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– ¡Eh! -dijo Dallie, inclinándose para recogerlas.

Teddy se inclinó, también. Sus cabezas se unieron cerca, la pequeña color caoba y la más grande rubia. Dallie cogió las gafas primero y se las entregó a Teddy.

Sus caras estaban separadas por menos de un centímetro. Dallie sintió el aliento de Teddy sobre su mejilla.

Sobre el estéreo en la sala de estar, el Boss cantaba acerca de estar ardiendo y un cuchillo que cortaba un valle de seis pulgadas por su alma. Y en aquel pequeño espacio de tiempo mientras el Boss cantaba sobre cuchillos y valles, todo estaba todavía bien en el mundo de Dallie Beaudine.

Y luego, en el siguiente espacio de tiempo, con el aliento de Teddy como un susurro sobre su mejilla, el fuego extendió la mano y lo agarró.

– Cristo.

Teddy miró a Dallie con ojos perplejos y luego subió sus gafas hacía su cara.

La mano de Dallie agarraba a Teddy por la muñeca, haciendo al niño estremecerse.

Holly Grace comprendió que algo andaba mal y se puso rígida al ver a Dallie mirar tan glacialmente a la cara de Teddy.

– ¿Dallie?

Pero él no la oía.

El tiempo había dejado de avanzar.

Había vuelto atrás en los años hasta que era un niño otra vez, un niño que miraba fijamente a la cara enfadada de Jaycee Beaudine.

Excepto que la cara no era grande y abrumadora, con mejillas sin afeitar y dientes apretados.

La cara era pequeña. Tan pequeña como la de un niño.

* * *

El Príncipe Stefan Marko Brancuzi había comprado su yate, Estrella del Egeo, a un jeque saudita del petroleo. Cuando Francesca dio un paso a bordo y saludó al capitán del Estrella, tenía la dificil sensación que el tiempo no había pasado y tenía nueve años otra vez, y subía a bordo del yate de Onassis, el Christina, preparada para realizar el numerito del caviar a personas vacias que tenian demasiado tiempo libre y nada que valía la pena hacer con el.

Tembló, pero esto muy bien podía haber sido una reacción a la noche húmeda de diciembre. La marta cibelina definitivamente habría sido más apropiada para el tiempo que el chal fucsia.

Un auxiliar la condujo a través del afterdeck hacia las luces acogedoras del salón. Cuando entró en el opulento espacio, Su Alteza Real, el Príncipe Stefan Marko Brancuzi, avanzó y la besó ligeramente sobre la mejilla.

Stefan tenía la mirada de pura sangre compartida por tantos rasgos de la realeza europea, una nariz aguda, una boca cincelada. Su cara habría estado prohibida si no fuera por su bendita sonrisa.

A pesar de su imagen como un príncipe playboy, Stefan tenía una manera de ser pasada de moda que Francesca encontraba atrayente. Era también un trabajador duro que había pasado los últimos veinte años convirtiendo su pequeño y atrasado país en uno moderno que rivalizaba con Mónaco en sus placeres opulentos.

Ahora necesitaba a su propia Grace Kelly para poner la guinda de sus logros, y no hacía ningún secreto del hecho que había seleccionado a Francesca para el papel.

Sus ropas eran elegantes y costosas… una chaqueta de sport sin forma de gris, pantalones de pinzas oscuros, una camisa de seda, abierta en la cuello. El tomó su mano y la condujo hacia la barra de caoba donde dos copas de Baccarat en forma de tulipán los esperaban.

– Discúlpame por no haber ido yo mismo a recogerte. Mi horario ha sido hoy bestial.

– El mío, también -dijo ella, arrebujándose en su chal-. No puedes imaginarte las ganas que tengo de marcharme con Teddy a México. Dos semanas sin hacer nada más que acariciar la arena con los pies.

Tomó la copa de champán y se sentó en uno de los taburetes de la barra. Sin querer, dejó a su mano vagar sobre el cuero suave, y otra vez su mente fue a la deriva atrás en el tiempo al Christina y a otro juego de taburetes de barra.

– ¿Por que no traes a Teddy aquí? ¿No te gustaría hacer un crucero por las islas griegas durante unas semanas?

La oferta la tentaba, pero Stefan la presionaba demasiado rápido. Además, algo dentro de ella rechazaba la idea de ver a Teddy caminar por las cubiertas del Estrella del Egeo.

