¡Maldita sea! Mi balsa ha volcado y he estado a punto de ahogarme. Me he bebido dos buenos tragos de agua de mar.
Pese a mis esfuerzos, no conseguía enderezar los sacos y subirme encima de ellos. La culpa la tiene la cadena. Mis movimientos no son lo bastante libres con ella. Al final, haciéndola deslizarse por un lado, he podido nadar en línea recta junto a los sacos y respirar profundamente. Empiezo a tratar de liberarme por completo de la cadena, y mis dedos intentan inútilmente desenroscar la tuerca. Estoy rabioso y, quizá, demasiado crispado, y no tengo bastante fuerza en los dedos para soltarla.
¡Uf! ¡Por fin, ya está! Acabo de pasar un mal rato. Estaba literalmente enloquecido al creer que no me sería posible librarme de la cadena.
No me tomo la molestia de enderezar la balsa. Agotado, no me siento con fuerzas para hacerlo. Me izo sobre ella. Que la parte de abajo se haya convertido en la de arriba, ¿qué importa? Nunca más me ataré, ni con la cadena ni con nada. Al partir, ya me di cuenta de la estupidez que cometí atándome por la muñeca. Semejante experiencia hubiera debido bastarme.
El sol, inexorablemente, me quema los brazos y las piernas. La cara me arde. Si me la mojo, es peor, pues el agua se evapora inmediatamente y me quema más aún.
El viento ha amainado mucho, y aunque el viaje resulta más cómodo, pues las olas son ahora menos altas, avanzo con menos rapidez. Así, pues, más vale mucho viento y mala mar que calma.
Siento calambres tan fuertes en la pierna derecha, que grito como si alguien pudiera oírme. Con el dedo, hago cruces donde tengo el calambre, recordando que mi abuela me decía que eso los quita. El remedio de comadre, sin embargo, fracasa. El sol ha descendido mucho al Oeste. Aproximadamente son las cuatro de la tarde, y es la cuarta marea desde la partida. Esta marea ascendente parece empujarme con mayor fuerza que la otra hacia la costa.
Ahora veo sin interrupción a Sylvain, y él también me ve muy bien. Desaparece muy raras veces, pues las olas son poco profundas. Se ha quitado la camisa y está con el torso desnudo. Sylvain me hace señales. Está a más de trescientos metros delante de mí, pero hacia el mar abierto. A la vista de la ligera espuma que hay alrededor de él, diríase que está frenando la balsa para que pueda aproximarme a la suya. Me acuesto sobre mis sacos y, hundiendo los brazos en el agua, remo yo también. Si él frena y yo impulso, tal vez acortemos la distancia que nos separa.
He elegido bien a mi compañero en esta evasión. Sabe estar a la altura que el momento requiere. Ciento por ciento.
He dejado de remar con las manos. Me siento fatigado. Debo ahorrar mis fuerzas. Comeré y, después, trataré de enderezar la balsa. La bolsa de la comida está debajo, así como la botella de cuero con agua dulce. Tengo sed y hambre. Mis labios están ya agrietados y me arden. La mejor manera de volver los sacos es colgarme de ellos, de cara a la ola, y luego empujar con los pies en el momento en que asciendan a lo alto de la ola.
Tras cinco tentativas fallidas, consigo enderezar la balsa de un solo golpe. Estoy extenuado por los esfuerzos que acabo de hacer, y me cuesta Dios y ayuda enderezarme sobre los sacos.
El sol está en el horizonte y, dentro de poco, desaparecerá. Son, pues, cerca de las seis. Esperemos que la noche no sea demasiado agitada, pues comprendo que son las prolongadas inmersiones lo que me quita las fuerzas.
Bebo un buen trago de agua de la bota de cuero de Santori, después de haber comido dos puñados de pulpa de coco. Satisfecho, con las manos secas por el viento, extraigo un cigarrillo y lo fumo con deleite. Antes de que caiga la noche, Sylvain ha agitado su toalla y yo la mía, en señal de buenas noches. Continúa estando igual de lejos de mí. Estoy sentado con las piernas extendidas. Acabo de retorcer todo lo posible mi marinera de lana y me la pongo. Estas marineras, incluso mojadas, conservan el calor, y tan pronto como ha desaparecido el sol, he sentido frío.
