– Vacía el tonel. Nunca podremos pasar estas rocas si está lleno.
El viento sopla con fuerza y las olas rompen rabiosamente contra las rocas. Ya está vacío.
– Métele el corcho bien adentro. Espera; ponle esa placa de hierro encima.
Los agujeros ya están hechos.
– Hunde bien las puntas.
Con el fragor del viento y de las olas, los golpes no pueden oírse.
Bien atados el uno al otro, los dos toneles resultan difíciles de pasar por encima de las rocas. Cada uno de ellos tiene una capacidad de doscientos veinticinco litros. Son voluminosos y nada fáciles de manejar. El lugar escogido por mi compañero para botar la improvisada balsa, no facilita las cosas.
– ¡Empuja, maldita sea! Levántalo un poco. ¡Cuidado con esta ola!
Los dos somos levantados, junto con los toneles, y repelidos duramente contra la roca.
– ¡Cuidado! ¡Van a romperse, aparte de que también nosotros podemos rompernos una pata o un brazo!
– Cálmate, Salvidia. O pasa adelante, hacia el mar, o ven aquí atrás. Aquí estás bien. Tira hacia ti de un solo golpe cuando yo grite. Al mismo tiempo, yo empujaré, y seguramente nos apartaremos de las rocas. Pero, para eso, es preciso, ante todo, aguantar y mantenerse en el sitio, aunque seamos cubiertos por la primera ola.
Cuando grito estas órdenes a mi compañero, en mitad de esta batahola de viento y de oleaje, creo que las ha oído. Una gran ola cubre por completo el bloque compacto que formamos el tonel, Salvidia y yo. Entonces, rabiosamente, con todas mis fuerzas, empujo la balsa. El, seguramente, también estira, pues de un solo golpe nos vemos libres y arrastrados por la ola. Salvidia ha sido el primero en subirse encima de los toneles y, en el momento en que yo, a mi vez, me izo, una ola enorme nos coge por debajo y nos lanza como una pluma contra una roca puntiaguda y salediza. El espantoso golpe es tan fuerte, que los toneles se parten y los fragmentos se dispersan. Cuando la ola se retira, me lleva a veinte metros de la roca. Nado y me dejo arrastrar por otra ola que avanza directamente hacia la costa. Aterrizo literalmente sentado entre dos rocas. Tengo tiempo de agarrarme antes de ser arrastrado de nuevo. Con contusiones en todas partes, consigo alejarme de allí, pero cuando salgo del agua, me doy cuenta de que he sido llevado a más de cien metros del punto donde efectuamos la botadura.
Sin tomar precauciones, grito:
– ¡Salvidia! ¡Romeo! ¿Dónde estás?
No me contesta nadie. Anonadado, me echo en el camino, me despojo del pantalón y de mi blusa de marinero de lana, y me encuentro completamente desnudo, sin más que mis botas. ¡Maldita sea! ¿Dónde está mi amigo? Y grito de nuevo hasta desgañitarme:
– ¿Dónde estás?
Tan sólo el viento, el mar y las olas me responden. Me quedo allí no sé cuánto tiempo, inmóvil, Completamente agotado física y moralmente. Luego, lloro de rabia y arrojo el saquito que llevo al cuello, con el tabaco y el encendedor, atención fraternal de mi amigo hacia mí, pues él no fuma.
En pie, cara al viento, cara a esas olas monstruosas que vienen a barrerlo todo, levanto el puño e increpo al Cielo.
El viento amaina, y esa calma aparente me hace bien y me devuelve a la realidad.
Subiré de nuevo al asilo y, si puedo, volveré a la enfermería. Con un poco de suerte, será posible.
Asciendo otra vez la costa con una sola idea: regresar y acostarme en mi cama. Ni visto ni oído. Sin dificultades, llego al corredor de la enfermería. He saltado el muro del asilo, pues no sé dónde ha puesto Salvidia la llave de la puerta principal.
Sin necesidad de buscar mucho, encuentro la llave de la enfermería. Entro de nuevo y cierro tras de mí con dos vueltas. Me dirijo a la ventana y arrojo la llave muy lejos; cae al otro lado de la pared. Y me acuesto. Lo único que podría delatarme es el hecho de que mis botas estén mojadas. Me levanto y voy a sacudirlas a la letrina. Con la sábana subida hasta la cara, poco a poco entro en calor. El viento y el agua de mar me habían helado. ¿Acaso mi compañero se ha ahogado de veras? Tal vez ha sido arrastrado mucho más lejos que yo, y ha podido ir a dar en el extremo de la isla. ¿No he regresado demasiado. pronto? Hubiera debido esperar un poco más. Me recrimino por haber admitido con demasiada rapidez que mi compañero estaba perdido.
