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– Soy Katie Cathcart, la administradora de la oficina. ¿Podrías decirme sobre qué es?

¿Una administradora de oficina podría ayudarla? Francesca no tenía ni idea, pero decidió que hablaría mejor con un cargo más alto. Mantuvo su tono amistoso, pero firme.

– Esto es más bien personal.

La mujer vaciló, y levantándose entró en la oficina detrás de ella. Reapareció poco después.

– Mientras que no lleve demasiado tiempo, la señorita Padgett la verá. Ella es nuestra gerente de emisora.

El nerviosismo de Francesca dio un salto cuántico. ¿Por qué el gerente de emisora tenía que ser una mujer? Si hubiese sido un hombre, tendría alguna posibilidad. Y luego se recordó que esto era una oportunidad de comenzar para la nueva Francesca, que no iba a intentar deslizarse por la vida usando los viejos trucos que utilizaba.

Enderezando sus hombros, entró a la oficina de la gerente de emisora.

Un letrero con nombre metálico dorado sobre el escritorio anunciaba la presencia de Clara Padgett, un nombre elegante para una mujer poco elegante. Alrededor de los cuarenta, tenía una cara masculina, con la mandíbula cuadrada, ablandada sólo por los restos de un lápiz de labios rojo.

Su pelo castaño era de longitud media y el corte embotado. Parecía como si sólo se preocupara por lavarlo y nada más. Sujetaba un cigarrillo como un hombre, sujetándolo entre el índice y el dedo medio de su mano derecha, y cuando levantó el cigarrillo a su boca dió una calada larga soltando lentamente el humo.

– ¿Qué quieres? -le preguntó bruscamente. Tenía la voz de una locutora profesional, rica y resonante, pero sin rastro de amabilidad. Del altavoz de la pared detrás del escritorio llegaba el sonido débil del locutor leyendo un noticiero local.

A pesar que no la había invitado a sentarse, Francesca tomó una silla, decidiendo en un instante que Clara Padgett no se parecía al tipo de persona que respetaría a alguien sólo por el físico. Le dió su nombre, y se sentó en el borde de la silla.

– Siento aparecer sin una cita, pero quería informarme sobre algún trabajo posible.

Su voz parecía provisional en vez de segura. ¿Qué había pasado a toda la arrogancia que solía llevar alrededor de ella como una nube de perfume?

Después de una inspección breve del aspecto de Francesca, Clara Padgett volvió su atención a su trabajo administrativo.

– No tengo ningún empleo.

No era más que lo que Francesca había esperado, pero todavía sentía que tenía que jugarselo todo. Por ella. Pensó en aquella raya polvorienta de carretera que se perdía en el horizonte de Texas. Sentía la lengua seca y del doble de su tamaño.

– ¿Está absolutamente segura que no tiene algo? Estoy dispuesta a hacer lo que sea.

Padgett aspiró más humo y dió un golpe en la hoja superior de papel con su lápiz.

– ¿Qué tipo de experiencía tienes?

Francesca pensó rápidamente.

– He hecho algo de interpretación. Y tengo mucha experiencia en moda fashion.

Cruzó sus tobillos e intentó hacer tictac con los dedos del pie de sus arrastradas sandalias Bottega Veneta detrás de la pata de la silla.

– Eso exactamente no te califica para trabajar en una emisora de radio, verdad? No en una mierda de emisora como ésta -dio un toque con el lápiz un poco más fuerte.

Francesca suspiró y se dispuso a saltar en aguas profundas sin saber nadar.

– En realidad, señorita Padgett, no tengo ninguna experiencia en radio. Pero se trabajar duro, y estoy dispuesta a aprender.

¿Trabajar duro? Ella no había trabajado en su vida.

En cualquier caso, Clara no quedó impresionada. Levantó sus ojos y miró a Francesca con abierta hostilidad.

– Empecé en una cadena de televisión de Chicago dónde había alguien como tú, una pequeña y linda animadora que no conocía la diferencia entre las noticias y su talla de bragas -se inclinó atrás en su silla, estrechando sus ojos desencantados-. Llamámos a las mujeres como tú Twinkies…muñecas de goma que no saben nada sobre difusión, pero piensan que es excitante hacer una carrera en la radio.

