A los cuarenta y seis días, a las cuatro y media, se abre la puerta de André. Todos están reunidos: el director, el escribano, el fiscal que ha pedido su cabeza. Es la ejecución. Pero cuando el director se dispone a hablar, llega corriendo el abogado defensor, seguido por otra persona que entrega un papel al fiscal. Todo el mundo se retira por el pasillo. A André se le ha hecho tal nudo en la garganta, que no puede tragar saliva. No es posible, jamás se suspende una ejecución en curso. Y, sin embargo, así es. Hasta el día siguiente, tras horas de angustia y de interrogación, no se enterará de que, la víspera de su ejecución, el presidente Doumer fue asesinado por Gorgulov. Pero Doumer no murió en el acto. Toda la noche, el abogado había montado guardia ante la clínica tras haber informado al ministro de justicia que si el presidente moría antes de la hora de la ejecución (de cuatro y media a cinco), solicitaba un aplazamiento por vacante de jefe de poder ejecutivo. Dotimer murió a las cuatro y dos minutos. El tiempo necesario para avisar a la Cancillería, de tomar un taxi acompañado por el portador de la orden de sobreseimiento. Aun así, llegó tres minutos demasiado tarde para impedir que abriesen la puerta de la celda de André. La pena de ambos hermanos fue conmutada por la de trabajos forzados a perpetuidad. Pues, en efecto, el día de la elección del nuevo presidente, el abogado fue a Versalles, y tan pronto fue elegido Albert Lebrun, el abogado le presentó su petición de indulto. Ningún presidente ha rechazado jamás el primer indulto que le es solicitado. “Lebrun firmó -terminó André-, y aquí me tienes, macho, vivito y coleando, camino de la Guayana.” Contemplo a este superviviente de la guillotina y me digo que, realmente, todo lo que yo he sufrido no puede compararse con el calvario por el que ha pasado él.
Sin embargo, no tengo tratos con él. Saber que ha matado a una pobre vieja para robarle me da náuseas. Por lo demás, tendrá toda la suerte del mundo. Más tarde, en la isla de San José, asesinará a su hermano. Varios presidiarios lo vieron. Emile pescaba con caña, de pie sobre una roca, pensando solamente en su pesca. El ruido del oleaje, muy fuerte, amortiguaba todos los demás ruidos. André se acercó a su hermano por detrás, con una gruesa caña de bambú de tres metros de largo en la mano y, de un empujón en la espalda, le hizo perder el equilibrio. El paraje estaba infestado de tiburones. Emile no tardó en servirles de plato del día. Ausente a la lista de la noche, fue dado por desaparecido en un intento de evasión. No se habló más de él. Sólo cuatro o cinco presidiarios que recogían cocos en las alturas de la isla habían presenciado la escena. Desde luego, todos los hombres se enteraron, salvo los guardianes. André Bainard nunca fue molestado.
Le sacaron del internamiento por “buena conducta” y, en Saint-Laurent-du-Maroni, gozaba de un régimen de favor. Tenía una celdita para él solo. Un día, tras una riña con otro presidiario, invitó solapadamente a éste a entrar en su celda y le mató de una cuchillada en medio del corazón. Considerando que lo había hecho en legítima defensa, fue absuelto. Cuando fue suprimido el presidio, siempre por su “buena conducta” le indultaron.