En el cajón de la mesita de noche, se encuentran dos pastillas para dormir. Me las trago sin agua. La saliva me basta para que se deslicen cuello abajo.
Duermo hasta que, sacudido, veo al guardián enfermero ante mí. La habitación, está llena de sol y la ventana, abierta. Tres enfermeros miran desde fuera.
– ¿Qué pasa, Papillon? Duermes como una marmota. Son las diez de la mañana. ¿No te has bebido el café? Está frío. Mira, bébetelo.
No del todo despierto, advierto al menos que, por lo que a mí respecta, nada parece anormal.
– ¿Por qué me ha despertado?
– Porque como tus quemaduras están curadas, tenemos necesidad de la cama. Vas a volver a tu celda.
– De acuerdo, jefe.
Y lo sigo. Al pasar, me deja en el patio. Aprovecho la ocasión para dejar secar mi calzado.
Hace ya tres días que la fuga ha fracasado. Ningún rumor ha llegado hasta mí. Voy de mi celda al patio y del patio a mi celda. Salvidia no ha vuelto a aparecer, así que el pobre ha muerto, sin duda aplastado contra las rocas. Yo mismo me he escapado por los pelos y, con toda seguridad, me he salvado porque iba detrás en vez de delante. ¿Cómo saber lo que ha pasado? Es preciso que salga del asilo. Va a ser más difícil hacer creer que estoy curado o, al menos, apto para regresar al campamento, que ingresar en el asilo. Ahora, es preciso que convenza al doctor de que estoy mejor.
– Monsieur Rouviot es el jefe de enfermeros-, tengo frío por la noche. Le prometo no ensuciar mi ropa. ¿Por qué no me da usted un pantalón y una camisa, por favor?
El guardián está estupefacto. Me mira muy sorprendido y me dice:
– Siéntate conmigo, Papillon. Dime, ¿qué te pasa?
– Jefe, estoy sorprendido de encontrarme aquí. Esto es el asilo, de modo que estoy entre los locos, ¿no? ¿Acaso, por azar, he perdido la chaveta? ¿Por qué estoy aquí? Tenga la amabilidad de decírmelo, jefe.
– Querido Papillon, has estado enfermo, pero veo que tienes mejor aspecto. ¿Quieres trabajar?
– Sí.
– ¿Qué quieres hacer?
– Cualquier cosa.
Y heme aquí vestido, ayudando a limpiar las celdas. Por la noche, me dejan la puerta abierta hasta las nueve, y me encierran sólo cuando entra de turno el guardián de noche.
Un auvernés, preso enfermero, me ha hablado por primera vez ayer por la noche. Estábamos solos en el puesto de guardia. El guardián aún no había llegado. Yo no conocía a aquel tipo, pero él, según dice, me conoce bien.
– No vale la pena que continúes fingiendo ya, macho.
– ¿Qué quieres decir?
– Pero, bueno, ¿acaso crees que me la has dado con queso con tu comedia? Hace siete años que soy enfermero con los majaretas, y desde la primera semana comprendí que eras un tambor (simulador).
– ¿Y qué más?
– Que lamento sinceramente que fracasaras en tu fuga con Salvidia. A él le costó la vida. De veras que lo siento, porque era un buen amigo, a pesar de que, antes, nunca se franqueó conmigo, pero no se lo tomo en cuenta. Si tú tienes necesidad de lo que sea, dímelo; me sentiré feliz de hacerte un favor. Sus ojos tienen una mirada tan franca, que no dudo de su rectitud. Y si nunca oí hablar bien de él, tampoco oí hablar mal, así que debe ser un buen chico.
¡Pobre Salvidia! Debió de armarse una buena cuando se advirtió que se había marchado. Han encontrado los fragmentos de tonel devueltos por el mar. Están seguros de que se lo han zampado los tiburones. El galeno organiza un follón de mil demonios a causa del aceite derramado. Dice que, con la guerra, tardaremos en volver a conseguirlo.