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– Aquí -dijo él, cogiéndolo con los dientes… -Ah, sí..

Sí, verdaderamente. Francesca jadeó cuando sentió la succión de la boca y la raspadura deliciosa de sus dientes.

– Mi querida, Francesca… -él chupó con más entusiasmo, y comenzó a sentir como se doblaban sus rodillas.

Y luego el teléfono sonó.

– ¡Esos imbéciles! -él maldijo en una lengua que ella no entendió-. Saben que no debo ser molestado aquí.

Pero el encanto se había roto, y se puso rígida. De repente se sintió avergonzada de estar a punto de tener sexo con un hombre que sólo le gustaba un poquito.

¿Que estaba equivocado en ella que no podía enamorarse de él? ¿Por qué todavía tenía que hacer una cosa tan grande del sexo?

El teléfono siguió sonando. Él lo cogió y ladró al receptor, escuchando un momento, luego se lo entregó, obviamente irritado.

– Es para tí. Una emergencia.

Ella soltó un juramento puramente anglosajón, determinada a tener la cabellera de Nathan Hurd por esto. Por ningún asunto del programa, su productor tenía derecho a interrumpirla esta noche.

– Nathan, voy a… -Stefan golpeó con una pesada licorera de brandy de cristal sobre una bandeja, y se tuvo que tapar el otro oido-. ¿Qué? No puedo enterarme.

– Soy Holly Grace, Francie.

Francesca inmediatamente se sintió alarmada.

– ¿Holly Grace, estás bien?

– Realmente no. Si no estás sentada, más vale que lo hagas.

Francesca se sentó en el borde de la cama, la aprehensión creciendo dentro de ella ante el sonido extraña de la voz de Holly Grace.

– ¿Qué pasa? -exigió-. ¿Estás enferma? ¿Algo pasó con Gerry?

El enfado de Stefan se calmó cuando oyó el tono preocupado de su voz, y fue a su lado.

– No, Francie, nada de eso -Holly Grace hizo una pausa-. Es Teddy.

– ¿Teddy? -un escalofrío de miedo subió por su cuerpo, y su corazón comenzó a correr.

Las palabras de Holly Grace salieron con prisa.

– Él desapareció. Esta noche, no mucho después de llevarlo a tu casa.

Un terror crudo se extendió por el cuerpo de Francesca con tal intensidad que todos sus sentidos parecieron sufrir un cortocircuito. Una serie inmediata de feas imágenes pasaron por su mente de los programas que había hecho, y se sintió rozando sobre el borde de la consciencia.

– Francie -continuó Holly Grace-. Creo que Dallie se lo ha llevado.

Su primer sentimiento fue una oleada entumecida de alivio. Las visiones oscuras de una oscura tumba y un cuerpo pequeño mutilado retrocedieron; pero entonces otras visiones comenzaron a aparecer y apenas pudo respirar.

– Ah, Dios, Francie, lo siento -las palabras de Holly Grace cayeron una sobre otra-. No sé exactamente que pasó. Ellos se encontraron por casualidad en mi apartamento hoy, y luego Dallie se presentó en tu casa aproximadamente una hora después de que yo dejara a Teddy y le dijo a Consuelo que iba a recoger a Teddy para pasar la noche conmigo. Ella sabía quién era, desde luego, así que no pensó nada raro. Le pidió que le preparara una maleta y desde entonces nadie sabe nada de ellos. Le he llamado a todas partes. Dallie a dejado su hotel, y Skeet no sabe nada. Los dos, como se suponía, iban a Florida esta semana para un torneo.

Francesca se sintió enferma.

¿Por qué Dallie se llevaría a Teddy? Sólo podía pensar en una razón, pero era imposible. Nadie sabía la verdad; ella nunca había hablado. De todos modos no podía pensar en otra razón.

Una rabia amarga se instaló dentro de ella. ¿Cómo podía hacer él algo tan barbáro?

– ¿Francie, estás todavía ahí?

– Sí -susurró.

– Tengo que preguntarte algo -hubo otra larga pausa, y Francesca se reforzó porque sabía lo que iba a venir-. Francie, tengo que preguntarte por qué Dallie haría algo así. Algo raro pasó cuando él vio a Teddy. ¿Qué pasa?

– Yo…no sé.

