– No le dejes, Francie -dijo Curtis Molloy.
Ella le dirigió una risa resignada sobre su hombro.
– Lo siento, pero él es más grande que yo. Además, se pone terriblemente insoportable si discuto con él -la combinación de su acento británico con su lenguaje los hizo reírse, como ella ya sabía.
Dallie accionó los dos mismos botones que siempre apretaba cuando la máquina dejaba de sonar, y puso la botella de cerveza sobre la cima de la máquina de discos.
– No he oído tanto al chismoso de Curtis en años -le dijo a Francesca-. Realmente lo estás consiguiendo. Incluso las mujeres comienzan a querer parecerse a tí.
Su tono no parecía muy contento.
Ella no hizo caso a su mal humor cuando la melodía de rock comenzó a sonar.
– ¿Y a tí? -preguntó descaradamente-. ¿Te gusto a tí, también?
Él movió su cuerpo de atleta con los primeros acordes de Born to Run de Bruce Springsteen con tanta gracia como bailaba el Texas Dos Pasos.
– Desde luego me gustas -dijo frunciendo el ceño-. No soy un gato callejero y no me acostaría contigo si no me gustarás al menos un poco. Maldita sea, me gusta esta canción.
Ella había esperado una declaración algo más romántica, pero con Dallie había aprendido a conformarse con lo que pudiera conseguir. No compartía su entusiamo por la canción que él seguía tarareando y bailando. Aunque no pudiera comprender toda la letra, entendió algo acerca de vagabundos como nosotros que hemos nacido para correr, pudiera ser por eso por lo que a Dallie le gustaba tanto la canción.
El sentimiento no concordaba con su visión de la dicha doméstica, asi qué se olvidó de la letra y se concentró en la música, complementando sus movimientos con los de Dallie como había aprendido a hacer tan bien en sus bailes de dormitorio por las noches. Él la miró a los ojos y ella le miró a él, y la música flotaba alrededor de ellos.
Ella sintió como si una especie de lazo fuerte los uniera, pero la sensación se rompió cuando su estómago produjo una sensación extraña.
No estaba embarazada, se dijo. No podía ser. Su doctor le había dicho muy claramente que no podía quedarse embarazada hasta que comenzara a tener sus períodos menstruales otra vez.
Pero sus recientes náuseas la habían preocupado tanto que el día anterior en la biblioteca había mirado un folleto de Planificación Familiar sobre el embarazo cuando la señorita Sybil no miraba. Para su consternación, había leído la antítesis y se encontró desesperadamente contando hacía atrás, a aquella primera noche que Dallie y ella habían hecho el amor. Eso había sido hacía un mes exactamente.
Bailaron otra vez y se marcharon a su mesa, la palma de su mano ahuecada sobre su pequeño trasero. Le gustaba que la tocara, era la sensación de una mujer siendo protegida por el hombre que se preocupaba por ella. Tal vez no sería tan malo si en realidad estaba embarazada, pensó cuando se sentó a la mesa. Dallie no era la clase de hombre que le daría unos cientos de dólares y la conduciría al abortista local.
No, no deseaba tene un bebé, pero comenzaba a aprender que todo tenía un precio. Tal vez el embarazo lo haría amarla, y una vez que él asumiera ese compromiso todo sería maravilloso. Ella lo animaría a dejar de beber tanto y se aplicaría más. Él comenzaría a ganar torneos y haría bastante dinero para que pudieran comprar una casa en una ciudad en algún sitio.
No sería el tipo de vida de moda internacional que había previsto para ella, pero no necesitaba esos lujos más, y sabía que sería feliz mientras Dallie la amara. Viajarían juntos, él cuidaría de ella, y todo sería perfecto.
Pero la imagen seguía sin cristalizar en su mente, entonces tomó un sorbo de su botella de Lone Star.
La voz de una mujer, una voz cansina tan perezosa como un verano deTexas Indian interrumpió sus pensamientos.
– ¿¡Eh!, Dallie -dijo suavemente la voz-. Haces unos birdies para mí?
