Выбрать главу

Él se inclinó hacía adelante un momento.

– No deberías haber venido. Ya sabes como me pongo este dia.

Ella dejó que la palma de su mano descansara sobre la coronilla de su cabeza como una especie de bautismo.

– Deja ir a Danny este año.

– ¿Tú podrías dejarle ir si fueras quién le hubiera matado?

– Yo también conocía lo de la tapa del pozo.

– Y me dijiste que la arreglara -él se levantó despacio-. Me dijiste dos veces que el gozne estaba roto y que los muchachos de la vecindad lo levantaban para lanzar piedras dentro. No fuiste tú quién se quedo cuidándolo esa tarde. No eras tú quién se suponía no debía perderlo de vista.

– Dallie, estabas estudiando. No es decir que estabas tirado en el suelo con una borrachera cuando se cayó dentro.

Ella cerró los ojos. No quería pensar en esta parte… en su pequeño bebé de dos años andando a través del patio hacía aquel pozo, mirando abajo con su curiosidad ilimitada. Perdiendo el equilibrio. Cayendo dentro. No quería imaginarse su pequeño cuerpo luchando en aquel pozo húmedo, llorando.

¿En qué había pensado su bebé al final, cuando todo lo que podía ver era un lejano círculo de luz encima de él? ¿Había pensado en ella, su madre, a quién encantaba abrazar, o había pensado en su papá, quien le besaba y reía con él y lo sostenía tan apretado que él chillaba y chillaba?

¿En qué había pensado en aquel momento cuando sus pequeños pulmones se habían llenado de agua?

Parpadeando contra la picadura de las lágrimas, ella se acercó a Dallie y rodeó sobre su cintura con su brazo y descansó la frente contra su hombro.

– Dios nos da la vida como un regalo -dijo-. No es posible que podamos agregar nuestras propias condiciones.

Él comenzó a estremecerse, y ella lo consoló como mejor pudo.

* * *

Francesca los miraba en la oscuridad bajo el árbol al lado del pórtico. La noche era tranquila, y había oído cada palabra. Se sintió enferma… aún peor que cuando había salido corriendo del Roustabout. Su propio dolor ahora parecía frívolo comparado con el suyo.

No conocía a Dallie en absoluto.

Ella nunca había visto nada más que las risas, el texano quien rechazaba tomar la vida en serio. Le había ocultado una esposa… y la muerte de su hijo. Cuando miraba las dos figuras llenas de pena que estaban de pie en el pórtico, la intimidad entre ellos parecía tan sólida como la vieja casa… una intimidad causada por la convivencia, por compartir la felicidad y la tragedia.

Comprendió entonces que ella y Dallie no habían compartido nada excepto sus cuerpos, y que el amor tenía unas profundidades que nunca se habría imaginado.

Francesca miró como Dallie y Holly Grace desaparecían dentro de la casa. Por una fracción de segundo, lo mejor que había en ella esperó que encontaran consuelo el uno con el otro.

* * *

Naomi nunca había ido a Texas antes, y si tenía algo para decir en el asunto, nunca volvería otra vez. Cuando una furgoneta la adelantó por el carril derecho a más de ochenta, decidió que prefería los fiables atascos de tráfico de la ciudad y el olor consolador de los gases en combustión que echaban los taxis amarillos. Ella era una muchacha de ciudad; el campo abierto la ponía nerviosa.

O tal vez esto no era por la carretera en absoluto. Tal vez era por Gerry que viajaba a su lado en el asiento de pasajeros de su Cadillac alquilado, frunciendo el ceño por el parabrisas como un niño malhumorado.

Cuando había vuelto a su apartamento la noche anterior para hacer la maleta, Gerry había anunciado que iba a Texas con ella.

– Tengo que salir de este lugar antes de que me vuelva chiflado -había exclamado, pasándose una mano por el pelo-. Voy a México por un tiempo… a los barrios bajos. Volaré a Texas contigo esta noche, en el aeropuerto no buscarán a una pareja que viaja juntos, y luego haré los preparativos para cruzar la frontera. Tengo algunos amigos en Del Río. Ellos me ayudarán. Estaré bien en México. Conseguiremos reorganizar nuestro movimiento.

