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Holly Grace puso los ojos en blanco ante la idea de que Francesca matara algo. Si alguien tenía que matar a los bichos, tenía una noción bastante clara de quien terminaría haciendo el trabajo.

– ¿Eso parece solucionar tu problema, entonces, verdad?

Teddy la miró, una imagen de dignidad ofendida.

– ¿Qué tipo de idiota crees que soy? ¿Qué diferencia habrá si los bichos los mato yo o lo hace ella? Habrían muerto por mi culpa de todas formas.

Holly Grace le miró y rió. Amaba a este niño… realmente lo amaba.

* * *

Naomi Jaffe Tanaka Perlman tenía una casa pequeña y antigua en una pintoresca zona de Greenwich Village que conservaba uno de pocos faroles bishop's que había en Nueva York.

Unas vides de wisterias de invierno desnudas se adherían a los postigos verdes y al ladrillo blanco pintado de la casa, la que Naomi había comprado con algunas ganancias de la agencia de publicidad que había abierto hacía cuatro años. Vivía allí con su segundo marido, Benjamín R. Perlman, un profesor de ciencias políticas en la Universidad de Columbia.

Por lo que Holly Grace podía ver, los dos tenían un matrimonio hecho en el cielo izquierdista. Daban dinero para organizaciones humanitarias, daban cokteles con gente contraría a la CIA, y trabajaba en una cocina una vez a la semana para relajarse. De todos modos Holly Grace tenía que admitir que Naomi nunca había parecido más contenta. Naomi le había dicho que, por primera vez en su vida, sentía como si todas las partes de ella encajaran de una vez

Naomi los condujo a su acogedora sala de estar, andando como un pato más de lo que Holly Grace consideró necesario, ya que estaba sólo embarazada de cinco meses. Holly Grace odiaba la constante envidía que crecía en ella siempre que veía a Naomi andar como un pato, pero no podía hacer nada por evitarlo, aun cuando Naomi era una buena amiga desde los lejanos tiempos de la Chica Descarada.

Pero siempre que miraba a Naomi, no podía dejar de pensar que si ella no tenía un bebé pronto, perdería su posibilidad para siempre.

– … entonces ella va a suspenderme en ciencias -decía Teddy en la cocina, donde él y Naomi habían ido por refrescos.

– Pero eso es injusto -contestó Naomi. La licuadora zumbó durante unos momentos y luego se paró-… pienso que deberías protestar. Eso tiene que ser una violación de tus derechos civiles. Voy a preguntarle a Ben.

– Eso sería genial -dijo Teddy-. Creo que mi mamá me metió en más problemas al hablar con la profesora.

Momentos más tarde, salieron de la cocina, Teddy con una botella de soda de fruta natural en su mano y Naomi ofreciéndole un daiquiri de fresa a Holly Grace.

– ¿Te has enterado sobre este extraño proyecto de asesinato de insectos en la escuela de Teddy? -preguntó-. Si yo fuera Francesca, los demandaría. Realmente.

Holly Grace tomó un sorbo de su daiquiri.

– Creo que Francesca tiene cosas más importantes en mente ahora mismo.

Naomi sonrió y echó un vistazo hacia Teddy, que desaparecía en el dormitorio para conseguir el juego de ajedrez de Ben.

– ¿Crees que ella lo hará?

– Es difícil de decir. Cuando ves a Francesca tirada en el suelo con sus vaqueros y reírse tontamente con Teddy como una idiota, parece bastante imposible. Pero cuando alguien la trastorna, y pone esa mirada altanera en su cara, te imaginas que algunos de sus antepasados debieron tener sangre azul, y luego llegas a la conclusión que es una posibilidad verdadera.

Naomi se sentó delante de la mesa de centro, doblando sus piernas pareciendo a Buda embarazado.

– Estoy en contra de las monarquias por principios, pero tengo que admitir que la futura Princesa Francesca Serritella Day Brancuzi tiene un toque fabuloso.

Teddy volvió con el juego de ajedrez y comenzó a prepararlo sobre la mesa de centro.

– Concéntrate esta vez, Naomi. Eres casi tan fácil de ganar como mamá.

