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Katie asomó la cabeza por la puerta.

– Las líneas telefónicas comienzan a encenderse, Clara. ¿Que quieres que haga?

Clara pensó por un momento y luego miró Francesca.

– Bien, Señorita Personalidad. Coje las llamadas en el aire. Y manten el dedo al lado del botón de pausa, porque los oyentes no siempre se muerden la lengua.

– ¿En el aire? ¡No puedes hablar en serio!

– Has sido tú quién ha decidido hacerse la graciosa. No te acuestes con marineros si no quieres tener enfermedades venéreas -Clara salió del estudio y se quedó mirando por la ventana fumando y escuchando.

Debby Boone cantó los acordes finales "You Light Up My Life," y Francesca puso una cuña publicitaria de treinta segundos de un almacén de madera local. Después, abrió su micrófono. Personas, se dijo. Sólo vas a hablar con personas.

– Las líneas telefónicas están abiertas. Francesca al habla. ¿Qué tienes en mente?

– Pienso que eres una adoradora del diablo -dijo la voz de una mujer malhumorada al otro lado de la línea-. ¿No sabes que Debby Boone escribió esa canción dedicada al Señor?

Francesca miró fijamente a la imagen de la señora de pelo blanco cogiéndola de la mesa de control. ¿Cómo aquella vieja y dulce señora podía haberle dicho algo como eso? Se encrespó.

– ¿Debby le dijo eso personalmente?

– No seas impertinente -replicó la voz-. Tenemos que escuchar a todas horas esas canciones sobre sexo, sexo, y sexo. Entonces oímos algo agradable y tú te ríes de ello. Alguien a quien no le gusta esa canción no ama al Señor.

Francesca miró airadamente a su señora vieja.

– ¿Esta es una actitud terriblemente intolerante, no lo cree así?

La mujer colgó sin más, el golpe del receptor pareció como una bala pasando por sus auriculares. Con retraso, Francesca recordó que estos eran sus oyentes y ella, como se suponía, tendría que ser agradable con ellos. Hizo una mueca a la fotografía de la madre jóven.

– Lo siento. Quizá no debería haber dicho eso, pero ella sonaba como una persona perfectamente espantosa, ¿verdad?

Con el rabillo del ojo, pudo ver a Clara bajar la cabeza y poner la mano en su frente. Hizo una enmienda precipitada.

– Desde luego, he sido terriblemente intolerante, yo misma en el pasado. Por ello, no debería lanzar piedras -golpeó el interruptor telefónico-. Francesca, al habla. ¿Qué tienes en mente?

– Sí… uh. Soy Sam. Te llamo desde la parada para camioneros Diamond en la noventa de E.E.U.U. Escucha… uh… Me ha encantado lo que has dicho sobre esa canción.

– ¿No te gusta a tí tampoco, Sam?

– Nada. Para mí, es una canción para que la escuchen los caballos…Por lo que a mí respecta, es el pedazo más grande de mierda en la historia de la m…

Francesca golpeó el interruptor de pausa justo a tiempo. Habló jadeando.

– Tienes una boca grosera, Sam, y te corto.

El incidente la desconcertó, y golpeó el montón de anuncios de servicio público cuidadosamente ordenados al suelo en el momento que se identificaba su siguiente oyente como Sylvia.

– ¿Si piensas que 'Light Up My Life' es tan mala, por qué la has puesto? -preguntó Sylvia.

Francesca decidió que el único modo en el que ella podría tener éxito en esto era ser ella misma… para mejor o para peor. Ella miró a su esteticista.

– En realidad, Sylvia, me gustó la canción al principio, pero estoy algo cansada de ella de escucharla todos los dias. Esto es parte de nuestra política de programas. Si no la pongo una vez durante mi espectáculo, podría perder mi trabajo, y para ser perfectamente honesta, a mi jefa tampoco le gusta mucho que digamos…

La boca de Clara se abrió en un grito silencioso al otro lado de la ventana.

– Sé exactamente lo que piensas -contestó la oyente. Y luego para sorpresa de Francesca, Sylvia le confesó que su jefe último le había hecho la vida miserable, también. Francesca hizo unas preguntas comprensivas, y Sylvia, quien era obviamente de la clase habladora, contestaba sinceramente.

