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– ¡Ah, era por eso que te encontraba raro! -Y, sin emocionarse en absoluto, me mira fijamente y me dice-: Después de este descubrimiento no estabas tranquilo. Te comprendo; es natural. Y hasta he tenido suerte de que no me apuñalaras por la espalda. Escucha, Papillon: esos tres tipos eran tres cazadores de hombres. Hace una semana o, más bien, diez días, había vendido una buena cantidad de carbón a Chocolate. El chino a quien viste me había ayudado a sacar los sacos de la isla. Es una historia complicada: con una cuerda de más de doscientos metros se arrastran cadenas de sacos que se deslizan por la ciénaga. Bueno. De aquí a un pequeño curso de agua donde estaba la piragua de Chocolate, habíamos dejado muchas huellas. Sacos en mal estado habían dejado caer algunos fragmentos de carbón. Entonces, empezó a rondar el primer cazador de hombres. Por los gritos de las bestias, supe que había alguien en la selva. Vi al tipo sin que él lo advirtiera. No fue difícil atravesar al lado opuesto donde él estaba y, describiendo un semicírculo, sorprenderlo por detrás. Murió sin tan siquiera ver quién lo había matado. Como había advertido que el pantano devuelve los cadáveres que, tras haberse hundido al principio, vuelven a ascender a la superficie al cabo de unos días, lo traje aquí y lo metí en la carbonera.

– ¿Y los otros dos?

– Fue tres días antes de tu llegada. La noche era muy negra y silenciosa, lo que es bastante raro en la selva. Esos dos estaban alrededor del pantano desde la caída de la noche. Uno de ellos, de vez en vez, cuando la humareda iba hacia donde estaban, fue presa de acceso! de tos. A causa de ese ruido, fui advertido de su presencia. Antes de despuntar el día, me aventuré a atravesar la ciénaga por el lado opuesto al lugar donde había localizado la tos. Para resumir, te diré que al primer cazador de hombres lo degollé. Ni siquiera un grito. En cuanto al otro, armado de un fusil de caza, cometió el error de descubrirse, pues estaba demasiado ocupado escrutando la maleza del islote para ver lo que pasaba allí. Lo abatí de un disparo de fusil, y como no estaba muerto, le hundí mi cuchillo en el corazón. He aquí, Papillon, quiénes son los tres tipos que has descubierto en la carbonera. Se trata de dos árabes y un francés. Atravesar la ciénaga con cada uno de ellos a cuestas no fue fácil. Tuve que hacer dos viajes, pues pesaban mucho. Al fin, pude meterlos en la carbonera.

– ¿ Seguro que sucedió así?

– Sí, Papillon, te lo juro.

– ¿Por qué no los echaste a la ciénaga?

– Como te he dicho, la ciénaga devuelve los cadáveres. Algunas veces caen ciervos grandes y, una semana después, ascienden de nuevo a la superficie. Se huele a podrido hasta que las aves de presa los devoran. El festín dura mucho tiempo, y sus gritos y su vuelo atraen a los curiosos. Papillon, te lo juro, no temas nada de mí. Para asegurarte, toma, toma el fusil, si quieres.

Tengo un deseo loco de aceptar el arma, pero me domino y, de la manera más natural posible, digo:

– No, Cuic-Cuic. Si estoy aquí es porque me siento con un amigo. Mañana debes volver a quemar a los cazadores de hombres, porque vete a saber qué puede suceder cuando hayamos partido de aquí. No tengo deseos de que me acusen, ni en rebeldía, de tres asesinatos.

– Sí, volveré a quemarlos mañana. Pero estate tranquilo; nunca pondrá nadie los pies en esta isla. Es imposible pasar sin hundirse.

– ¿Y con una canoa de caucho?

– No había pensado en eso.

– Si alguien trajera a los gendarmes hasta, aquí y a ellos se les metiera en la cabeza la idea de venir a la isla créeme que, con una canoa, pasarían; por eso, es preciso partir lo antes posible.