Ella le había dicho que no podía ir con ella, pero rechazó escuchar. Como fisicamente no podía refrenarlo, se había encontrado sentada en el vuelo de Delta a San Antonio con Gerry a su lado, sujetando su brazo.

Ella se estiró en el asiento del conductor, haciendo presión sobre el acelerador para que el coche acelerara ligeramente.

Al lado de ella, Gerry metía las manos profundamente en los bolsillos de unos pantalones grises de franela que había conseguido en algún lugar. La ropa, como se suponía, lo hacía parecerse a un hombre de negocios respetable, que había estado a punto de desmoronarse cuando se negó a cortarse el pelo.

– Relájate -dijo-. Nadie te ha prestado atención alguna desde que nos pusimos de camino hacía aquí.

– Los polis nunca me dejan escaparme así de fácil -dijo él, echando un vistazo nerviosamente sobre su hombro por centésima vez desde que habían salido del garaje del hotel en San Antonio-. Ellos juegan conmigo. Dejarán que me acerque.Tan cerca de la frontera mexicana que puedo olerla, y luego se echarán sobre mí. Putos cerdos.

La paranoía de los años sesenta. Casi se había olvidado de ella. Cuando Gerry había sabído sobre el F.B.I., había empezado a ver sombras ocultas por todas partes, que cada recluta nuevo era un informador, que le controlaban desde el mighty J(Acorazado de la armada). El propio Edgar Hoover (Jefe del F.B.I. instigador de la caza de brujas contra los izquierdistas) personalmente buscaba evidencias de actividad subersiva de las mujeres del movimiento feminista sacando Kotex en la basura. Aunque con el tiempo hubiera razón para la precaución, al final el miedo no había estado demasiado justificado.

– ¿Estás seguro que la policía te está buscando? -dijo Naomi-. Nadie te ha mirado dos veces cuando has subido al avión.

Él la miró airadamente y sabía que lo había insultado por despreciar su importancia como Gerry el macho fugitivo, el John Wayne de los radicales.

– Si hubiera venido solo -dijo -ellos lo habrían notado rápidamente.

Naomi lo dudaba. Pese a la insistencia de Gerry de que la policía estaba buscándolo, seguramente no fuera tan evidente. Tuvo un sentimiento extrañamente triste. Recordaba cuando la policía se había preocupado de verdad por las actividades de su hermano.

El Cadillac seguía avanzando, y ella vio una señal anunciando los límites de la ciudad de Wynette. Sintió una ráfaga de entusiasmo. A pesar de todo, finalmente vería a su Chica Descarada.

Esperaba no haber cometido un error por no llamarla antes, pero sentía instintivamente que esta primera conexión necesitaba hacerla en persona. Además, las fotografías a veces mentían. Ella tenía que ver a esta muchacha cara a cara.

Gerry miró el reloj digital sobre el salpicadero.

– Todavía no son ni las nueve. Probablemente todavía esté en la cama. No veo por qué hemos tenido que marcharnos tan temprano.

Ella no se molestó en contestar. Nada tenía la mayor importancia para Gerry excepto su propia misión de salvar el mundo sin ayuda de nadie. Paró en una estación de servicio y preguntó la dirección. Gerry se encorvó abajo en el asiento, ocultándose detrás de un mapa de carretera abierto como si el muchacho que ponía el combustible fuera realmente un agente del gobierno para capturar al Enemigo Público Número Uno.

Cuando paró el coche atrás en la calle, ella dijo:

– Gerry, tienes treinta y dos años. ¿No estás cansado de vivir así?

– No voy por el éxito en taquilla, Naomi.

– Si me preguntas, escapar a México está más cerca de venderte que quedarte e intentar trabajar dentro del sistema.

– Ya hemos hablado sobre ello, ¿verdad?

¿Era sólo su imaginación o Gerry parecía menos seguro de si mismo?

– Serías un maravilloso abogado -siguió-. Valiente e incorruptible. Como un caballero medieval que lucha por la justicia.