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“Cuando Amaud sube la escalera para entrar en casa del comandante, el árabe que trabaja allí abre la puerta llevando a las dos niñitas, una de la mano y la otra en brazos. Sorprendidos los dos, el árabe, con la niña en brazos, le larga un puntapié a Arnaud. Este quiere matar al árabe, pero el chivo levanta en alto a la criatura. Nadie grita. Ni el chivo ni los demás. Cuatro o cinco veces, el mosquetón apunta desde diferentes ángulos al árabe. Cada vez, la niña es colocada delante del cañón. Hautin agarra por el lado, sin subir la escalera, el bajo del pantalón del árabe. Este va a caerse y, entonces, de un solo golpe, lanza contra el mosquetón que sostiene Amaud, a la niña. Sorprendidos en precario equilibrio en la escalera, Amaud, la niña y el árabe, empujado por la pierna por Hautin, caen todos en un revoltillo. En este momento, se profieren los primeros gritos, primero de las criaturas, después los del árabe, seguidos por los insultos de Arnaud y Hautin. El árabe toma del suelo, más rápido que éstos,~~ el arma que había caído, pero la agarra sólo con la mano izquierda y por el cañón. Hautin ha vuelto a sujetarle la pierna con las manos. Arnaud lo coge del brazo derecho y le aplica una llave." El árabe arroja el mosquetón a más de diez metros.

“En el momento en que los tres echan a correr para apoderarse del arma, parte el primer disparo del fusil, hecho por un guardián de un grupo de forzados que transporta hojas secas. El comandante aparece en su ventana, y se pone a disparar, pero por miedo de herir al chivo, tira hacia el lugar donde se halla el mosquetón. Hautin y Arnaud escapan hacia el campamento por la carretera que bordea el mar, perseguidos por los disparos de fusil. Hautin, con su pierna rígida, corre con menos rapidez y es abatido antes de llegar al mar. Arnaud, por su parte, entra en el agua, imagínate entre el sitio de bañarse que se está construyendo y la piscina de los guardianes. Aquello está siempre infestado' de tiburones. A Arnaud le llueven los disparos, pues otro guardián ha acudido en ayuda del comandante y de su compañero de las hojas secas. Está apostado tras una gran piedra.

“-¡Ríndete exclaman los guardianes- y salvarás la vida!

“-Jamás -responde Arnaud-, prefiero que se me zampen los tiburones, así dejaré de ver vuestras sucias jetas.

“Y se ha internado en el mar, derecho hacia los tiburones. Debió de darle una bala, pues, por un momento, se detiene. Pese a ello, los guardianes continúan disparando. Ha proseguido caminando, sin nadar. Aún no había sumergido el torso, cuando lo han atacado los tiburones. Se ha visto muy claramente cómo asestaba un puñetazo a uno de ellos- que, medio salido del agua, se lanzaba sobre él. Luego, ha sido literalmente descuartizado, pues los tiburones tiraban de todas partes sin cortar los brazos ni las piernas. En menos de cinco minutos, había desaparecido.

“Los guardianes han hecho lo menos cien disparos de fusil sobre la masa que componían Arnaud y los tiburones. Sólo uno de éstos ha sido muerto, pues ha ido a varar en la playa con el vientre al aire. Como habían llegado guardianes de todos lados, Marceau creyó salvar la piel arrojando la pistola al pozo, pero los' árabes se han levantado y, a bastonazos, a puntapiés y a puñadas, lo han empujado hacia los guardianes, diciendo que estaba comprometido en el golpe. A pesar de que sangraba por todas partes y tenía las manos en alto, los guardianes lo han matado a tiros de pistola y de mosquetón y, para terminar, uno de ellos le ha machacado la cabeza de un culatazo de mosquetón, del que se ha servido como si fuera una maza, agarrándolo por el cañón.

“Sobre Hautin, cada guardián ha vaciado el cargador. Eran treinta, a seis disparos cada uno. Le han metido, muerto o vivo, casi ciento cincuenta balas. Los tipos a quienes ha matado Filissari son hombres que, según los llaveros, en un principio se habían movido para seguir a Arnaud y que luego se habían rajado. Pura mentira porque, si tenía cómplices, nadie se ha movido.

Hace ya dos días que estamos encerrados todos en las salas correspondientes a cada categoría. Nadie sale al trabajo. A la puerta, los centinelas se relevan cada dos horas. Entre los barracones, otros centinelas. Prohibido hablar de un barracón a otro. Prohibido asomarse a las ventanas. Desde el pasillo que forman las dos hileras de hamacas, puede verse, manteniéndose apartado, por la puerta enrejada, el patio. Han venido guardianes de Royale como refuerzo. Ni un deportado está fuera, ni un árabe llavero. Todo el mundo está encerrado. De vez en cuando, sin gritos y sin golpes, se ve pasar a un hombre en cueros que, seguido de un guardián, se dirige hacia las celdas disciplinarias. Desde las ventanas laterales, los guardianes miran a menudo al interior de la sala. En la puerta, uno a la derecha y otro a la izquierda, los dos centinelas. Su tiempo de guardia es corto, dos horas, pero nunca se sientan y ni siquiera se colocan el arma en bandolera: el mosquetón está apoyado en su brazo izquierdo, pronto para disparar.

Hemos decidido jugar al póquer en grupos de cinco. Nada de marsellesa ni de grandes juegos en común, porque eso hace demasiado ruido. Marquetti, que interpretaba al violín una sonata de Beethoven, ha sido obligado a dejarlo.

– Para esa música; nosotros, los guardianes, estamos de luto.

Una tensión poco común reina no sólo en el barracón, sino en todo el campamento. Nada de café ni de sopa. Un bollo de pan por la mañana, cornedbeel a mediodía, cornedbeel por la noche: una lata por cada cuatro hombres. Como no nos han destruido nada, tenemos café y víveres: mantequilla, aceite, harina, etcétera. Los otros barracones carecen de todo. Cuando de las letrinas ha salido la humareda del fuego para hacer el café, un guardián ha mandado apagarlo. Un viejo marsellés, presidiario veterano a quien llaman Niston, es quien hace el café para venderlo. He tenido los redaños de contestar al guardián:

– Si quieres que apaguemos el fuego, entra a apagarlo tú mismo.

Entonces, el guardián ha disparado varios tiros por la ventana. Café y fuego han sido dispersados rápidamente.

Niston ha recibido un balazo en la pierna. Todo el mundo está tan excitado, que ha habido quienes han creído que empezaban a fusilarnos, y todos nos hemos echado al suelo, boca abajo.

El jefe del puesto de guardia, a esta hora, continúa siendo Filissari. Acude como un loco, acompañado de sus cuatro guardianes. El que ha disparado se explica; es de Auvernia. Filissari lo insulta en corso, y el otro, que no comprende nada, no sabe qué decir.