Un pinchazo insistente en un costado la hizo finalmente reducir el paso, pero seguía andando.
Vagó durante horas por las calles desiertas de Wynette, sin saber donde iba, y sin preocuparla. Cuando pasaba por las tiendas cerradas y las silenciosas casas en la quietud de la noche, sintió como si una gran parte de si misma estuviera muriéndose… la mejor parte, la luz eterna de su propio optimismo.
No importaba cuantas cosas tristes le habían sucedido desde la muerte de Chloe, ella siempre sentía que sus dificultades eran sólo temporales. Ahora finalmente entendía que estas no serían temporales en absoluto.
Su sandalia pisó la pulpa sucia de una naranja o de una calabaza que estaba tirada en la calle, y se cayó, golpeándose la cadera sobre el pavimento. Se quedó así un momento, su pierna torcida torpemente debajo de ella, el lodo de calabaza mezclándose con la sangre seca de los rasguños sobre su antebrazo. Se sentía completamente desamparada. Lágrimas frescas comenzaron a caerle.
¿Qué había hecho ella para merecer esto?
¿Ella era así de terrible?
¿Había hecho tanto daño a la gente que este debía ser su castigo?
Un perro ladró en la distancia, y un poco más lejos una luz se encendió en una ventana.
No podía pensar que hacer, entonces se quitó la pulpa de calabaza y lloró. Todos sus sueños, todos sus proyectos, todo… se habían ido. Dallie no la amaba. Él no iba a casarse con ella. Ellos no iban a vivir juntos ni serían felices para siempre.
No recordaba haber tomado la decisión de comenzar a andar otra vez, pero al cabo de un rato comprendió que sus pies se movían y ella caminaba por una calle nueva. Y luego en la oscuridad paró de golpe al comprender que estaba de pie delante de la casa de huevos de Pascua de Dallie.
Holly Grace metió el Riviera en el camino de entrada de la casa y apagó el motor. Eran casi las tres de la mañana. Dallie estaba tumbado en el asiento del pasajero, pero aunque sus ojos estuvieran cerrados, no creía que estuviera dormido. Ella salió del coche y anduvo alrededor hacía la puerta de pasajeros.
Con miedo que él cayerá al suelo, sujetó la puerta con su cadera cuando tiró con suavidad. Él no se movió.
– Venga vamos, nene -dijo ella, alcanzando abajo y tirando de su brazo-. Vamos a conseguirte algo de comer.
Dallie murmuró algo indescifrable y sacó una pierna del coche.
– Muy bien -lo animó-. Venga vamos, ahora.
Él puso el brazo alrededor de sus hombros como había hecho tantas veces antes. Una parte de Holly Grace quería dejarlo y esperar que se doblara como un viejo acordeón, pero otra parte de ella no le dejaría ir por nada del mundo… ni por conseguir el puesto que soñaba, ni por la posibilidad de sustituir su Firebird por un Porsche, ni hasta por un encuentro de dormitorio con los cuatro Hermanos Statler al mismo tiempo… porque Dallie Beaudine casi era la persona que ella más amaba en el mundo.
Casi, pero no exactamente, porque la persona a quién más amaba era a ella misma. Dallie le había enseñado esto hacía mucho tiempo. Dallie le había enseñado muchas buenas lecciones, las que él nunca había sido capaz de aprenderse.
Él de repente se soltó de ella y comenzó a andar alrededor hacia el frente de la casa. Sus pasos eran ligeramente inestables, pero teniendo en cuenta todo lo que había bebido, lo hacía bastante bien. Holly Grace lo miró un momento. Habían pasado ya seis años, pero él no dejaba ir a Danny.
Ella dio la vuelta sobre el frente de la casa a tiempo para verlo en la depresión al lado de la puerta del pórtico superior.
– Márchate a casa de tu madre -dijo en un susurro.
– Me quedo, Dallie.
Subió unos pasos, se quitó el sombrero y lo sacudió en la oscilación del pórtico.
– Márchate, ahora. Nos veremos mañana.
Él hablaba más claramente que lo hacía normalmente, algo que indicaba lo tremendamente bebido que estaba. Ella se sentó a su lado y miró fijamente en la oscuridad, eligiendo las palabras.
