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Incluso dormido, parecía que Dallie no podía encontrar paz. Dejó una taza de café sobre la mesita y tomó un sorbo de la suya.

La Chica Descarada. Le quedaba como anillo al dedo. Incluso el momento era ideal. Estaba harta de combatir a los chicos buenos en SEI, cansada de tener que trabajar el doble que ellos para conseguir los mismos objetivos.

Estaba preparada para un cambio de aires en su vida, una posibilidad de ganar mucho dinero. Hacía mucho había decidido que cuando la oportunidad llamara a su puerta, no tendría las manos atadas para poder agarrarla al vuelo.

Con el café en la mano fue hacía la vieja butaca, se sentó y cruzó el pie sobre su rodilla desnuda. La fina pulsera de tobillo de oro reflejó la luz del sol, enviando una reflexión serpeante en el techo encima de su cabeza. Se imaginaba brillante en ropa de diseñador, con abrigos de piel, en los más famosos restaurantes de Nueva York. Después de trabajar tanto, todos estos años de golpear la cabeza contra paredes de piedra, finalmente la posibilidad de una vida mejor había caído directamente en su regazo.

Abrazando la taza caliente en sus manos, observó a Dallie. La gente que lo sabía, que estaban separados y vivían en casas diferentes siempre preguntaban por qué no se habían divorciado. Ellos no podían entender que a Holly Grace y a Dallie todavía les gustara estar casado el uno con el otro. Eran una familia.

Su mirada fija viajó a lo largo de la curva de su trasero, la vista que había producido tantos sentimientos de lujuria dentro de ella.

¿Cuándo fue la última vez que hicieron el amor? No podía recordarlo. Todo lo que recordaba era que las últimas veces que Dallie y ella estuvieron en una cama juntos, todos sus viejos problemas volvían para atormentarlos, Holly Grace era otra vez una muchacha jóven desvalida con necesidad de protección, y Dallie era un marido adolescente que intentaba desesperadamente formar una familia mientras el fracaso colgaba sobre él como una nube oscura.

En el momento que decidieron acostarse con gente diferente, habían descubierto cierto alivio de alquiler de sus viejos fantasmas. Los amantes eran una moneda de diez centavos una docena, finalmente habían decidido, pero los buenos amigos eran difíciles de encontrar.

Dallie gimió y y se puso boca abajo. Lo observó un rato más mientras enterraba la cara en la almohada y estiraba sus piernas. Finalmente, se levantó y avanzó para sentarse en el borde de la cama. Dejando su taza, recogió la otra.

– Te he traído café. Bebételo y te garantizo que volverás a sentirte casi como un ser humano.

Él puso una almohada encima de la otra en el cabecero y, con los ojos todavía medio cerrados, extendió la mano. Le dio la taza y le colocó un mechón de pelo rubio que había caído en su frente. Incluso con el pelo sucio y el arañazo sobre la barbilla, estaba magnífico.

Su aspecto mañanero solía impresionarla en sus primeros años de casados. Ella se despertaba pareciéndose a la ira de Dios, y él se parecía a una estrella de cine. Él siempre le decía que estaba hermosa por la mañana, pero ella nunca lo creyó. Dallie no era objetivo en lo que a ella se refería. Él pensaba que ella era la mujer más hermosa del mundo, no importaba como estuviera.

– ¿Has visto a Francie esta mañana?

– La vi un ratito durante aproximadamente tres segundos en la sala de estar, y luego se escapó. Dallie, no pienso criticar tu gusto en mujeres, pero ella me parece frívola.

Holly Grace se inclinó atrás en las almohadas y tiró encima de sus rodillas, ríendo en silencio recordando la escena en el aparcamiento del Roustabout.

– ¿Te puso en dificultades anoche, verdad? Tengo que darle su mérito en eso. La única mujer que conozco que podría plantarte batalla así soy yo.

Él giró su cabeza y la miró airadamente.

– ¿Sí? Bien, eso no es todo lo que las dos teneís en común. Las dos hablaís demasiado por la maldita mañana.

