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– ¿Cómo debo llamarle a usted?

– Papillon.

– Bien, Monsieur Papillon. Es preciso adentrarse en la selva y pasar lejos de Kourou. Yo le garantizo que lo llevaré a Inini por la selva.

– Me fío de ti. Toma el camino que creas más seguro.

Por el interior de la selva se camina más lentamente, pero, desde que hemos abandonado las proximidades del sendero, noto que el negro está más calmado. Ya no suda con tanta abundancia, y sus rasgos aparecen menos crispados; está como tranquilizado.

– Me parece, Jean, que ahora tienes menos miedo.

– Sí, Monsieur Papillon. Estar al borde del sendero era muy peligroso para usted, y por lo tanto, también para mí.

Avanzamos con rapidez.

Este moreno es inteligente. Nunca se separa más de tres o cuatro metros de mí.

– Detente, quiero fumar un cigarrillo.

– Tenga, un paquete de “Gatiloises”.

– Gracias, Jean; eres un buen tipo.

– Es verdad que soy muy bueno. Sepa que soy, católico y sufro al ver cómo tratan a los presos los vigilantes blancos.

– ¿Has tenido muchas ocasiones de verlo? ¿Dónde?

– En el campamento forestal de Kourou. Da pena verlos morir a fuego lento, devorados por ese trabajo de talar madera, y por la fiebre y la disentería. En las Islas, están ustedes mejor. Es la primera vez que veo a un condenado como usted, con perfecta salud.

– Sí, se está mejor en las Islas.

Nos hemos sentado en una gruesa rama de árbol. Le ofrezco uno de sus botes de leche. Rehúsa y prefiere mascar coco.

– ¿Es joven tu mujer?

– Sí, tiene treinta y dos años. Yo, cuarenta. Tenemos cinco hijos, tres niñas y dos niños.

– ¿Te ganas bien la vida?

– Con el palo de rosa no nos defendemos mal, y mi mujer lava y repasa la ropa para los vigilantes. Eso ayuda un poco. Somos muy pobres, pero todos comemos hasta hartarnos, y los niños van todos a la escuela. Siempre tienen zapatos que ponerse.

¡Pobre negro, que considera que, como sus niños tienen calzado que ponerse, todo va bien! Es casi tan alto como yo, y su rostro negro no tiene nada de antipático. Al contrario, sus ojos dicen con claridad que se trata de un hombre de sentimientos que lo honran, trabajador, sano, buen padre de familia, buen esposo y buen cristiano.

– ¿Y usted, Papillon?

– Yo, Jean, trato de revivir. Enterrado en vida desde hace diez años, no dejo de escaparme para llegar a ser un día como tú, libre, con una mujer y críos, sin inferir, ni de pensamiento, daño a nadie. Tú mismo lo has dicho: este presidio está podrido, y un hombre que se respete debe huir de ese fango.

– Yo le ayudaré lealmente a conseguirlo. En marcha.

Con un sentido maravilloso de la orientación, sin dudar jamás de su camino, Jean me conduce directamente a los alrededores del campamento de los chinos, adonde llegamos cuando la noche ha caído ya desde hace casi dos horas. Viniendo de lejos, se oyen los golpes, pero no se ve la luz. Jean me explica que, para aproximarse de veras al campamento, es preciso evitar uno o dos puestos avanzados. Decidimos detenernos para pasar la noche.

Estoy muerto de fatiga y tengo miedo de dormirme. ¿Y si me equivoco con el negro? ¿Y si es un comediante y me quita el fusil durante el sueño y me mata? Matándome gana dos cosas: se deshace del peligro que yo represento para él y gana una prima por haber dado muerte a un evadido.

Sí, es muy inteligente. Sin hablar, sin esperar más se acuesta para dormir. Conservo la cadena y el perno. Tengo deseos de atarlo, pero luego pienso que puede soltar el perno tan bien como YO, y que, actuando con precaución, si duermo a pierna suelta, no oiré nada. Primero, trataré de no dormir. Tengo un paquete entero de “Gauloises”. Voy a hacer todo lo posible por no dormirme. No puedo confiar en este hombre que, al fin y al cabo, es honrado y me cataloga como un bandido.

La noche es completamente negra. Jean está tendido a dos metros de mí, y yo no distingo más que lo-blanco de la planta de sus pies desnudos. En la selva hay los ruidos característicos de la noche: sin cesar, el chillido del mono de papada grande, chillido ronco y potente que se oye a kilómetros de distancia. Es muy importante, porque si es regular, eso significa que su manada puede comer o dormir tranquila. No denota terror ni peligro, así que no hay fieras ni hombres por los alrededores.

