No, no le importaba. Winona realmente no podía cocinar nada más complicado sobre la placa caliente que tenían en la pequeña habitación trasera que le habían alquilado a Agnes Clayton el día que habían abandonado la casa de Billy T.
Sobre el horizonte delante de ellos, el cielo de la noche brillaba con un poco de luz. En Wynette estaban orgullosos de ser el único instituto en el condado con un estadio con luz artificial. Cada uno de las ciudades circundantes iban a Wynette los viernes por la noche después de que su propio partido de instituto se había terminado.
Esta noche comenzaba la temporada y los Wynette Broncos jugaban contra los campeones regionales del año pasado, la muchedumbre era aún más grande de lo normal. Dallie aparcó su El Dorado a varias manzanas de distancia del estadio.
Él no dijo nada cuando caminaron a lo largo de la acera, pero cuando alcanzaron el instituto, él metió la mano en el bolsillo de una cazadora azul que parecía nueva y sacó un paquete de Marlboro.
– ¿Quieres un cigarrillo?
– No fumo.
Su voz salió llena de desaprobación, como la señorita Chandler cuando hablaba de suspensos. Ella sentía que no pudiera decir algo ingenioso, decir algo como, "claro, Dallie, me apetece un cigarrillo. ¿Por qué no enciendes uno para mí?
Holly Grace descubrió a algunos de sus amigos cuando caminaban por el aparcamiento y saludó con la cabeza a uno de los muchachos que ella había rechazado para una cita aquella tarde. Notaba que otras muchachas llevaban faldas de lana nuevas o Aline, que se había comprado un vestido sólo para la ocasión, con sus zapatos bajos de punta cuadrada que tenían amplios arcos de grosgrain estirados a través de los dedos del pie.
Holly Grace llevaba la falda negra de corduroy que había llevado a la escuela una vez a la semana desde su año menor y una blusa de algodón de manta de viaje. Ella también notó que todos los otros muchachos se cogían de la mano con sus citas, pero Dallie habían metido sus manos en los bolsillos de sus pantalones.
No por mucho tiempo, pensó amargamente. Antes de que la tarde llegara a su fin, aquellas manos estarían por todas partes de su cuerpo.
Se unieron al gentío que se movía a través del aparcamiento hacia el estadio. ¿Por qué le tuvo que decir que sí a salir con el? ¿Porqué accedió cuando ella conocía la reputación de Dallie Beaudine, que además había visto lo que había visto?.
Se pararon al lado de una mesa dónde el Club de Ánimo vendía unas escarapelas grandes amarillas con un balón de futbol pintado en color oro con unas cintas marrones y blancas. ¿Dallie se volvió hacia ella y preguntó de mala gana:
– Quieres una flor?
– No, gracias -dijo con voz, distante y arrogante.
Él dejó de andar de pronto y el muchacho detrás de él se chocó con su espalda.
– ¿No crees que puedo permitírmelo? -se mofó de ella -. ¿No crees que tengo suficiente dinero para comprarte una maldita flor de tres dólares?
Él sacó una cartera vieja marrón con la forma de su cadera y puso con la mano cinco billetes de un dólar sobre la mesa.
– Quiero una de aquellas -dijo a la Sra. Good, la consejera del Club de Ánimo-. Quédese con el cambio.
Le dió la escarapela a Holly Grace. Dos pétalos amarillos se doblaron bajo el puño de su blusa.
Algo se rompió dentro de ella. Ella le devolvió la flor y devolvió su ataque en un susurro enfadado.
– ¿Por qué no haces de una vez lo que te apetece? ¿Es por eso que me la has comprado, verdad? ¡Entonces ahora puedes aprovechar para tocarme sin necesidad de esperar hasta el baile!
Ella se detuvo, horrorizada por su arrebato, y se clavó las uñas en la palma de su mano. Se encontró silenciosamente rezando para que él la entendiera y que la mirara de la misma manera que lo había visto mirar a otras chicas, que le dijera que se arrepentía y que no era sexo lo que buscaba con ella.
