante.

– ¿Sabes por qué él es tan crítico con Teddy, verdad?

– Tengo alguna idea.

– ¿Es porque Teddy se parece a Jaycee? ¿No es eso?