El agua de la bañera se estaba enfriando, y comprendió que tenía apenas veinte minutos antes de que el conductor llegara para llevarla al yate de Stefan para la cena. Aunque estaba cansada, tenía ganas de pasar la noche con Stefan. Después de varios meses de llamadas telefónicas de fondo con sólo unos cuantas y precipitadas citas, sentía que el momento definitivo había llegado para profundizar su relación.
Lamentablemente, trabajando días de catorce horas desde que había llegado a Londres no la había dejado ningún rato libre para el retozo sexual. Pero con la serie de programas ya terminados, todos habían decidido hacer el dia siguiente una ruta turística por varios monumentos londinenses.
Ella se había prometido que antes de volar definitivamente a Nueva York, iba a pasar con Stefan al menos dos noches.
A pesar de la premura de tiempo, recogió el jabón y distraídamente lo frotó sobre sus pechos. Zumbaron, recordándola alegres que debería terminar su año de celibato auto-impuesto. No es que ella hubiera planeado ser célibe tanto tiempo, era sólo que parecía psicológicamente incapaz de acostarse con nadie.
Holly Grace podría disfrutar de las citas de una sóla noche, pero independientemente de cuanto lo necesitara el cuerpo sano de Francesca, encontraba el sexo sin el accesorio emocional un negocio árido, torpe.
Hacía dos años, casi se había casado con un joven y carismático diputado de California. Era guapo, exitoso, y maravilloso en la cama. Pero se volvía loco siempre que ella llevaba a una de sus fugitivas y casi nunca se reía de sus bromas, así que finalmente había dejado de verlo.
El Príncipe Stefan Marko Brancuzi era el primer hombre que había encontrado desde entonces con el que se sentía a gusto, como para pensar en acostarse con él.
Se habían conocido hacía varios meses cuando ella lo había entrevistado para su programa. Había encontrado a Stefan tan encantador como inteligente, y pronto le había demostrado que podía ser un buen amigo. Pero realmente sentía por el cariño, se preguntaba, o sólo intentaba encontrar una salida al descontento que había estado sintiendo en su vida?
Sacudiéndose su melancólico humor, se secó con una toalla y se puso la bata. Anudando el cinturon, se movió al espejo, donde se aplicó maquillaje de manera eficiente, no perdiendo tiempo para el escrutinio o la admiración.
Ella se cuidaba, pues su cuerpo era su negocio, pero cuando la gente deliraba sobre sus hermosos ojos verdes, sus pómulos delicados y el brillo de su pelo castaño, Francesca se alejaba de ellos.
La experiencia dolorosa la había enseñado que haber nacido con una cara como la suya era más una maldición que una bendición. La fuerza de carácter venía del trabajo duro, no de la longitud de las pestañas.
La ropa, sin embargo, era otro asunto.
Inspeccionó el guardarropa que había traído con ella, rechazó un Kamali plateado y un Donna Karan delicioso, decidiéndose por un vestido de seda negra sin tirantes diseñado por Gianni Versace. El vestido dejaba al descubierto los hombros, ceñía la cintura, y caía en niveles suaves y desiguales a medio muslo.
Vistiéndose rápidamente, recogió su bolso y alcanzó su marta. Cuando los dedos acariciaron el cuello suave de piel, vaciló, deseando que Stefan no le hubiera regalado el abrigo. Pero él parecía tan trastornado cuando ella trató de negarse que finalmente se rindió. Todavía, tenía aversión a la idea de todo esos pequeños animales peludos que morían para que ella pudiera vestirse a la moda. También, la fastuosidad del obsequio ofendía sutilmente su sentido de la independencia.
Apretando tercamente la mandíbula, pasó por alto la piel y cogió un llameante chal color fucsia. Entonces, por primera vez esa tarde, realmente se miró en el espejo. El vestido de Versace, pendientes periformes de diamante, medias negras rociadas de una niebla de cuentas diminutas doradas, zapatos italianos de tacón de aguja… todos los lujos que se podía permitir. Con una sonrisa se puso el chal sobre los hombros desnudos y comenzó a andar hacía el ascensor.
