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Tomo las parihuelas y subo al campamento. Cuando llego a la puerta, me registran, cosa extraordinaria' pues no sucede nunca. El guardián en persona me quita la navaja.

– ¿Quiere usted que me maten? ¿Por qué me desarma? ¿Sabe que, haciendo eso, me envía a la muerte? Si me matan será por su culpa.

Nadie contesta, ni los guardianes, ni los llaveros árabes. Se abre la puerta y entro en la cabaña. “Aquí no se ve nada. ¿Por qué hay una lámpara en vez de tres? “

– Papi, ven por aquí.

Grandet me tira de la manga. En la sala no hay demasiado ruido. Se nota que algo grave va a suceder o ha sucedido ya.

– No tengo mi navaja. Me la han quitado en el registro.

– Esta noche no la necesitarás.

– ¿Por qué?

– El armenio y su amigo están en las letrinas.

– ¿Y qué hacen allí?

– Están muertos.

– ¿Quién se los ha cargado?

– YO.

– ¡Qué rapidez! ¿Y los otros?

– Quedan cuatro de su chabola. Paulo me ha dado su palabra de honor de que no se moverían y te esperarían para saber si estás de acuerdo en que el asunto se detenga ahí.

– Dame una navaja.

– Toma la mía. Me quedo en este rincón; ve a hablar con ellos.

Avanzo hacia su chabola. Mis ojos se han acostumbrado ya a la poca luz. Al fin, alcanzo a distinguir el grupo. En efecto, los cuatro están de pie delante de su hamaca, apretujados.

– Paulo, ¿quieres hablarme?

– Sí.

– ¿A solas o delante de tus amigos? ¿Qué quieres de mí? Dejo prudentemente un metro cincuenta entre ellos y yo. Mi navaja está abierta dentro de mi manga derecha, y el mango bien situado en el hueco de mi mano.

– Quería decirte que tu amigo, creo yo, ha sido suficientemente vengado. Tú has perdido a tu mejor amigo, y nosotros, a dos. En mi opinión, esto debería detenerse aquí. ¿ Qué opinas tú?

– Paulo, tomo nota de tu oferta. Lo que podríamos hacer si estáis de acuerdo, es que las dos chabolas se comprometan a no hacer nada durante ocho días. De aquí a entonces, ya se verá lo que debe hacerse. ¿De acuerdo?

– De acuerdo.

Y me retiro.

– ¿Qué han dicho?

– Que creían que Mathieu, con la muerte del armenio y de Sans Soud, había sido suficientemente vengado.

– No -dice Galgani.

Grandet no dice nada. Jean Castellí y Louis Gravon están de acuerdo en hacer un pacto de paz.

– ¿Y tú, Papi?

– En primer lugar, ¿quién ha matado a Matthieu? El armenio. Bien. Yo he propuesto un acuerdo. He dado mi palabra, y ellos, la suya, de que durante ocho días nadie se moverá.

– ¿No quieres vengar a Matthieu? -pregunta Galgani.

– Muchacho, Matthieu ya está vengado. Han muerto dos por el. ¿Para qué matar a los otros?

– ¿Se limitaban a estar al corriente? Eso es lo que hay que saber.

– Buenas noches a todos. Perdonadme. Voy a dormir, si puedo.

Al menos, tengo necesidad de estar solo y me tiendo en mi hamaca. Siento una mano que se desliza sobre mí y me quita suavemente la navaja. Una voz cuchichea en la noche:

– Duerme, si puedes, Papi, duerme tranquilo. Nosotros, de todas formas, por turno, montaremos guardia.

La muerte de mi amigo, tan brutal y repugnante, carece de motivo serio. El armenio lo ha matado porque, por la noche, jugando, le había obligado a pagar un envite de ciento setenta francos. Ese so cretino se sintió disminuido porque le habían obligado a humillarse delante de treinta o cuarenta jugadores. Cogido en sandwich entre Matthieu y Grandet, no había más remedio que obedecer.

Cobardemente, mata a un hombre que, en su ambiente, era el prototipo del aventurero auténtico. Este golpe me ha afectado mucho, y no tengo más satisfacción que la de que los asesinos sólo hayan sobrevivido a su crimen unas horas. Es bien poca cosa.