– Lo siento, pero me temo que ya tengo los planes hechos. Tal vez en otro momento.

Stefan frunció el ceño, pero no la presionó. Él gesticuló hacia unos tazones de cristal tallado con diminutos huevos morenos dorados.

– ¿Caviar? Si no te gusta el osetra, pediré beluga.

– ¡No! -la exclamación fue tan aguda que Stefan le miró fijamente por la sorpresa. Ella le lanzó una sonrisa inestable-. Lo siento. No me gusta el caviar.

– Querida, pareces alterada esta noche. ¿Pasa algo malo?

– Sólo estoy un poco cansada.

Sonrió e hizo una broma. Poco después en medio de una alegre conversación entraron al comedor. Cenaron corazones de alcachofa con salsa picante de aceitunas negras y alcaparras, seguido de pollo marinado con cilantro y enebro.

Cuando la Charlotta de frambuesa llegó regada con crema inglesa de jengibre, estaba demasiado llena para comer más que unos bocados. Cuando estaba sentada a la luz de las velas y el afecto de Stefan, pensó cuanto disfrutaba.

¿Por qué simplemente no se decidía y se casaba con él? ¿Qué mujer en su sano juicio podría resistirse a la idea de ser una princesa? Para conservar su valorada independencia, trabajaba demasiado duro y pasaba mucho tiempo lejos de su hijo.

Le gustaba su carrera, pero comenzaba a comprender que quería más de la vida que liderar el ranking Nielsens. ¿De todos modos este matrimonio era lo que realmente quería?

– ¿Me escuchas, querida? Esta no es la respuesta más alentadora que alguna vez he recibido a una propuesta de matrimonio.

– Ah, querido, lo siento. Me temo que estaba soñando despierta -sonrió excusándose-. Necesito un poco más de tiempo, Stefan. Siendo sincera, no estoy segura que tengamos caracteres compatibles.

Él la miró, perplejo.

– Qué curioso lo que dices. ¿Que significa exactamente?

Ella no podía explicarle cuánto la asustaba que después de unos pocos años en su compañía, volviera a la vida que había seguido antes de ir a Estados Unidos… mirándose sin parar en los espejos y teniendo rabietas si su esmalte de uñas se astillaba. Inclinándose hacía adelante, lo besó, tomando un pellizco en el labio con sus dientes pequeños y agudos, y lo distrajeron de su pregunta.

El vino había calentado su sangre, y su solicitud astilló lejos las barreras que había construido alrededor de si misma. Su cuerpo era joven y sano. ¿Por qué ella permitía que se secara como una hoja vieja? Ella acarició sus labios con los suyos otra vez.

– ¿En vez de una oferta, que tal una proposición?

Una combinación de diversión y deseo apareció en sus ojos.

– Supongo que dependería de la clase de proposición.

Ella le dedicó una sonrisa burlona descarada.

– Llévame a tu dormitorio, y te lo mostraré.

Cogiendo su mano, él besó las puntas de sus dedos, un gesto tan cortés y elegante que bien podía haber estado conduciéndola al salón de baile. Cuando caminaban por el pasillo, se encontró envuelta en una neblina de vino y risas tan agradable que, cuando entraron en su opulento camarote, ella podría haber creído que estaba realmente enamorada si no se conociera mejor.

De todos modos esto había sido así desde hacía mucho, mucho desde que no fingía en brazos de un hombre.

Él la besó, con cuidado al principio y luego más apasionadamente, murmurando palabras extranjeras en su oído que la excitó. Sus manos se movieron para desabrocharle la ropa.

– Si sólo supieras cuanto tiempo he deseado verte desnuda -murmuró él. Bajando el corpiño de su vestido, acarició con la nariz el inicio de sus senos que se asomaban por el encaje de su sostén-. Como melocotones calientes -murmuró-. Llenos, ricos y perfumados. Voy a chupar cada gota de su dulce jugo.

Francesca encontró su discurso un poco cursi, pero su cuerpo no discriminaba como su mente y podía sentir su piel calentarse exquisitamente. Ella ahuecó la mano alrededor de su nuca y arqueó el cuello. Los húmedos labios de él bajaron, buscando el pezón por encima del encaje del sujetador.