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Él estaba acostumbrado a las mujeres maternales, que estaban de acuerdo con sus opiniones, que limpiaban su apartamento. Él no estaba acostumbrado a una belleza espinosa de Texas quien se reiría en su cara si le pedía que le lavara una pequeña cantidad de ropa.

La amaba tanto que sentía como si una parte de él se hubiera marchado de la casa con ella. ¿Que iba a hacer? No podía negar que había aprovechado la publicidad de su relación.

Era instintiva… la manera como hacía las cosas. Durante los pasados años, los medios de comunicación no habían hecho caso a sus mejores esfuerzos para llamar la atención hacia su causa, y no estaba en su naturaleza volver la espalda a la publicidad gratis.

Ella parecía no entender que esto no tenía nada que ver con su amor hacía ella… él solamente agarraba sus ocasiones como siempre hacía.

Su hermana se puso delante de él, y él otra vez se inclinó para dirigirse a su barriga.

– Te habla tu Tío Gerry. Si hay dentro hay un niño, protege tus pelotas porque aquí fuera hay cerca de un millón de mujeres esperando para rompértelas.

– No bromees sobre ello, Gerry -dijo Naomi, sentándose en una de las butacas.

Hizo una mueca.

– ¿Por qué no? Tienes que admitir que lo que me pasa con Holly Grace es malditamente gracioso.

– Siempre estaís discutiendo -dijo ella.

– Es imposible discutir con alguien que no tiene sentido -replicó él beligerantemente-. Ella sabe que la amo, y que no es, maldita sea, porque sea famosa.

– Ella quiere un bebé, Gerry.

Él se puso rígido.

– Ella solamente piensa que quiere un bebé.

– Eres un completo idiota. Siempre que estaís juntos, discutís sin cesar sobre vuestras diferencias politicas y sobre quién utiliza a quién. Solamente una vez, me gustaría oír que uno de los dos admite que el motivo por el que no podeís estar juntos es porque ella desesperadamente quiere tener un bebé y tú todavía no has crecido bastante para ser padre.

Él la fulminó con la mirada.

– Esto no tiene que ver con crecer o no. Rechazo traer un niño a un mundo que tiene una nube en forma de hongo colgando sobre el.

Ella le miró tristemente, una mano descansando sobre su estómago redondeado.

– ¿Estás de broma, Gerry? Tienes miedo de ser padre. Tienes miedo de no entender a tu hijo como papá no te entendía… Dios lo tenga en su gloria.

Gerry no dijo nada, se iría al infierno antes de dejar que Naomi le viera con lágrimas en los ojos, así que le dió la espalda y se marchó directamente a la puerta.

Capítulo 23

Francesca sonrió directamente a la cámara de "Francesca Today" cuando la música fue apagándose y el programa comenzó.

– ¡Hola a todos! Espero que tengan sus televisiones cerca y que hayan terminado sus asuntos urgentes en el cuarto de baño, porque les garantizo que no van a querer moverse de sus asientos una vez que les presente a nuestros cuatro jóvenes invitados de esta tarde.

Inclinó la cabeza hacia la luz roja que venía sobre al lado de la cámara dos.

– Esta noche completamos con el último capitulo la serie dedicada a la nobleza británica. Como todos saben, hemos tenido nuestros puntos altos y nuestros puntos bajos desde que hemos venido a Gran Bretaña, hasta no intentaré fingir que nuestro último programa fue la bomba, pero vamos a compensarlo con creces esta noche.

De reojo, vio que su productor, Nathan Hurd, se ponía las manos en las caderas, un signo seguro que estaba disgustado.

Él odiaba cuando ella reconocía en directo que uno de sus programas no había salido perfecto, pero su famoso invitado real del último programa había sido tan soso que hasta sus preguntas más impertinentes no habían logrado animarlo.

Lamentablemente, el programa a diferencia del que iban a grabar ahora, se había difundido en directo y no habían podido cortar o volver a grabar.

– Conmigo esta tarde hay cuatro atractivos jóvenes, todos ellos hijos de famosos aristócratas del reino británico. ¿Alguna vez se han preguntado qué se sentiría al crecer sabiendo que su vida ya ha sido planeada de antemano? ¿Los jóvenes ingleses de sangre azul tienen deseos de rebelarse alguna vez? Vamos a preguntarles.

