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Él la miró con desconfianza.

– ¿Has estado leyendo el Cosmopolitan otra vez?

– ¡Eres imposible! -se puso de golpe las gafas de sol sobre sus ojos fue hasta el banco y cogió su bolso-. No es posible hablar contigo. Eres un intolerante.

– Te recogeré en casa de tu madre a las seis -le dijo Dallie cuando ella ya se dirigía hacia el aparcamiento-. Puedes sacarme para la barbacoa.

Cuando el Firebird de Holly Grace se marchó del aparcamiento, Dallie dio Skeet su hierro-dos.

– Vamos a continuar y jugar unos hoyos. Y si sigo jugando así de mal, tú sólo saca un arma y me pegas un tiro.

Pero con cualquier otro palo, Dallie jugó mal. Él sabía cual era el problema, y no tenía nada que ver con su backswing o con su continuación. Tenía demasiadas mujeres en su mente, eso era. Se sintía mal por Francie. Había intentado pensar, y en realidad no podía recordar haberla dicho que estaba casado.

De todos modos esto no era ninguna excusa para el modo en que ese había comportado la noche anterior en el aparcamiento, interpretándolo como si ya se hubieran hecho los análisis de sangre y hubieran comprado al contado los anillos de boda. ¡Joder!, él le había dicho que no le tomara en serio.

¿Qué estaba equivocado con las mujeres las que les decía directamente en sus caras que nunca se casaría con ellas, y ellas asentían tan dulces como una tarta y decían que lo entendían que ellas pensaban exactamente lo mismo, pero sin embargo todo el tiempo estaban eligiendo vajillas de porcelana en sus cabezas?

Este era uno de los motivos por los que él no quería divorciarse. Esto y el hecho de que él y Holly Grace eran una familia.

Después de dos dobles bogeys seguidos, Dallie decidió dar por finalizado el dia. Se deshizo de Skeet y vagó alrededor del campo un ratito, golpeando en la maleza con un hierro-ocho y buscando pelotas perdidas, como hacía cuando era un niño. Mientras sacaba una Cima-Flite de debajo de unas hojas, recordó que debían ser casi las seis, y todavía tenía que ducharse y cambiarse antes de recoger a Holly Grace. Llegaría tarde, y ella estaría histérica.

Él había llegado tarde tantas veces que Holly Grace finalmente había dejado de luchar con él sobre ello. Hacía seis años también había llegado tarde. Se suponía que ellos debían estar a las diez en la Funeraria para elegir un ataud de tamaño infantil, pero él no se había presentado hasta mediodía.

Parpadeó con fuerza. A veces el dolor todavía le cortaba tan agudo y rápido como un cuchillo. A veces su mente se imponía sobre él y veía la cara de Danny tan claramente como la suya propia. Y luego veía la horrible mueca en la boca de Holly Grace cuando le dijo que su bebé estaba muerto, que él había dejado a su pequeño y dulce bebé rubio morir.

Él retrocedió su brazo y arrancó gran cantidad de hierbajos con un golpe seco de su hierro-ocho. No pensaría en Danny. Pensaría en Holly Grace en cambio.

Pensaría en un lejano otoño cuando tenían los dos diecisiete años, el otoño que aprendieron a prenderse fuego el uno al otro…

– ¡Aquí viene! ¡Mierda, Dallie, mira que tetas!

Hank Simborski se apoyó contra la pared de ladrillo de detrás de la tienda metálica donde los alborotadores de Wynette High se juntaban cada día a la hora de comer para fumar. Hank se puso una mano en el corazón y dió un codazo a Ritchie Reilly.

– ¡Muero, Señor! ¡Estoy enamorado! ¡Sólo déjame que toque esas tetas y seré un hombre feliz!

Dallie encendió su segundo Marlboro con la colilla del primero y miró entre el humo a Holly Grace Cohagan que andaba hacia ellos con su cabeza alta y su libro de química apretado contra su blusa barata de algodón.

Tenía el pelo retirado de la cara con una ancha diadema amarilla. Llevaba una falda azul marino y leotardos blancos decorados como unos que había visto estirado sobre un juego de piernas de plástico en el escaparate de Woolworth. No le gustaba Holly Grace Cohagan, aunque fuera la muchacha más guapa de Wynette High. Actuaba como si se creyese superior al resto del mundo, algo gracioso para todos que sabían que ella y su madre vivían de la caridad de su tío Billy T Denton, farmacéutico.