Grandet, como un tigre, con una velocidad digna de un campeón de esgrima, ha atravesado el cuello de cada uno de ellos. antes de que tuvieran tiempo de ponerse en guardia, Me imagino que el lugar donde han caído debe de estar inundado de sangre. Estúpidamente, pienso: “Tengo ganas de preguntar quién los ha tirado en las letrinas.” Pero no quiero hablar. Con los párpados cerrados, veo ponerse el sol trágicamente rojo y violeta, iluminando con sus últimos fulgores aquella escena dantesca: los tiburones disputándose a mi amigo… ¡Y aquel cuerpo de pie, con el antebrazo ya amputado, avanzando hacia la canoa…! Era verdad, pues, que la campana llama a los tiburones y que los muy asquerosos saben que se les va a servir la pitanza cuando aquélla suena… Aún veo aquellas decenas de aletas, con lúgubres reflejos argentados, deslizarse como submarinos, virando en redondo… De veras que eran más de cien… Para él, para mi amigo, todo se acabó: el camino de la podredumbre ha concluido su trabajo hasta el fin.

¡Espicharla de una cuchillada por una bagatela a los cuarenta años! ¡Pobre amigo mío! Yo ya no puedo más. No. No. No. Deseo que los tiburones me digieran, pero vivo, mientras arriesgo mí libertad, sin sacos de harina, sin piedra, sin cuerda. Sin espectadores, ni forzados, ni guardianes. Sin campana. Si igualmente tienen que zamparme, ¡pues bien!, que me zampen vivo, luchando contra los elementos para tratar de alcanzar Tierra Grande.

Se acabó. Basta ya de fugas bien planeadas. Isla del Diablo, dos sacos de cocos y ahuecas el ala, sin más, a la buena de Dios.

Después de todo, será sólo cuestión de resistencia física. ¿Cuarenta y ocho o sesenta horas? ¿Acaso un tiempo tan largo de inmersión en el agua del mar, unido al esfuerzo de los músculos de los muslos contraídos entre los sacos de cocos, no me paralizará las piernas en un momento dado? Si tengo la suerte de poder ir a la isla del Diablo, haré probaturas. Lo primero es salir de Royale e ir a la isla del Diablo. Luego, ya veremos.

– ¿Duermes, Papi?

– No.

– ¿Quieres un poco de café?

– Está bien.

Y me siento en mi hamaca y acepto el cuartillo de café caliente que me tiende Grandet, con un “Gouloise” encendido.

– ¿Qué hora es?

– La una de la madrugada. He relevado la guardia a medianoche, pero como veía que seguías moviéndote, he pensado que no dormías.

– Tienes razón. La muerte de Matthieu me ha trastornado, pero su entierro en donde están los tiburones me ha afectado más aún. Ha sido horrible, ¿sabes?

– No me digas nada, Papi; ya me supongo lo que ha podido ser. Nunca debiste ir.

– Creía que la historia de la campana era un cuento. Y, además, con un alambre atado al pedrusco, jamás hubiera creído que los tiburones tuvieran tiempo de agarrarlo al vuelo. ¡Pobre Matthieu! Toda mi vida recordaré aquella horrible escena. Y tú ¿cómo te las has arreglado para eliminar tan de prisa al armenio y a Sans Souci?

– Estaba en el otro extremo de la isla, colocando una puerta de hierro en la carnicería, cuando me he enterado de que habían matado a nuestro amigo. Era mediodía. En vez de subir al campamento, he ido al trabajo, como quien va a arreglar la cerradura. En un tubo de un metro he podido encajar un puñal afilado por los dos lados. El mango estaba vaciado, y también el tubo. He regresado al campamento a las cinco con el tubo en la mano. El guardián me ha preguntado de qué se trataba, y yo le he contestado que la barra de madera de mi hamaca se había roto y que, por esta noche, iba a utilizar el tubo. Aún era de día cuando he entrado en el dormitorio, pero había dejado el tubo en el lavadero. Antes de pasar lista, lo he recuperado. Empezaba a caer la noche. Rodeado por nuestros amigos, he encajado rápidamente el puñal en el tubo. El armenio y Sans Souci estaban de pie en su sitio, delante de su hamaca; Paulo, un poco atrás. Ya sabes que Jean Casteli y Louis Gravon son muy valientes, pero están viejos y les falta agilidad para pelear en una reyerta en toda regla.