Seis meses antes, Francesca habría destrozado el cuarto barriéndolo en una rabieta, pero ahora colocó las manos juntas en su regazo y levantó su barbilla más alto.

– Estoy dispuesta a hacer algo, señorita Padgett…contestar los teléfonos, hacer recados.

No podía explicarle a esta mujer que no era una carrera en la difusión lo que buscaba. Si este edificio cobijara una fábrica de fertilizantes, también pediría trabajo.

– El único trabajo que tengo es para hacer la limpieza y trabajos sueltos.

– ¡Lo cojeré!

Dios querido, ¡limpieza!

– No creo que estés preparada para ello.

Francesca no hizo caso al sarcasmo de su voz.

– Ah, pero lo estoy. Soy una maravillosa limpiadora.

Ella tenía la atención de Clara Padgett otra vez, y la mujer parecida divertida.

– En realidad, estaba pensando en contratar a un mexicano. ¿Tienes la ciudadanía?

Francesca negó con la cabeza.

– ¿Tienes la tarjeta verde?

De nuevo negó con la cabeza. Tenía sólo una vaga idea de lo que era la tarjeta verde, pero estaba absolutamente segura que no tenía una y rechazaba comenzar su nueva vida con una mentira. Tal vez la franqueza impresionaría a esta mujer.

– Ni siquiera tengo pasaporte. Me lo robaron hace unas horas en la carretera.

– Que desafortunado -Clara Padgett hacía esfuerzos para que no se notara cuanto disfrutaba de la situación.

Francesca le recordaba a un gato con un pájaro desvalido en su boca. Obviamente Francesca, a pesar de su estado sudado, iba a tener que pagar por todo el desprecio que la gerente de estación había sufrido durante años en manos de mujeres hermosas.

– En ese caso, te pondré en nómina con sesenta y cinco dólares semanales. Tendrás libre dos sábados al mes. Tu horarío será desde el amanecer hasta el ocaso, las mismas horas que estemos en el aire. Y te pagaremos en efectivo. Tenemos camiones mexicanos que entran cada día, la primera vez que te vea conversar con alguno de ellos, te vas.

La mujer pagaba salarios de esclavo. Este era el tipo de trabajos que tomaban los emigrante porque no tenían otra opción.

– Bien -dijo Francesca, porque tampoco tenía otra opción.

Clara Padgett rió con gravedad y condujo a Francesca hasta la administradora de oficina.

– Carne fresca, Katie. Dále una fregona y muéstrale el cuarto de baño.

Clara desapareció, y Katie miró a Francesca con compasión.

– No hemos tenido a nadie que limpie desde hace unas semanas. Estará bastante sucio.

Francesca tragó con fuerza.

– Está bien.

Pero no estaba bien, desde luego. Estaba de pie delante de una despensa en la diminuta cocina de la estación, revisando un anaquel lleno de productos de limpieza, productos que no tenía la menor idea como usar. Ella sabía como jugar al baccarat, y podría llamar a los chefs de los restaurantes más famosos del mundo, pero no tenía la más mínima idea de como limpiar un cuarto de baño.

Leyó las etiquetas tan rápidamente como pudo, y media hora más tarde Clara Padgett la encontró de rodillas delante del inodoro espantosamente sucio, pulverizando un producto de limpieza azul sobre el asiento.

– Cuando friegues el suelo, pon especial atención a las esquinas, Francesca. Odio el trabajo descuidado.

Francesca apretó los dientes y asintió. Su estómago hizo un pequeño flip-flop cuando se dispuso a meter la mano sobre el lado de abajo del asiento. Espontáneamente, pensó en Hedda, su vieja ama de llaves.

Hedda, con sus medias enrrolladas, quien había pasado su vida arrodillada limpiando detrás de Chloe y Francesca.

Clara dió una chupada a su cigarrillo y luego deliberadamente lo sacudió abajo al lado del pie de Francesca.

– Más vale que te apresures, chicky. Estamos a punto de cerrar.

Francesca oyó una risilla malévola cuando la mujer se alejaba.