Dios bendiga a América.
Capitulo 24
– Te estás vendiendo, eso es lo que vas a hacer -dijo Skeet a Dallie, que fruncía el ceño en la parte posterior del taxi que avanzaba lentamente por la Quinta Avenida-. Puedes tratar de pintarlo de otra manera, hablando de grandes oportunidades y nuevos horizontes, pero lo que vas a ser es un vendido.
– Lo que soy es realista -contestó Dallie con irritación-. Si no fueras un maldito ignorante, verías que esto es más o menos la posibilidad de mi vida.
Montarse en un coche con alguien que no fuera él conduciendo siempre había puesto a Dallie de mal humor, pero metido en un monstruoso atasco en Manhattan y con el taxista que sólo hablaba Farsi, Dallie había pasado el punto de ser apto para una conversación humana.
Skeet y él habían pasado las dos últimas horas en la Taberna sobre el Green, siendo agasajados por el representante de Network, que quería que Dallie firmara un contrato exclusivo de cinco años para comentar en directo torneos de golf.
Había hecho algunos comentarios para ellos el año anterior mientras se reponía de una fractura de muñeca, y la respuesta de la audiencia había sido tan favorable que Network había ido inmediatamente tras él. Dallie tenía la misma actitud cómica, irreverente en el aire como Lee Trevino y Dave Marr, actualmente los más divertidos de los jugadores-comentaristas.
Pero como uno de los vicepresidentes de Network había comentado a su tercera esposa, Dallie era mucho más guapo que cualquiera de ellos.
Dallie había hecho una concesión al sastre por la importancia de la ocasión y llevaba un traje azul marino, con una corbata respetable marrón de seda muy bien anudada en el cuello de su camisa de etiqueta azul pálida. Skeet, sin embargo, se había conformado con una chaqueta de pana de J. C. Penney(venta por catálogo) con una corbata de cuerda que había ganado en 1973 en una feria, pescando un pececito rojo por diez centavos.
– Estás vendiendo el talento que Dios te ha dado -insistió Skeet tercamente.
Dallie le miró con el ceño fruncido.
– Y tú eres un máldito hipócrita, eso es lo que eres. Tanto como puedo recordar, has estado empujando agentes de talento de Hollywood bajo mi garganta e intentando convencerme para posar con mujeres ideales, llevando nada más que un taparrabos, pero ahora que tengo una oferta de cierta dignidad, te pones todo indignado.
– Esas otras ofertas no interferían con tu golf. Maldita sea, Dallie, no te habrías perdido un solo torneo si hubieras participado como invitado en 'El Barco del Amor' antes de empezar la temporada, pero hablamos de algo enteramente diferente aquí. Hablamos acerca de sentarte en la cabina de comentaristas para hacer comentarios de borrico sobre las camisas rosadas de Greg Norman mientras Norman está en el campo haciendo historia en el golf. ¡Hablamos acerca del fin de tu carrera profesional! No he oído nada de que subieras a la cabina sólo cuando no pases el corte, como hace Niklaus, y los otros grandes jugadores. Ellos hablan acerca de tenerte la jornada completa. En el puesto de comentaristas, Dallie… no dentro del campo de golf.
Era uno de los discursos más largos que Dallie había oído jamás decir a Skeet, y el volumen completo de palabras lo tuvo momentáneamente groggy. Pero entonces Skeet murmuró algo entre dientes, poniendo a Dallie casi al límite de su resistencia.
Logró sujetar su genio sólo porque sabía que estas últimas temporadas su golf casi había roto el corazón de Skeet Cooper.
Esto había comenzado unos años atrás cuando iba conduciéndo tras salir de un bar en Wichita y casi había matado a un niño adolescente que montaba una bici de diez velocidades. Había dejado de tomar productos farmacéuticos ilegales a finales de los setenta, pero había seguido su amistad con la cerveza hasta aquella noche.