Que le dijera que le gustaba ella tanto como a ella le gustaba él y que no la culpaba por lo que había visto a BillyT haciéndole.
– ¡No necesito para nada esta mierda! -él tiró la flor con rabia, se dió la vuelta, y se alejó de ella dando grandes zancadas.
Ella miró hacia abajo a la flor tirada en la grava, las cintas llenas de polvo. Cuando se arrodilló para recogerla, pudo ver los zapatos marrones Capezio de Joanie Bradlow pasar rápidamente.
Joanie prácticamente se había lanzado a por Dallie desde el primer mes de escuela. Holly Grace la había oído reírse y hablar tontamente sobre él en el lavabo: "Sé que él está rodeado de gente incorrecta, pero, oh Dios, es tan magnífico. ¡Dejé caer mi lápiz en clase de español y él lo recogió y pensé, oh Dios, voy a morir!"
La tristeza la envolvió, enroscándose dentro de ella mientras estaba de pie sola, con la escarapela sucia apretada en su mano, mientras la gente la empujaba en su camino hacía el estadio.
Algunos de sus compañeros de clase la saludaban y ella les mandaba una sonrisa brillante y un movimiento alegre de su mano, como si su cita acababa de dejarla un momento para ir al baño y ella lo esperara para volver en cualquier momento. Su vieja falda de corduroy colgaba como una cortina de plomo de sus caderas, e incluso saber que ella era la muchacha más bonita en la clase mayor no hizo que se sintiera algo mejor.
¿Qué de bueno era ser preciosa cuando no tenías ropa agradable y cada uno en la ciudad sabía que tu madre estaba sentada sobre un banco de madera la mayor parte de la tarde en la oficina de bienestar social?
Ella sabía que no podía seguir estando de pie allí con aquella sonrisa estúpida en su cara, pero no podía entrar en la grada, tampoco, sóla al inicio del partido. Y no podía comenzar a andar hacía atrás a la pensión de Agnes Clayton hasta que todos estuvieran ya sentados.
Mientras nadie miraba, caminó alrededor del lado del edificio y luego se lanzó dentro por la puerta de la tienda metálica.
El gimnasio estaba vacio. Una luz de techo giratoría echaba sombras rayadas por el pabellón de las flámulas de crepé marrones y blancas que colgaban lánguidamente de las vigas, esperando que comenzara el baile.
Holly Grace dio un paso dentro. A pesar de la decoración, el olor era el mismo de siempre en las clases de gimnasia y los partidos de baloncesto, el montón de excusas de ausencias y tardes pasadas, el polvo, el olor a zapatillas de lona viejas. Le gustaba la clase de gimnasia. Era una de las mejores atletas femeninas de la escuela, la primera en ser escogida para un equipo. Le gustaba la gimnasia. Todas vestían igual.
Una voz beligerante la asustó.
– ¿Quieres que te lleve a casa, es lo que quieres?
Se dió la vuelta para mirar a Dallie de pie dentro de las puertas del gimnasio apoyado contra el poste del centro. Sus largos brazos colgaban rígidamente a los lados y tenía un ceño sobre su cara.
Ella notó que sus pantalones eran demasiado cortos y que podía ver unos centímetros de sus calcetines oscuros. Los pantalones viejos y cortos hicieron que se sintiera un poco mejor.
– ¿Quieres? -preguntó ella.
Él cambió su peso al otro pie.
– ¿Quiero, qué?
– No sé. Tal vez. Adivina.
– Si quieres que te lleve a casa, simplemente dílo.
Ella se miró fijamente sus manos mientras toqueteaba la cinta sucia blanca sobre la flor con sus dedos.
– ¿Por qué me pediste que saliera contigo?
Él no dijo nada, entonces ella levantó la cabeza y le miró. Él se encogió de hombros.
– Sí, bien -contestó ella con nuevos bríos-. Puedes llevarme a casa.
– ¿Por qué me dijiste que saldrías conmigo?
Ella se encogió de hombros.