Saint-Martin-de-Ré está abarrotado de presos. Hay dos categorías muy diferentes: ochocientos o mil presidiarios y novecientos relegados. Para ser presidiario, hay que haber hecho algo grave o, por lo menos, haber sido acusado de haber cometido un delito importante. La pena menos fuerte es de siete años de trabajos forzados; el resto está escalonado hasta la cadena perpetua. Un indultado de la pena de muerte es condenado automáticamente a cadena perpetua. Con los relegados, es diferente. Con tres o más condenas, un hombre puede ser relegado. Es cierto que todos son ladrones incorregibles y se comprende que la sociedad deba defenderse de ellos. Sin embargo, es vergonzoso para un pueblo civilizado tener la pena accesoria de relegación. Hay ladronzuelos, bastante torpes, puesto que se hacen prender a menudo, que son relegados -lo cual equivalía, en mis tiempos, a ser condenado a perpetuidad- y que en toda su vida de ladrones no han robado diez mil francos. Ahí está el mayor contrasentido de la civilización francesa. Un pueblo no tiene derecho a vengarse ni a eliminar de una forma demasiado rápida a las personas que causan molestias a la sociedad. Estas personas son más merecedoras de cuidados que de un castigo inhumano. Hace ya diecisiete días que estamos en Saint-Martin-de-Ré. Sabemos el nombre del barco que nos llevará a presidio, es La Martinilre. Transportará a mil ochocientos setenta condenados. Esta mañana, los ochocientos o novecientos presidiarios están reunidos en el patio de la fortaleza. Hace casi una hora que estamos en pie en filas de a diez, ocupando el rectángulo del patio. Se abre una puerta y vemos aparecer a unos hombres vestidos de modo distinto a los vigilantes que hemos conocido. Llevan un traje de corte militar azul celeste, muy elegante. Es diferente de un gendarme y también de un soldado. Todos llevan su ancho cinto, del que pende una funda de pistola. Se ve la culata del arma. Aproximadamente, son ochenta. Algunos lucen galones. Todos tienen la piel tostada por el sol, son de varias edades, de treinta y cinco a cincuenta años. Los más viejos son más simpáticos que los jóvenes, que abomban el pecho con aire de superioridad e importancia. El estado mayor de esos hombres va acompañado por el director de Saint-Martín-de-Ré, un coronel de gendarmería, tres o cuatro galenos con ropas coloniales y dos curas con sotana blanca. El coronel de gendarmería coge un megáfono y se lo acerca a los labios. Esperamos que diga: “¡Firmes!”, pero no hay tal. Grita:
– Escuchad todos con atención. A partir de este momento, pasáis a depender de las autoridades del ministerio de justicia que representa a la Administración penitenciaria de la Guayana francesa cuyo centro administrativo es la ciudad de Cayena. Comandante Barrot, le hago entrega de los ochocientos dieciséis condenados aquí presentes, cuya lista es ésta. Le ruego que compruebe si están todos.
Inmediatamente, pasan lista: “Fulano, presente; Zutano, etc.” dura dos horas y todo está conforme. Luego asistimos al cambio de firmas entre las dos administraciones en una mesita traída ex profeso.
El comandante Barrot, que tiene tantos galones como el coronel, pero dorados y no plateados como en la gendarmería, toma, a su vez, el megáfono:
– Deportados, en adelante ésa es la palabra con la que seréis designados: deportado -Fulano de tal o deportado Zutano con el número correspondiente. A partir de ahora, estáis sujetos a las leyes especiales del presidio, a sus reglamentos, a sus tribunales internos, que tomarán, cuando sea necesario, las decisiones pertinentes. Esos tribunales autónomos pueden condenaros, por los diferentes delitos cometidos en el presidio, desde la simple prisión a la pena de muerte. Por supuesto, dichas penas disciplinarias, prisión y reclusión, se cumplen en diferentes locales que pertenecen a la Administración. Los agentes que tenéis delante son denominados vigilantes. Cuando os dirijáis a uno de ellos, diréis: “Señor vigilante.” Después del rancho, cada uno de vosotros recibirá un saco marinero con las ropas del presidio. Todo está previsto, no necesitaréis otras prendas. Mañana, embarcaréis a bordo de La Martiniére. Viajaremos juntos. No os desespere marcharos, estaréis mejor en el presidio que recluidos en Francia. Podréis hablar, jugar, cantar y fumar, no temáis ser maltratados si os portáis bien. Os pido que esperéis a estar en el presidio para solventar vuestras diferencias personales. La disciplina durante el viaje debe ser muy severa. Espero que lo comprendáis. Si entre vosotros hay hombres que no se sienten en condiciones físicas para hacer el viaje, que se presenten en la enfermería, donde serán visitados por los capitanes médicos que acompañan al convoy. Os deseo buen viaje.