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Ella dio un paso rápido a un lado, pero él era demasiado rápido. Lanzando su cigarrillo abajo sobre el blacktop, él la esquivó y se acercó, para que ella tuviera que retirarse o chocar contra él. Gradualmente, él la apretó contra la pared de ladrillo.

Detrás de él, Hank y Ritchie hicieron ruidos de azotaina con sus bocas y soltaron silbidos, pero Dallie no prestaba ninguna atención. Holly Grace todavía sostenía su libro de química agarrado en sus manos para que en vez de sentir sus pechos contra su pecho, él sintiera sólo las esquinas duras del libro y los contornos de sus nudillos.

Él apoyó sus manos contra la pared a los lados de su cabeza y se inclinó hacia ella, fijando sus caderas a la pared contra las suyas e intentando no prestar atención al olor dulce de su largo pelo rubio, que le recordó las flores y el aire fresco de la primavera.

– Tú no sabrías que hacer con un hombre de verdad -se mofó, moviendo sus caderas contra ella-. Y estás demasiado ocupada intentando mirar dentro de los pantalones de esos chicos ricos para averiguarlo.

Él la esperó para echarse atrás, para bajar aquellos limpios ojos azules y le mirara con miedo para que la dejara ir.

– ¡Eres un cerdo! -le escupió ella, mirándole airadamente, insolentemente.

– Y tú eres demasiado ignorante para saber lo realmente patética que eres.

Ritchie y Hank comenzaron a ulular. Bruscamente, deslizó su mano por el dobladillo de su falda azul, manteniendo su cuerpo apretado contra la pared para que ella no pudiera escaparse. Ella parpadeó. Sus párpados se abrieron y cerraron una vez, dos veces. No dijo nada, no luchó.

Él hizo subir su mano bajo su vestido y tocó su pierna por los leotardos blancos decorados con dibujos de diamantes, no permitiéndose pensar cuanto había deseado tocar esas piernas, cuanto tiempo había pasado soñando con aquellas piernas.

Ella levantó la mandíbula, apretó los dientes y no dijo una palabra. Ella era tan dura como el acero, preparada para aplastar a cualquier hombre que la tocara. Dallie pensaba que probablemente él podría intentarlo, directamente contra la pared. Ella incluso no luchaba. Ella probablemente quería.

Eso era lo que Jaycee le había dicho… que a las mujeres les gustaba un hombre que tomaba lo que quería. Skeet decía que eso no era verdad, que las mujeres querían a un hombre que las respetara, pero tal vez Skeet era demasiado suave.

Holly Grace lo miró airadamente con el corazón martilleándole con fuerza en el pecho. Él puso su mano más cerca del interior de su muslo. Ella no se movió. Su cara era una imagen de desafío. Su mirada de resistencía en sus ojos, las ventanas de la nariz ampliadas, la tensión de su mandíbula.

Todo excepto el pequeño temblor, desvalido que había comenzado en la esquina de su boca.

Él se separó bruscamente, metiendo sus manos en los bolsillos de sus vaqueros y hundiendo los hombros. Ritchie y Hank se rieron disimuladamente. Muy tarde, él comprendió que debería haberse movido más despacio.

Ahora parecía como si fuera un pelele, como si hubiera sido vencido. Ella lo miró airadamente como si él fuera un bicho que acababa de aplastar bajo su pie, y se alejó.

Hank y Ritchie comenzaron a gastarle bromas, y él se jactó sobre como ella prácticamente lo había pedido y como de afortunada sería si él alguna vez decidía dárselo.

Pero mientras hablaba, su estómago seguía molestrándole como si hubiera comido algo que le hubiera sentado mal, y no podía olvidar ese temblor desvalido que estropeaba la esquina de su suave boca rosada.

Aquella tarde se encontró perdiendo el tiempo en el callejón detrás de la farmacia donde ella trabajaba para su tío después de la escuela. Apoyó sus hombros contra la pared de la tienda y clavó el talón de su bota en la tierra pensando que en realidad él debería estar buscando a Skeet para que le acompañara a practicar unos tiros con su madera-tres.