– ¿Sabes lo que he estado recordando hoy? -preguntó-. Recordaba como solías andar alrededor con Danny encima de tus hombros, y él se agarraba a tu pelo gritando. Y siempre que lo bajabas, tenías un rodalito mojado en el dorso de la camiseta. Solía pensar que era tan gracioso… mi marido el niño guapo con pis en la camiseta.
Dallie no respondió. Ella esperó un momento y luego lo intentó otra vez.
– ¿Recuerdas la terrible pelea que tuvimos cuando lo llevaste a la peluquería y le cortaron todos sus rizos de bebé? Te tiré tu libro Western Civ, y después hicimos el amor en el suelo de la cocina… sólo que como no habíamos barrido por lo menos en una semana todos los Cheerio que Danny tiraba se me clavaron en el trasero, y no digamos en otros sitios.
Él extendió sus piernas y puso los codos sobre sus rodillas, doblando la cabeza. Ella tocó su brazo, su voz suave.
– Piensa en los buenos momentos, Dallie. Hace ya seis años. Tenemos que olvidar lo malo y pensar en lo bueno.
– Eramos unos padres horribles, Holly Grace.
Ella apretó su brazo.
– No, no lo éramos. Amábamos a Danny. Nunca ha habido un niño que fuera tan amado como él. ¿Recuerdas cómo solíamos llevarlo a la cama con nosotros de noche, aun cuándo sabíamos que lo estábamos malcriando?
Dallie levantó su cabeza y su voz era amarga
– Lo que recuerdo es como salíamos de noche y lo dejábamos solo con todas aquellas niñeras de doce años. O como nos lo llevábamos cuando no podíamos encontrar a nadie para quedarse con él… poniéndolo en su sillita encima de la esquina de alguna barra y dándole patatas fritas y 7Up…dentro del biberón si comenzaba a llorar. Dios…
Holly Grace se encogió y dejó caer su brazo.
– No teníamos ni diecinueve cuando Danny nació. No éramos más que unos niños nosotros mismos. Hicimos todo lo posible que sabíamos.
– ¿Sí? ¡Claro, pues follar sabíamos bastante bién!
Ella no hizo caso de su arrebato. Había aceptado mejor la muerte de Danny que Dallie, aunque todavía le dolía cuando veía en algún sitio a una madre con un niño rubio en brazos. Halloween era lo más difícil para Dallie porque era el día que Danny había muerto, pero el cumpleaños de Danny era lo más difícil para ella. Miró fijamente a las formas oscuras, frondosas de los árboles y recordó como había sido aquel día.
Aunque era semana de exámenes en A &M y Dallie tenía un trabajo que escribir, él estaba con algunos granjeros del algodón inténtandoles ganar en el campo de golf para poder comprar una cuna.
Cuando rompió aguas, había tenido miedo de ir al hospital sola por eso había conducido un viejo Ford Fairlane que había tomado prestado del estudiante de ingeniería que vivía al lado de ellos. Aunque había doblado una toalla de baño para sentarse sobre ella, estaba empapando el asiento.
El encargado había ido a buscar a Dallie y había vuelto con él en menos de diez minutos. Cuando Dallie la había visto apoyándose contra el lado del Fairlane, con la toalla mojada de viejo dril, había saltado del carro eléctrico y casi la había atropellado.
– Bueno, Holly Grace -había dicho-. Estoy en el green del ocho a menos de tres centímetros del hoyo. ¿No podías haber esperado un poco más?
Entonces se había reído y la había cogido, con toalla mojada y todo, y la había sostenido contra su pecho hasta que una contracción los había separado.
Pensando en ello ahora, sentía un nudo creciendo en su garganta.
– Danny era un bebé tan hermoso -susurró a Dallie-. ¿Recuerdas lo asustados que estábamos cuando le trajimos a casa del hospital?
Su respuesta era baja y dura.
– La gente necesita una licencia para tener un perro, pero te dejan llevarte a un bebé del hospital sin hacerte una sóla pregunta.
Ella se levantó de un salto.
– ¡Joder, Dallie! Quiero afligirme por nuestro bebé. Quiero afligírme contigo esta noche, no escuchar toda tu amargura.