El viento refresca. Sólo las nubes, al Oeste, están bañadas de luz rosada en el horizonte. Todo el resto está ahora en la penumbra, que se acentúa minuto a minuto. Al Este, de donde viene el viento, no hay nubes. Así, pues, no hay peligro de lluvia, por el momento.
No pienso absolutamente en nada, como no sea en mantenerme bien, en no mojarme inútilmente y en preguntarme si sería inteligente, en caso de que la fatiga me venciera, atarme a los sacos, o si resultaría demasiado peligroso después de la experiencia que he tenido con la cadena. Luego, me doy cuenta de que me he visto entorpecido en mis movimientos porque la cadena era demasiado corta, pues un extremo estaba inútilmente desaprovechado, entrelazado a las cuerdas y a los alambres del saco. Este extremo es fácil de recuperar. Entonces, tendría más facilidad de maniobra. Arreglo la cadena y me la ato de nuevo a la cintura. La tuerca, llena de grasa, funciona sin dificultad. No hay que enroscarla demasiado, como la primera vez. Así, me siento más tranquilo, pues tengo un miedo cerval de dormirme y perder el saco.
Sí, el viento arrecia y, con él, las olas. El tobogán funciona a las mil maravillas con diferencias de nivel cada vez más acentuadas.
Es noche cerrada. El cielo está constelado de millones de estrellas, y la Cruz del Sur brilla más que todas las demás.
No veo a mi compañero. Esta noche que comienza es muy importante, pues si la suerte quiere que el viento sople toda la noche con la misma fuerza, ¡adelantaré camino hasta mañana por la mañana!
Cuanto más avanza la noche, más fuerte sopla el viento. La luna sale lentamente del mar y presenta un color rojo oscuro. Cuando, liberada, surge al fin enorme, toda entera, distingo con claridad sus manchas negras, que le dan el aspecto de un rostro.
Son, pues, más de las diez. La noche se va haciendo cada vez más clara. A medida que se eleva la luna, la claridad se vuelve muy intensa. Las olas están plateadas en la superficie, y su extraña reverberación me quema los ojos. No es posible dejar de mirar estos reflejos plateados, y, en verdad, hieren y achicharran mis ojos ya irritados por el sol y el agua salada.
Prefiero decirme que exagero, no tengo la voluntad de resistir y me fumo tres cigarrillos seguidos.
Nada anormal respecto a la balsa que, en un mar fuertemente embravecido, sube y baja sin problemas. No puedo dejar mucho tiempo las piernas alargadas sobre el saco, pues la posición de sentado me produce en seguida calambres muy dolorosos. *
Estoy, por supuesto, constantemente calado hasta los huesos. Tengo el pecho casi seco, porque el viento me ha secado la marinera, sin que ninguna ola me moje, luego, más arriba de la cintura. Los ojos me escuecen cada vez más. Los cierro. De vez en cuando, me duermo. “No debes dormirte.” Es fácil de decir, pero no puedo más. Así, pues, ¡mierda! Lucho contra esos sopores. Y cada vez que recobro el sentido de la realidad, siento un dolor agudo en el cerebro. Saco mi encendedor de yesca. De vez en cuando, me produzco una quemadura colocando su mecha encendida sobre el antebrazo o el cuello.
Soy presa de una horrible angustia que trato de apartar con toda mi fuerza de voluntad. ¿Me dormiré? Y, -al caer al agua, ¿me despertará el frío? He hecho bien atándome a la cadena.
No puedo perder-estos dos sacos porque son mi vida. Será cosa del diablo, si resbalando de la balsa, no me despierto.
Desde hace unos minutos, vuelvo a estar empapado. Una ola rebelde, que sin duda no quería ~ el camino regular de las demás, ha venido a chocar contra mí por el lado derecho. No sólo me ha mojado ella, sino que, habiéndome colocado de través, otras dos olas normales me han cubierto literalmente de la cabeza a los pies.