Una idea comenzó a formarse en su cabeza. Francesca comprendió que sin ser consciente había golpeado un nervio común, y rápidamente pidió a otros oyentes telefonear para hablar sobre sus experiencias con sus jefes.

Las líneas permanecieron encendidas en buena parte de las siguientes dos horas.

Cuando el programa terminó, Francesca salió del estudio con la camisa pegada al cuerpo por el sudor y la adrenalina todavía bombeándo por sus venas. Katie, con una expresión ligeramente perpleja, inclinó la cabeza hacia la oficina del gerente de emisora.

Francesca con resolución cuadró sus hombros y se dirigió al encuentro de Clara que hablaba por teléfono.

– Desde luego, entiendo su posición. Absolutamente. Y gracias por llamar… Ah, sí, seguramente voy a decírselo.

Colocó el aparato en su sitio y miró airadamente a Francesca, cuyo sentimiento de alegría había comenzado a disolverse.

– Este era el último caballero con el que hablaste en antena -dijo Clara-. Del que dijiste a los oyentes que era del tipo despreciable que grita y golpea a su esposa y luego la envía a comprar cerveza.

Clara se inclinó atrás en su silla, cruzando sus brazos sobre su pecho plano.

– Este "tipo despreciable" es uno de nuestros más importantes patrocinadores. Al menos solía ser uno de nuestros patrocinadores más importantes.

Francesca se sintió enferma. Había ido demasiado lejos. Estaba tan estusiasmada con ser ella misma y de hablarles a sus fotografias que se había olvidado de controlar su lengua.

¿No había aprendido nada estos últimos meses? ¿ Estaba predestinada a continuar igual que siempre, imprudente e irresponsablemente, yendo hacía adelante sin considerar las consecuencias? Ella pensó en el pequeño pedazo de vida que anidaba dentro de ella. Posó una de sus manos instintivamente sobre su cintura.

– Lo siento, Clara. No quería llegar tan lejos. Lamento mucho todo lo que he provocado.

Giró hacía la puerta, intentando salir de allí y buscar un sitio dónde lamer sus heridas, pero no se movió bastante rápido.

– ¿Dónde crees que vas?

– Al… al cuarto de baño.

– ¡Mírala!. La Twinkie se desinfla ante el primer signo de problemas.

Francesca giró alrededor.

– ¡Joder!, Clara!

– ¡Jódete!, tú misma! Te dije tras escuchar tu cinta que hablabas demasiado rápido. Ahora, maldita sea quiero que reduzcas la velocidad para mañana.

– ¿Hablo demasiado rápido? -Francesca no podía creerlo. ¿Ella acababa de perder para la KDSC un patrocinador y Clara la gritaba que hablaba ante el micrófono demasiado rápido? Y luego el resto de lo que Clara había dicho-. ¿Mañana?

– Apuesta tu dulce culo.

Francesca la miró fijamente.

– ¿Pero y en cuanto al patrocinador, al hombre con el que hablé?

– Olvídalo. Siéntate, chicky. Vamos a hablar de shows en la radio.

* * *

Después de dos meses, las charlas de noventa minutos de Francesca y su programa de entrevistas se había establecido firmemente como lo más cercano que la KDSC alguna vez había tenido de un éxito, y la hostilidad de Clara hacia Francesca gradualmente se había adaptado al cinismo ocasional que ella adoptaba con el resto de los locutores. Siguió reprendiendo a Francesca por prácticamente todo… hablar demasiado rápido, la mala pronunciación de las palabras, olvidar los anuncios de servicio público hasta el final… pero por terribles que fueran los comentarios de Francesca en el aire, Clara nunca la censuraba.

Incluso aunque la espontaneidad de Francesca a veces los metiera en problemas, Clara conocía la radio de calidad cuando la oía, y no tenía ninguna intención de matar la gallina que de improviso ponía un pequeño huevo de oro para su emisora de radio de remanso. Los patrocinadores comenzaron a exigir mayor tiempo en antena en su programa, y el sueldo de Francesca subió rápidamente a ciento treinta y cinco dólares semanales.