– Francie…

– ¡No sé, Holly Grace! No sé -su voz se ablandó-.Tú lo conoces mejor que nadie. ¿Hay alguna posibilidad que Dallie haga daño a Teddy?

– Desde luego que no -y luego vaciló-. No físicamente de todos modos. No puedo decir que podría hacerle psicológicamente, ya que tú no me dirás de que va todo esto.

– Voy a colgar ahora e intentar conseguir un avión a Nueva York esta noche -Francesca intentó parecer enérgica y eficiente, pero su voz temblaba-. ¿Me llamarás en cuanto sepas algo de dónde se encuentra Dallie? Pero ten mucho cuidado dónde hablas. Y dónde vas, que no se entere ningún periodista. Por favor, Holly Grace, no quiero a Teddy convertido en un monstruo de atracción secundaria. Estaré allí tan pronto como pueda.

– Francie, tienes que decirme que pasa.

– Holly Grace, te quiero… realmente.

Y luego colgó.

Cuando Francesca volaba a través de Atlántico esa noche, miraba fijamente con expresión ausente a la oscuridad impenetrable fuera de la ventana. El miedo y la culpa la devoraban.

Esto era todo culpa suya. Si estuviera en casa, hubiera impedido que pasara. ¿Qué tipo de madre era que siempre dejaba a su niño al cuidado de otra gente? Todos los diablos de culpa de una madre se enterraron en su carne.

¿Y si algo terrible pasaba? Ella intentó convencerse que cualquier cosa que Dallie hubiera descubierto, él nunca haría daño a Teddy al menos el Dallie que ella conocía de hace diez años no lo haría. Pero entonces recordó los programas que ella había hecho sobre antiguos esposos que secuestraban a sus propios niños y desaparecían con ellos durante años.

¿Seguramente alguien con una carrera tan pública como Dallie no podía hacer eso… o sí podría? Otra vez, intentó desenredar el rompecabezas de como Dallie había descubierto que Teddy era su hijo, que era la única explicación que podía encontrar para el rapto, pero la respuesta se le escapaba.

¿Dónde estaba Teddy ahora mismo? ¿Estaría asustado? ¿Qué le había dicho Dallie? Ella había oído bastantes historias de Holly Grace para saber que cuando Dallie estaba enfadado, era imprevisible, incluso peligroso.

Pero no importaba cuanto podía haber cambiado en estos años, no podía creer que él hiciera daño a un niño.

Que podía hacerle a ella, sin embargo, era otro asunto.

Capítulo 25

Teddy miraba fijamente a la espalda de Dallie cuando los dos estaban ante el mostrador de un McDonald en la 1-81. Le gustaría tener una camisa roja y negra de franela así, con un amplio cinturón de cuero y vaqueros con un bolsillo roto.

Su mamá tiraba sus vaqueros en cuanto tenían el más pequeño agujero en la rodilla, justo cuando comenzaba a sentirlos suaves y cómodos. Teddy miró hacía abajo a sus zapatillas de lona y luego a las botas camperas marrones de Dallie. Decidió que pondría unas botas camperas en su carta de Navidad.

Cuando Dallie recogió la bandeja y anduvo hacia una mesa, Teddy trotó detrás de él, sus pequeñas piernas dando saltitos, intentando seguirlo. Al principio cuando habían estado dirigiéndose de Manhattan a Nueva Jersey, Teddy había intentado preguntarle a Dallie si tenía un sombrero de vaquero o montaba a caballo, pero Dallie no había dicho mucho.

Teddy finalmente se había callado, aun cuando tenía un millón de cosas que quería preguntarle.

Tanto como Teddy podía recordar, Holly Grace le había contado historias sobre Dallie Beaudine y Skeet Cooper… como se habían conocido en una carretera cuando Dallie sólo tenía quince años y se escapaba de los malos tratos de Jaycee Beaudine, y como habían viajado intentando desplumar a los muchachos ricos en los clubs de campo.

Le había contado sobre peleas de bar y como ganó un torneo con un gran golpe en el hoyo 18 y otras milagrosas victorias arrebatadas de las mandíbulas de la derrota. En su mente, las historias de Holly Grace se mezclaban con las historias de sus comics de Spiderman y sus libros de La Guerra de las Galaxias y también con las historias que leía en el colegio sobre el Salvaje Oeste.