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– ¿Tienes un minuto, Clara? -preguntó, asomando su cabeza en la discoteca, una pequeña cinta de cassette presionado en la húmeda palma de su mano. Clara hojeaba uno de los libros de consulta de Cartelera y no se molestó en alzar la vista.

La discoteca era en realidad nada más que un armario grande con álbumes apilados, diferenciados por cintas de colores colocadas en los bordes para indicar si pertenecían a la categoría de cantantes masculinos, cantantes femeninos, o grupos.

Francesca intencionadamente lo había escogido porque este era territorio neutral, y no quería dar a Clara la ventaja adicional de la capacidad de sentarse como Dios detrás de su escritorio mientras decidía el destino del suplicante en el asiento de presupuesto frente a ella.

– Tengo todo el día -contestó Clara sarcásticamente, mientras seguía hojeando el libro-. En realidad, he estado sentándome aquí durante horas solamente para mover mis pulgares y esperar que alguien me interrumpiera.

Este no era el principio más propicio, pero Francesca no hizo caso al sarcasmo de Clara y se colocó en el centro de la entrada.

Llevaba la prenda más nueva de su guardarropa: una sudadera gris de hombre que colgaba en pliegues holgados por delante de sus caderas. Debajo y fuera de la vista, sus vaqueros estaban desabrochados, mantenidos unidos con un pedazo de cuerda vasta colocada a través de las presillas. Francesca miró a Clara directamente a los ojos.

– Me gustaría que me dieras el trabajo de Tony cuando él se marche.

Las cejas de Clara se elevaron a mitad de camino encima de su frente.

– Estás de broma.

– En realidad, no -Francesca levantó su barbilla y continuó como si tuviera toda la confianza del mundo-. He pasado mucho tiempo aprendiendo, y Jerry me ayudó a hacer una cinta de audición.

Le ofreció la cinta.

– Creo que puedo hacer el trabajo.

Una sonrisa cruel, divertida apareció en las esquinas de la boca de Clara.

– Una ambición interesante, considerando el hecho que tienes un sensible acento británico y no has estado delante de un micrófono en tu vida. Desde luego, la pequeña animadora que me sustituyó en Chicago no había estado en el aire tampoco, y sonaba como Betty Boop, así que quizá debo tener cuidado.

Francesca intentó controlar su genio.

– Me gustaría una posibilidad de todos modos. Mi acento británico me dará un sonido diferente de todos los demás.

– Tú limpias retretes -se mofó Clara, encendiendo un cigarrillo-. Ese es el trabajo para el que fuiste contratada.

Francesca rechazó estremecerse.

– ¿Y lo hago bien, verdad? Limpiando retretes y haciendo otros trabajos sangrientos que me ordenas. Ahora dáme una oportunidad con éste.

– Olvídalo.

Francesca no podía ya echarse atrás. Tenía su bebé en quien pensar, su futuro.

– Sabes, en realidad empiezo a compadecerme de tí, Clara.

– ¿Qué quieres decir con eso?

– ¿Alguna vez has oído ese viejo proverbio que dice que no entenderás a otra persona si no andas una milla con sus zapatos? Te entiendo, Clara. Sé exactamente lo que es que te rechacen por ser quien eres, sin importar con la fuerza que trabajes. Conozco lo que es trabajar para un tirano… que tengas capacidad, pero no te dejen exponerla, por prejuicios del jefe.

– ¡Prejuicios! -una nube del humo surgió como el fuego de un dragón de la boca de Clare-. Nunca he perjudicado a nadie en mi vida. He sido una víctima de esos prejuicios.

No era momento de dar marcha atrás, y Francesca insistió un poco más.

– No te llevaría más de quince minutos escuchar una cinta de audición. Yo llamaría a eso prejuicios, ¿verdad?

La mandíbula de Clara se convirtió en una línea rígida.

– Bien, Francesca, te daré tus quince minutos -le arrebató el cassette de la mano-. Pero no contengas la respiración.

