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– Primero, va al campamento. Después, tú me dirás qué destino quieres que le dé.

– Gracias, comandante; gracias, señora. ¿ Pueden decirme el motivo de que me hayan enviado a San José? Es casi un castigo.

– En mi opinión, no hay ningún motivo. Simplemente, el nuevo comandante teme que te evadas.

– No anda equivocado.

– Además, han aumentado los castigos contra los responsables de una evasión. Antes de la guerra, había la posibilidad de perder un galón, pero, ahora, esto es seguro, aparte de otros problemas. Por eso te ha mandado aquí. Prefiere que te vayas de San José, de donde no es responsable, que de Royale, de donde sí lo es.

– ¿Cuánto tiempo tiene usted que quedarse aquí, comandante?

– Dieciocho meses.

– No puedo esperar tanto tiempo, pero hallaré el medio de volver a Royale, para no ocasionarle en absoluto ningún perjuicio.

– Gracias -dice la mujer-. Me alegra saberle tan noble., Para cualquier cosa que necesite, venga aquí con toda confianza. Tú, papá, da orden al puesto de guardia del campamento para que se deje venir a Papillon a verme cuando lo pida.

– Sí, querida. Mohamed, acompaña a Papillon al campamento, y tú escoge el barracón al que quieras quedar afecto.

– Oh, para mí es fáciclass="underline" el de los peligrosos.

– No hay ninguna dificultad en eso -dice, riendo el comandante.

Y llena un papel, que extiende a Mohamed.

Abandono la casa, al borde del muelle, que sirve de vivienda y de despacho al comandante, la antigua casa de Lisette y, acompañado por el joven árabe, llego al campamento.

El jefe del puesto de guardia es un viejo corso muy violento,! y asesino reconocido. Lo llaman Filissari.

– Vaya, Papillon, de manera que vienes aquí, ¿eh? Ya sabes que yo soy muy bueno o muy malo. Conmigo no trates de evadirte, porque si fracasas, te mataré como a un conejo. Dentro de dos años me retiro, así que éste no es el momento para que me ocurra un percance.

– Usted sabe bien que yo soy amigo de todos los corsos. No voy a decirle que no pienso evadirme, pero, si me evado, me las arreglaré para que sea a las horas en que no esté usted de servicio.

– Así está bien, Papillon. Entonces, no seremos enemigos. Los jóvenes, ya sabes, pueden soportar mejor las complicaciones que ocasiona una evasión, en tanto que yo, ¡figúrate! A mi edad y en vísperas del retiro. Bien, ¿has comprendido? Vete al barracón que te han designado.

Ya estoy en el campamento, en una sala exactamente igual que la de Royale, con cien o ciento veinte detenidos. Allí están Pierrot el Loco, Hautin, Arnaud y Jean Carbonieri. Lógicamente, debería colocarme junto a Jean, puesto que es el hermano de Matthieu, pero Jean no tiene la clase de su hermano y, además, no me conviene, a causa de su amistad con Hautin y Arnaud. Así, pues, me aparto de él, y me instalo al lado de Carrier, el bordelés, llamado Pierrot el Loco.

La isla de San José es más salvaje que Royale, y un poco más pequeña, aunque parece mayor porque es más larga. El campamento se encuentra a media altura de la isla, que está formada por dos mesetas superpuestas. En la primera, el campamento, y en la meseta de arriba, la temible Reclusión. Entre paréntesis, los reclusos continúan yendo a bañarse cada día una hora al mar. Esperemos que eso dure.

Cada mediodía, el árabe que trabaja en casa del comandante me trae tres escudillas superpuestas sostenidas por un hierro plano que termina en un puño de madera. Deja las tres escudillas y se lleva las de la víspera. La madrina de Lisette me envía cada día exactamente la misma comida que ha preparado para su familia.

El domingo he ido a verla para darle las gracias. He pasado la tarde hablando con ella y jugando con sus hijas. Al acariciar aquellas cabezas rubias, me digo que, algunas veces, es difícil saber donde está nuestro deber. El peligro que pesa sobre la cabeza de esta familia en el caso de que aquellos dos majaderos continúen con las mismas ideas, es terrible. Tras la denuncia de Girasolo, en la que los guardianes no creyeron, hasta el punto de que no los separaron, sino que tan sólo se limitaron a enviarles a San José, si digo una palabra para que los separen, confirmo la veracidad y la gravedad del primer chivatazo. Y entonces, ¿cuál sería la reacción de los guardianes? Será mejor que me calle.