De repente todos saltaron cuando tres golpes agudos sonaron en la puerta de la calle.

– Ah, vaya -dijo Naomi, echando un vistazo aprensivamente hacia Holly Grace-. Sólo conozco a una persona que llama así.

– ¡No dejes que entre estando yo aquí! -Holly Grace echó a andar, salpicando de daiquiri de fresa la sudadera de su chándal blanco.

– ¡Gerry! -gritó Teddy, corriendo hacía la puerta.

– No abras -le pidió Holly Grace, yendo hacía él-. ¡No, Teddy!

Pero era demasiado tarde. No había demasiados hombres que hubieran pasado por la vida de Teddy Day para que dejara pasar una posibilidad de estar con uno de ellos. Antes de que Holly Grace pudiera pararlo, él había abierto la puerta.

– ¡Eh!, Teddy! -dijo Gerry Jaffe, ofreciendo las palmas de sus manos-. ¿Cómo está mi hombrecito?

Teddy le pegó con la mano diez.

– ¡Eh!, Gerry! No te he visto en un par de semanas. ¿Dónde has estado?

– En el tribunal, querido, defendiendo a algunas personas que hicieron un pequeño daño a la central nuclear Shoreham.

– ¿Ganaste?

– Se podría decir que lo hice.

Gerry nunca lamentó la decisión que había alcanzado en México diez años atrás de regresar a los Estados Unidos, presentarse a los polis de Nueva York para demostrar que estaba limpio en lo que se le imputaba, y después que su nombre se limpió, pasar a facultad de derecho.

De uno en uno, había mirado a los líderes de la dirección del cambio del Movimiento… Eldridge Cleaver, carnicero y dedicado a Jesús, Jerry Rubin que lamía el culo al capitalismo, Bobby Seale que vendía casa por casa salsa barbacoa. Abbie Hoffman estaba todavía alrededor, pero estaba comprometido con causas ambientales, lo que dejaba a Gerry Jaffe, el último de los radicales de los sesenta, para llamar la atención del mundo lejos de las máquinas de acero inoxidable para hacer pizzas de diseño y apoyar la posibilidad de un invierno nuclear.

Con todo el corazón, Gerry creía que el futuro descansaba en sus hombros, y era la más pesada responsabilidad, pero le llamaban payaso.

Después de dar a Naomi un beso en los labios, se inclinó para hablar hacia abajo directamente al vientre.

– Escucha esto, niño, te habla el Tío Gerry. El mundo es un asco. Permanece ahí dentro todo lo que puedas.

Teddy pensó que esto era histéricamente gracioso y se tiró al suelo, chillando de risa. Esta acción le trajo la atención de todos los adultos, así que se rió más fuerte, hasta que dejó de ser gracioso y pasó a ser meramente molesto.

Naomi quería permitir a los niños que se expresaran por sí mismos, así que no lo reprendió, y Holly Grace, que no creía en cosas semejantes, estaba demasiado distraída por la vista de los impresionantes hombros de Gerry que casi reventaban las costuras de su cazadora de cuero tipo aviador para llamar a Teddy la atención.

En 1980, no mucho después de Gerry había pasado el examen del New York Bar (Asociación de Abogados), había renunciado a su pelo Afro, pero todavía lo llevaba algo largo, con sus rizos oscuros ahora ligeramente matizado con gris, le caía por su cuello. Bajo su cazadora de cuero, llevaba su ropa habitual de trabajo, pantalón holgado caqui y un suéter de algodón.

Ningúna chapa de "¿Nucleares? No, gracias", en el cuello de la chaqueta. Sus labios eran tan llenos y sensuales como nunca, su nariz grande, y los ojos de fanático todavía negros y ardientes.

Aquel par de ojos que se habían posado en Holly Grace Beaudine hacía un año cuando ella y Gerry se habían encontrado sólos en un rincón de una de las fiestas de Naomi.

Holly Grace todavía no se explicaba que había hecho que se enamorara de él. Seguramente no había sido por su política. Ella francamente creía en la importancia de una fuerte defensa militar para los Estados Unidos, una posición que lo ponía salvaje. Discursiones furiosas de política, que generalmente terminaban en las relaciones sexuales más increíbles que había experimentado en años.