Francesca presentó a sus cuatro invitados, que fueron sentándose comodamente en la elegante sala de estar construida a semejanza de la del estudio de Nueva York donde se realizaba "Francesca Today" normalmente.

Entonces centró su atención hacía la única hija de un renombrado Duque de Gran Bretaña.

– ¿Lady Jane, has pensado alguna vez en mandar al diablo la tradicción familiar y fugarte con el chofer?

Lady Jane se rió, ruborizándose, y Francesca supo que iba a ser un programa divertido.

Dos horas más tarde, con la grabación terminada y las respuestas de sus jóvenes invitados frescas en su mente, Francesca salió de un taxi y entró en el Connaught.

La mayor parte de los americanos consideraban al Claridge como el mejor hotel de Londres, pero Francesca prefería el pequeño Connaught, que sólo tenía noventa habitaciones, el mejor servicio del mundo, y una mínima posibilidad de chocar con una estrella de rock en el pasillo.

Su pequeño cuerpo envuelto desde la barbilla a los tobillos en una elegante marta cibelina negra rusa, que estaba hecha para resaltar sus pendientes de diamantes en forma de pera que brillaban entre sus cabellos castaños.

El vestíbulo, con sus alfombras orientales y paredes oscuras artesonadas, estaba caliente y acogedor después de la humedad y el frio de diciembre en las calles de Mayfair. Una magnífica escalera cubierta por una alfombra con bordes de latón subía seis pisos, sus barandillas de brillante caoba pulida. Aunque estaba agotada por una semana agitada, dedicó una sonrisa al portero.

La cabeza de cada hombre en el vestíbulo se giró a mirarla cuando se dirigía al pequeño ascensor cerca de recepción, pero no lo advirtió.

Bajo la elegancia de la cibelina y los caros y deslumbrantes pendientes, la ropa de Francesca era francamente funky. Se había cambiado su ropa más conservadora para trabajar ante la camara por la que había llevado por la mañana, unos pantalones cortos de cuero negro ajustados y un sueter color frambuesa con un osito de peluche gris en el centro.

Calcetines a juego color frambuesa, muy bien doblados por encima de la rodilla, junto con unos zapatos de Susan Bennis planos. Era un atuendo que gustaba a Teddy especialmente, ya que los osos y las pandillas de moteros estaban entre sus cosas favoritas. Con frecuencía lo llevaba a la famosa juguetería F.A.O. Schwarz para comprar juegos de química, a visitar el Templo de Dendur en el Metropolitan, o a comprar un pretzel en un puesto ambulante de Times Square, que Teddy insistía eran los mejores de Manhattan.

A pesar de su agotamiento, pensar en Teddy hizo a Francesca sonreir. Lo hechaba tanto de menos. Era tan horrible estar tanto tiempo separada de su hijo, que estaba pensando seriamente reducir su programa cuando terminara su contrato y tuviera que renovarlo en primavera.

¿Qué había de bueno en tener un hijo si no podías pasar tiempo con él? El velo de la depresión que había estado colgando sobre ella durante meses, bajaba un poco más. Había estado tan irritable ultimamente, señal que trabajaba demasiado. Pero odiaba ir más despacio cuanto todo marchaba tan bien.

Saliendo del ascensor, echó un vistazo rápido al reloj haciendo un cálculo rápido de la hora. Ayer Holly Grace había llevado a Teddy a casa de Naomi, y hoy ellos, como se suponía, iban al Museo del Mar de South Street. Tal vez podía cogerlo antes de que se marcharan.

Frunció el ceño cuando recordó que Holly Grace le había contado que Dallas Beaudine iría a Nueva York. Después de todos estos años, la idea de Teddy y Dallie en la misma ciudad todavía la ponía nerviosa. No era que temiera que le reconociera como su hijo; Dios sabía que no había nada en Teddy que recordara a Dallie. Era simplemente que tenía aversión en pensar que Dallie tuviera algo que ver con su hijo.