Arnaud y Hautin casi no me dirigen la palabra en el barracón.

Mejor, desde luego; nos tratamos cortésmente, pero sin familiaridad. Jean Carbonieri no me habla; está enfadado porque no me he puesto con él. Por mi parte, estoy en un grupo de cuatro: Pierrot el Loco, Marquetti, segundo premio de Roma de violín, Y que a Menudo toca horas enteras, lo que me produce melancolía, y Marsori, un corso de Séte.

No he dicho nada a nadie, y tengo la sensación de que aquí nadie está al corriente de la preparación abortada de la revuelta de Royale. ¿Continúan con las mismas ideas? Los tres trabajan en una penosa tarea. Es preciso arrastrar o, mejor, izar grandes piedras con una correa. Estas piedras sirven para hacer una piscina en el mar. A una gran piedra, bien rodeada de cadenas, se le ata otra cadena muy larga, de quince a veinte metros, y, a derecha e izquierda, cada forzado, con su correa pasada alrededor del busto y de los hombros, agarra con un gancho un eslabón de la cadena. Entonces, a tirones, exactamente como las bestias, arrastran la piedra hasta su destino. A pleno sol, es un trabajo muy penoso y, sobre todo, deprimente.

Disparos de fusil, disparos de mosquetón y disparos de revólver procedentes de la parte del muelle. He comprendido que los locos han actuado. ¿Qué sucede? ¿Quién es el vencedor? Sentado en la sala, no me muevo. Todos los presidiarios dicen:

– ¡Es la revuelta!

– La revuelta? ¿Qué revuelta?

Ostensiblemente, procuro dar a entender que no sé nada.

Jean Carbonieri, quien ese día no ha ido al trabajo, se me acerca, blanco como un muerto pese a que tiene el rostro quemado por el sol. En voz baja, le oigo decir:

– Es la revuelta, Papi.

Fríamente, le digo:

– ¿Qué revuelta? No estoy al corriente.

Los disparos de mosquetón continúan. Pierrot el Loco regresa corriendo a la sala.

– Es la revuelta, pero creo que han fracasado. ¡Qué hatajo de cretinos! Papillon, saca tu cuchillo. ¡Al menos, matemos al mayor número posible antes de espicharla!

– ¡Sí -repite Carbonieri-, matemos al mayor número posible! Chissilia, saca una navaja de afeitar. Todos tienen un cuchillo abierto en la mano. Les digo.

– No seáis estúpidos. ¿Cuántos somos?

– Nueve.

– Que siete arrojen sus armas. El primero que amenace a un guardián, lo mato. No tengo interés en dejarme matar a tiros en esta habitación, como un conejo. ¿Tú estás en el golpe?

– No.

– ¿Y tú?

– Tampoco.

– ¿Y tú?

– Yo no sabía nada.

– Bien. Aquí, todos somos hombres destacados, y nadie sabía nada de esta revuelta de lechuzos, ¿de acuerdo?

sí.

– El que esté de acuerdo debe comprender que, en cuanto reconozca haber sabido algo, será pasado por las armas. Así, pues, el que sea lo bastante imbécil como para hablar, sepa que no tiene nada que ganar. Echad vuestras armas a las letrinas, no tardarán en llegar.

_¿Y si han ganado los otros?

– Si han ganado los otros, que se las arreglen para rematar su victoria con una fuga. Yo, a ese precio, no quiero. ¿Y vosotros?

– Nosotros tampoco -dicen, a la vez, los ocho, incluido Jean r Carbonieri.

Yo no he soplado palabra de lo que sé, es decir, que desde el momento que los disparos cesaron, los presidiarios habían perdido. En efecto, la matanza prevista no podría haber concluido ya.

Los guardianes llegan como locos empujando a garrotazos, i, a bastonazos, a puntapiés a los trabajadores del acarreo de piedras. Les hacen entrar en el edificio de al lado, apelotonados. Las guitarras, las mandolinas, los juegos de ajedrez y de damas, las 15 lámparas, los banquillos, las botellas de aceite, el azúcar, el café, " la ropa blanca, todo es rabiosamente pisoteado, destruido y arrojado al exterior. Se vengan con todo lo que no es reglamentario..