Francesca sintió el cambio en él, una vigilancia que no había estado allí un momento antes, y ella levantó la cabeza.
Practicamente al lado de su mesa y mirando fijamente hacía abajo a Dallie estaba de pie la mujer más hermosa que Francesca había visto nunca. Dallie se levantó de un salto con una exclamación suave y la envolvió en sus brazos.
Francesca tenía la sensación que el tiempo se había congelado en el lugar cuando las dos criaturas deslumbrantemente rubias juntaron sus cabezas, dos especímenes de americanos hermosos de cosecha propia y llevando botas camperas, unas superpersonas que de repente la hicieron sentirse increíblemente pequeña y ordinaria. La mujer llevaba un Stetson hacía atrás sobre una nube de pelo rubio que caía desordenadamente atractivo hasta sus hombros, y había dejado tres botones abiertos sobre su camisa para revelar más que un poco la elevación impresionante de sus pechos.
Un amplio cinturón de cuero rodeaba su pequeña cintura, y los vaqueros apretados encajaban en sus caderas tan estrechamente que hacían una V en su entrepierna antes de convertirse en una extensión casi infinita de pierna larga.
La mujer miró a los ojos de Dallie y susurró algo que Francesca oyó por casualidad.
– ¿Pensaste que te dejaría pasar sólo Halloween, eh, nene?
El miedo que se parecía a un frio puño agarrando el corazón de Francesca bruscamente se alivió cuando comprobó como se parecían los dos.
Desde luego… no debería haber estado tan asustada. Por supuesto que se parecían mucho. Esta mujer sólo podía ser la hermana de Dallie, la evasiva Holly Grace.
Poco después, él confirmó su identidad. Liberando a la alta diosa rubia, él giró hacía Francesca.
– Holly Grace, esta es Francesca Day. Francie, me gustaría presentarte a Holly Grace Beaudine.
– ¿Cómo estás? -Francesca estiró su mano y rió calurosamente-. Te habría reconocido como la hermana de Dallie en cualquier parte; os pareceis muchísimo.
Holly Grace se quitó su Stetson y se acercó un poco a Francesca estudiándola con sus ojos azul claro.
– Lamento mucho decepcionarte, dulzura, pero no soy la hermana de Dallie.
Miró a Francesca socarronamente.
– Soy la esposa de Dallie.
Capítulo 15
Francesca oyó a Dallie llamarla. Ella comenzó a correr más rápido, sus ojos casi cegados por las lágrimas. Las suelas de sus sandalias resbalaban sobre la grava cuando cruzó el aparcamiento hacia la carretera.
Pero sus piernas cortas no eran ningún rival para las suyas más largas, y la alcanzó antes de que pudiera llegar a la carretera.
– ¿Puedes decirme que es lo que te pasa? -gritó, agarrándola del hombro y haciéndola girar alrededor-. ¿Por qué demonios sales corriendo así y te pones en ridículo delante de toda esa gente que empezaba a considerarte un auténtico ser humano?
Él la gritaba como si fuera ella quién hubiera hecho algo malo, como si ella fuera la mentirosa, la embustera, la serpiente traidora que había convertido el amor en traición. Se soltó de su brazo, y le dió una bofetada con la palma con tanta fuerza como pudo.
Y él se la devolvió con el dorso de la mano.
Aunque fuera lo bastante loco para golpearla, no era lo bastante loco para hacerla daño, por eso la golpeó con sólo una pequeña parte de su fuerza.
De todos modos era tan pequeña que perdió el equilibrio y se dio con el lado de un coche. Ella agarró el espejo retrovisor con una mano y se presionó con la otra su mejilla.
– Jesús, Francie, apenas te rocé -él se precipitó y extendió la mano para abrazarla.
– ¡Tú, bastardo! -se volvió hacía él, y le pegó con la mano otra vez, ésta vez dándole en la mandíbula.
Él agarró sus brazos y la sacudió.
– ¿Quiero que te tranquilices ahora, me oyes? Te tranquilizas antes de que te hagas daño.