Holly Grace no hizo caso de su mal carácter. Dallie era siempre gruñón cuando se despertaba, pero le gustaba hablar por la mañana. A veces ella podría curiosear exquisiteces interesantes de él antes que estuviera totalmente consciente.

– Tengo que decirte que pienso que ella es la vagabunda más interesante que has recogido en bastante tiempo mejor que aquella diminuta payasa que solías llevar. Skeet me contó como destrozó la habitación en un motel de Nueva Orleans. Me hubiera encantado verlo.

Ella apoyó su codo sobre la almohada al lado de su cabeza y arropó su pie bajo su cadera.

– Sólo por curiosidad, ¿por qué no le hablaste de mí?

Él la miró fijamente un momento por encima de su taza y luego la separó de su boca sin beber un sorbo.

– No seas ridícula. Ella sabía sobre tí. Hablé de tí delante de ella todo el tiempo.

– Eso es lo que Skeet dijo, pero me pregunto si en cualquiera de esas conversaciones usaste la palabra "esposa".

– Desde luego que lo hice. O Skeet lo hizo -se pasó los dedos por el pelo-. No sé… si alguien lo hizo. Tal vez la Señorita Sybil.

– Lamentablemente, nene, me parece que fui yo quien le dio las malas noticias por primera vez.

Él con impaciencía dejó su taza.

– Maldita sea, ¿cuál es la diferencia? Francie está demasiado enamorada de sí misma para preocuparse por alguien más. Ella ya es historia pasada.

Holly Grace no estaba sorprendida. La lucha en el aparcamiento la noche anterior había parecido más o menos el final de algo… a no ser que a los dos luchadores les gustara el uno al otro con desesperación, de la manera que ella y Dallie peleaban.

Él bruscamente se desenredó de las sábanas y salió de la cama sin llevar más que sus calzoncillos blancos de algodón. Disfrutó de la vista de aquellos músculos apretados que se ondulaban a través de sus hombros y la fuerza de sus muslos.

Se preguntó que hombre había dicho que las mujeres no disfrutaban mirando cuerpos de hombres. Probablemente algún Doctor en Filosofía, un intelectual con cuatro papadas y una panza.

Dallie se giró y siguió andando por la habitación.

– Tengo que localizar a Skeet y asegurarme que le dio dinero para un billete de avión a su casa. Si se encuentra vagando por ahí sola mucho tiempo, se meterá en más problemas de los que puede manejar.

Holly Grace lo miró más detenidamente, y una punzada desacostumbrada de celos la golpeó. Hacía mucho tiempo que no se molestaba por las otras mujeres con las que Dallie se acostaba, sobre todo porque ella disfrutaba en la cama con apuestos hombres. Pero no le gustaba la idea de saber que el se preocupaba demasiado por una mujer que no contaba con su aprobación, que mostraba exactamente que tipo de cristiana intolerante era.

– ¿Realmente te gustaba, verdad?

– Era buena -contestó él evasivamente.

Holly Grace quería saber más, como podía considerar a la señorita Pantalones de Lujo realmente buena en la cama después de que Dallie había probado lo mejor. Pero sabía que él la llamaría hipócrita, así que dejó de lado su curiosidad de momento. Además, ahora que él estaba finalmente despierto, podía contarle sus noticias realmente importantes. Poniéndose en la cama con las piernas cruzadas, le contó sobre su mañana.

Él reaccionó más o menos del modo que esperaba.

Ella le dijo que podía irse directamente al diablo.

Él dijo que le alegraba lo del trabajo, pero le molestaba su ambición.

– Mi ambición es mi maldito problema.

– Algún dia vas a comprender que la felicidad no viene envuelta en un billete de dólar, Holly Grace. Es más complicado que eso.

– ¿Desde cuándo eres tú un experto en felicidad? Esto debería ser bastante evidente para alguien con poco cerebro que está satisfecho siendo pobre cuando podría ser rico y sólo porque tú tienes intención de ser un fracasado toda tu vida no significa que yo vaya a serlo también.