Excitado, aguanto sin demasiados esfuerzos el sueño, ayudado por algunas quemaduras de cigarrillo y, sobre todo, por una bandada de mosquitos bien decididos a chuparme toda la sangre. Podría preservarme de ellos ensuciándome de saliva mezclada con tabaco. Si me pongo ese jugo de nicotina, me preservaré de los mosquitos, pero sin ellos creo que me dormiré. Sólo es de desear que esos mosquitos no sean portadores de la malaria o de la fiebre amarilla.

Heme ya salido, acaso provisionalmente, del camino de la podredumbre. Cuando entré en él, tenía veinticinco años, era en 1931. Estamos en 1941, o sea que han pasado diez años. En 1932, Pradel, el fiscal desalmado, pudo, mediante una requisitoria sin piedad e inhumana, arrojarme, joven y fuerte, a este pozo que es la Administración penitenciaria, fosa llena de líquido viscoso que debe disolverme poco a poco y hacerme desaparecer. Acabo de conseguir, al fin, realizar la primera parte de la fuga. He subido desde el fondo de ese pozo, y estoy en el brocal. Debo poner a contribución toda mi energía e inteligencia para ganar la segunda partida.

La noche pasa lentamente, pero transcurre y no me he dormido. Ni siquiera he soltado el fusil. He permanecido tan despierto, ayudado por las quemaduras y las picaduras de los mosquitos, que ni una sola vez se me ha caído el arma de las manos. Puedo estar contento de mí pues no he arriesgado mi libertad capitulando ante la fatiga. El espíritu ha sido más fuerte que la materia, y me felicito por ello cuando escucho los primeros cantos de los pájaros, que anuncian el próximo despuntar del día. Esos “más madrugadores que los demás” son el preludio de lo que no se hace esperar mucho tiempo.

El negro, después de haberse desperezado, se sienta y, ahora, está frotándose los pies.

– Buenos días. ¿No ha dormido usted?

– No.

– Es una tontería, porque le aseguro que no tiene nada que temer de mí. Estoy decidido a ayudarle para que triunfe en su proyecto.

– Gracias, Jean. ¿Tardará el día en penetrar en la maleza?

– Más de una hora, todavía. Sólo las bestias advierten tanto tiempo antes que todo el mundo que el día va a despuntar. Veremos casi con claridad de aquí a una hora. Présteme su cuchillo, Papillon.

Se lo tiendo sin dudar. Da dos o tres pasos y corta una rama de una planta gruesa. Me da un pedazo grande y se guarda el otro.

– Beba el agua que hay dentro y pásesela por la cara.

Con esa extraña cubeta, bebo y me lavo. Ya es de día. Jean me ha devuelto el cuchillo. Enciendo un cigarrillo, y Jean fuma también. En marcha. Hacia la mitad de la jornada, después de haber chapoteado muchas veces en grandes charcas de lodo muy difíciles de franquear, sin haber tenido ningún encuentro, malo o bueno, hemos llegado a los alrededores del campamento de Inini.

Nos hemos aproximado a una carretera de acceso al campamento.

Una estrecha línea férrea contornea un lado de este amplio espacio talado.

– Es -me dice Jean- una vía férrea por la que sólo circulan carretillas empujadas por los chinos. Estas carretillas hacen un ruido terrible, y se las oye desde lejos.

Asistimos al paso de una de ellas, coronada por un banco en el que se sientan dos guardianes. Detrás, dos chinos con largas varas de madera frenan el artilugio. Se desprenden chispas de las ruedas. Jean me explica que las varas tienen un extremo de acero, y que sirven para empujar o para frenar.

El camino está muy frecuentado. Pasan chinos llevando a sus espaldas rollos de bejucos, otros un jabalí, y algunos fardos de hojas de cocotero. Toda esta gente tiene aspecto de dirigirse hacia el campamento. Jean me dice que hay muchas razones para salir a la selva: cazar, buscar bejuco para fabricar muebles, hojas de coco para confeccionar esteras que protejan las legumbres de los huertos del ardor del sol, atrapar mariposas, moscas, serpientes, etc. Ciertos chinos están autorizados a ir a la selva algunas horas, una vez concluida la tarea impuesta por la Administración. Deben de estar todos de regreso antes de las cinco de la tarde.