Dallie y Holly Grace eran el únicos niños realmente miserables en el colegio mayor preparatorio, pero ella actuaba como si fuera mejor que los demás, mientras él andaba con tipos como Hank Simborski y Ritchie Reilly.

Ritchie dio un paso de distancia de la pared y avanzó para llamar su atención, hinchándo su pecho para compensar el hecho que ella era una cabeza más alta que él.

– ¡Eh!, Holly Grace, ¿quieres un cigarrillo?

Hank se paseó adelante, también, intentando parecer chulo, pero no exactamente haciéndolo porque su cara había comenzado a ponerse roja.

– Coge uno de los mios -él ofreció, sacando un paquete de Winston. Dallie miró al flaco Hank avanzado sobre las puntas de sus pies, intentando ganar otra pulgada de altura, que todavía no era bastante para ponerse a la altura de una Amazona como Holly Grace Cohagan.

Ella los miró a ambos como si fueran un montón de mierda de perro y siguió andando. Su actitud enfadó a Dallie. Solo porque Ritchie y Hank fueran algo problemáticos de vez en cuando y no estaban en el colegio preparatorio no significaba que ella les tratara como si fueran gusanos o algo peor, sobre todo porque ella llevaba leotardos de una tienda de todo a cien y una falda azul raída que se la había visto llevar al menos cien veces antes.

Con el Marlboro colgando de la esquina de su boca, Dallie se contoneó adelante, los hombros encorvados en el cuello de su cazadora vaquera, los ojos bizquearon contra el humo, una mirada tacaña, persistente sobre su cara. Incluso sin los tacones de dos pulgadas de sus botas camperas viejas, era el muchacho de la clase mas alto para sostener la mirada de Holly Grace Cohagan.

Él dio un paso directamente en su camino y rizó su labio superior en un gesto de mofa para que ella supiera exactamente con que cabrón ella trataba.

– Mis compinches te han ofrecido un cigarro -dijo, suave y bajito.

Ella movió los labios imitándole a él.

– Lo rechacé.

Él bizqueó un poco más contra el humo y la miró aún más duro. Esta era la primera vez que se encontraba en la parte trasera de la escuela con un verdadero hombre, y no aquellos muchachos chillones limpios preparatorios de colegio que siempre babeaban sobre ella y estaban a su alrededor para venir a su rescate.

– No te he oído decir "no, gracias" -dijo él arrastrando las palabras.

Ella levantó la barbilla y lo miró directamente a los ojos.

– Oí que eras raro, Dallie. ¿Eso es verdad? Alguien dijo que eres tan guapo que te van a presentar al concurso de reina de belleza del curso.

Hank y Ritchie se rieron disimuladamente. Ningúno de ellos tenía el nervio para bromear con Dallie sobre su guapura desde que él los había golpeado cuando lo intentaron, pero esto no significaba que no pudieran disfrutar mirando a alguien que se lo decía. Dallie apretó los dientes.

Odiaba su cara, y hacía todo lo posible para arruinarla poniendo una expresión malhumorada. Hasta ahora, sólo la señorita Sybil Chandler lo sabía. Él tenía intención de mantenerlo así.

– No deberías oír esos chismes -se mofó-. Oí que te lo has estado haciendo con todos los chicos ricos de la clase mayor.

Eso no era verdad. Lo más que cualquiera de los chicos había logrado conseguir eran unos cuantos toqueteos y algunos besos con lengua.

Sus nudillos gradualmente se pusieron blancos cuando ella agarró su libro de química, pero un parpadeo de emoción traicionaba lo que decía.

– Pues me parece que tú nunca estarás entre ellos -se burló ella.

Su actitud lo enfureció. Le hizo sentir pequeño y sin importancía, menos que un hombre. Ninguna mujer jamás habría hablado así a su viejo, Jaycee Beaudine, y ninguna mujer iba a hablarle así a él. Acercó su cuerpo de manera que pudiera cernerse sobre ella y sintiera la amenaza de su metro ochenta de acero sólido masculino que la miraba desde arriba.