Durante el resto del dia, el interior de Francesca parecía un tembloroso flan.Tenía que conseguir ese trabajo. No sólo porque necesitaba desesperadamente el dinero sino porque necesitaba tener éxito en algo.

La radio era un medio que funcionaba sin imagenes, un medio en el cual sus bonitos ojos verdes y su perfil perfecto no tenían ninguna importancia. La radio era su campo de pruebas, su posibilidad para demostrarse a si misma que nunca tendría que depender de su belleza para vivir.

A la una y media, Clara asomó la cabeza por la puerta de su oficina y llamó a Francesca, que estaba ordenando un poco la oficina apilando cajas contra la pared para poder andar con seguridad. Aunque no podía andar mucho.

– La cinta no es mala -dijo Clara, sentándose-. Pero tampoco es demasiado buena.

Empujó la cinta sobre el escritorio.

Francesca apartó la vista, intentando ocultar la aplastante decepción que sentía.

– Tu voz es demasiado entrecortada también -continuó Clara, con tono enérgico e impersonal-. Hablas demasiado rápido y acentúas las palabras de forma muy extraña. Tu acento británico es lo único que tienes. Si no, sonarías como una mala imitación de cualquier pinchadiscos mediocre que hemos tenido en esta emisora.

Francesca se esforzó por oír algún rastro de animosidad personal en su voz, algún indicio que Clara era vengativa. Pero todo el que oía era la evaluación desapasionada de una experta profesional.

– Déjame grabar otra cinta -suplicó-. Déjame intentarlo otra vez.

La silla chirrió cuando Clara se recostó.

– No quiero escuchar otra cinta; no habrá diferencia. La radio AM está cerca de las personas. Si los oyentes quieren escuchar sólo música, buscan una emisora de FM. La AM tiene que ser la radio de la personalidad, aún en una emisora rata de mierda como esta. Si trabajas en AM, tienes que recordar que le hablas a personas, no a un micrófono. De otra manera serás otra vulgar Twinkie.

Francesca cogió rápidamente la cinta y se volvió hacia la puerta, con su autocontrol a punto de desbordarse. ¿Cómo se pudo imaginar alguna vez que podría empezar en la radio sin alguna instrucción?

Otra ilusión más.

Otro castillo de arena que había construido demasiado cerca del agua.

– Lo mejor que puedo darte es el puesto de locutora suplente los fines de semana si alguien no puede hacerlo.

Francesca se dió la vuelta.

– ¡Locutora suplente! ¿Me utilizarás como una locutora suplente?

– Cristo, Francesca. No actúes como si te hiciera un gran favor. Todo lo que significa es que terminarás trabajando la tarde del domingo de resurección para una audiencía nula.

Pero Francesca rechazó que la irritable Clara desinflara su alegría, y soltó un grito de felicidad.

Esa noche sacó un bote de alimento para gatos de la única alacena de la cocina y empezo a conversar con Bestia.

– Voy a hacer algo por mí misma -le dijo-. No me importa trabajar duro o lo que tenga que hacer. Voy a ser la mejor locutora que la KDSC haya tenido jamás.

Bestia levantó su pierna trasera y comenzó a rascarse. Francesca le frunció el ceño.

– Ese es el hábito más absolutamente asqueroso que tienes, y si crees que lo vas a hacer alrededor de mi hija, puedes ir pensando en buscarte otra cosa.

Bestia no le hizo caso. Cogió un abrelatas oxidado y lo colocó sobre la tapa del bote, pero no comenzó a girarlo inmediatamente. En cambio, miró distraídamente hacía delante. Sabía por intuición que iba a tener una hija… una pequeña nenita adornada con lentejuelas de estrella americana a la que enseñaría desde el principio a confiar en algo más que en la belleza física que ella estaba predestinada a heredar de sus padres.

Su hija sería la cuarta generación de mujeres Serritella… y la mejor.

Francesca juró que enseñaría a su niña todas las cosas que se había visto obligada a aprender sola, todas las cosas que una pequeña tenía que conocer para que nunca terminara en medio de una sucia carretera preguntándose que demonios hacía allí.