Pero en ese momento no le importaba el golf, ni ganar a los muchachos del club de campo. Lo único que le importaba era conseguir redimirse a los ojos de Holly Grace Cohagan.

Había una rejilla de ventilación puesta en la pared exterior de la tienda unos pies encima de su cabeza. De vez en cuando oía un sonido que venía de la trastienda, Billy T dándo una orden y el timbre distante del teléfono. Gradualmente los sonidos se fueron extinguiendo cuando la hora del cierre se acercaba, en ese momento podía oír la voz de Holly Grace claramente y supo que ella debía estar de pie directamente bajo la rejilla.

– Puedes marcharte, Billy T. Yo cerraré.

– No tengo ninguna prisa, Pastelito.

En su imaginación, Dallie podría ver a BillyT con su bata de farmacéutico blanca y su cara rubicunda con su nariz de masilla grande mirando a los muchachos del instituto cuando entraban para comprar condones. BillyT cogería un paquete de Trojans del anaquel detrás de él, los pondría sobre el mostrador, y luego, como un gato que juega con un ratón, los cubrirá con su mano y diría:

– Si compras estos, no se lo diré a tu madre.

Billy T había intentado esa mierda con Dallie la primera vez que él entró en la tienda. Dallie lo había mirado directamente a los ojos y le había dicho que él compraba los otros porque eran los que más le gustaban para joder a su madre. Eso había cerrado la boca al viejo Billy T.

La voz de Holly Grace llegó por la rejilla de ventilación.

– Me voy a casa entonces, Billy T. Tengo mucho que estudiar para mañana -su voz pareció extraña, apretada y demasiado cortés.

– Todavía no, dulzura -contestó su tío, su voz densa como el aceite-. Has estado escapándote de mí temprano toda la semana. Ahora está todo cerrado. Ven aquí, ahora.

– No, BillyT, no voy… -ella dejó de hablar bruscamente, como si hubieran puesto algo sobre su boca.

Dallie se enderezó contra la pared, su corazón aporreándole el pecho. Oyó un sonido inequívoco. Un gemido y cerró los ojos con fuerza. Crist… es por eso que ella se resistía a todos los muchachos mayores.

Ella lo hacía con su tío. Su propio tío.

Le sobrevino una rabia candente. Sin cualquier idea que ninguna idea de lo que iba a a hacer una vez dentro, abrió la puerta de atrás y entró. Cajas vacías, los paquetes de toallas de papel y el papel higiénico cubrían las paredes del pasillo trasero. Parpadeó, ajustándo los ojos a la débil luz. El cuarto que servía de almacen estaba a su izquierda, la puerta en parte entornada, y podía oír la voz de BillyT.

– Eres tan hermosa, Holly Grace. Sí… Ah, sí…

Las manos de Dallie se cerrara en puños a sus lados. Anduvo hacia la entrada y entró. Se sintió enfermo.

Holly Grace estaba tumbada sobre un viejo canapé rasgado, los leotardos de Woolworth blanco alrededor de sus tobillos, una de las manos de BillyT estaban debajo de su falda.

BillyT se arrodilló delante del canapé, resoplando y resoplando como un motor de vapor mientras intentaba tirar de sus leotardos hasta el final y sentirla encima al mismo tiempo. Estaban de espaldas a la entrada asi que no podían ver a Dallie mirarlos.

Holly Grace estaba con la cabeza vuelta hacia la puerta, con los ojos cerrados, pareciendo que no quería perder ni un minuto de lo que el viejo BillyT le hacía.

Dallie no podía dejar de mirarla y según la miraba, se desvanecía cualquier interés romántico que pudiera haber tenido sobre ella. BillyT consiguió bajarle los leotardos y comenzó a hurgar en los botones de su blusa.

Finalmente la abrió e hizo subir su sostén. Dallie vio el destello de uno de los pechos de Holly Grace. La forma estaba deformada por la presión de la goma del sostén, pero podía ver que era lleno, justo como se había imaginado, con un pezón oscuro fruncido.

– Ah, Holly Grace -gimió BillyT, todavía arrodillando en el suelo delante de ella. Empujó su falda hasta la cintura y hurgó en el frente de su pantalón-. Díme cuanto lo quieres. Díme lo bueno que soy.