– De acuerdo. Mañana volveremos a encender la carbonera que, por otra parte, no se ha apagado. Sólo hay que hacer dos chimeneas de aireación.

– Buenas noches, Cuic-Cuic.

– Buenas noches, Papillon. Y, te lo repito, duerme tranquilo, puedes confiar en mí.

Tapado con un cobertor hasta la barbilla, gozo del calor que la prenda me proporciona. Enciendo un cigarrillo. Menos de diez minutos después Cuic-Cuic ronca. Su cerdo, a su lado, respira con fuerza. El fuego ya no despide llamas, pero el tronco de árbol, una brasa que enrojece cuando la brisa penetra en la choza, produce una impresión de paz y sosiego. Saboreo esta comodidad y me duermo con un pensamiento: o mañana me despierto y, entonces, todo irá bien entre Cuic-Cuic y yo, o el chino es un artista más consumado que Sacha Guitry para disimular sus intenciones y contar historias y, en ese caso, ya no veré la luz del sol porque sé demasiado sobre él, y eso puede molestarle.

Con un cuartillo de café en la mano, el especialista en asesinatos en serie me despierta y, como si nada hubiera pasado, me da los buenos días con una sonrisa magníficamente cordial. El día se ha levantado.

– Toma, bébete el café. Cómete una galleta: ya tiene margarina.

Después de haber comido y bebido, me lavo afuera, tomando agua de un tonel que está siempre lleno.

– ¿Quieres ayudarme, Papillon?

– Sí -le digo sin preguntarle a qué.

Tiramos de los pies de los cadáveres medio quemados. Advierto, sin decir nada, que los tres tienen el vientre abierto. El simpático Cuic-Cuic debió de buscar en sus intestinos si llevaban un estuche. ¿Seguro que eran cazadores de hombres? ¿Por qué no cazadores de mariposas o de bestias? ¿Los ha matado para defenderse o para robarles? En fin, ya he pensado bastante en eso. Volvemos a colocarlos en un agujero de la carbonera, bien cubiertos de madera y arcilla. Abrimos dos chimeneas de aireación y la carbonera reanuda sus dos funciones: hacer carbón vegetal y transformar en cenizas los tres fiambres.

– En marcha, Papillon.

El cochinillo encuentra un paso en poco tiempo. En fila india, franqueamos la ciénaga. Siento una angustia tremenda en el momento de arriesgarme por aquel lugar. El hundimiento de Sylvain ha dejado en mí una impresión tan fuerte, que no puedo aventurarme con serenidad. Al fin, con gotas de sudor frío, me lanzo tras Cuic-Cuic. Cada uno de mis pies se encaja en la huella de los suyos. No hay vuelta de hoja: si él pasa, yo debo pasar también.

Más de dos horas de marcha nos conducen al lugar donde Chocolate corta madera. No hemos tenido ningún encuentro en la selva y, por lo tanto, no hemos debido escondernos nunca.

– Buenos días.

– Buenos días, Cuic-Cuic.

– ¿Qué tal?

– Bien.

– Enséñale la embarcación a mi amigo.

La embarcación es muy fuerte; se trata de una especie de chalupa de carga. Es muy pesada, pero robusta. Tanteo con mi cuchillo por todas partes. No penetra en ningún sitio más de medio centímetro. La base está también intacta. La madera con que la han fabricado es de primera calidad.

– ¿Por cuanto la vende usted?

– Por dos mil quinientos francos.

– Le doy dos mil.

– Trato hecho.

– Esta embarcación no tiene quilla. Le pagaré quinientos francos más, pero es preciso que le ponga una quilla, un gobernalle y un mástil. La quilla, de madera dura, como el gobernalle. El mástil, de tres metros, de madera ligera y flexible. ¿Cuándo estará listo?

– Dentro de ocho días.

– Aquí tiene dos billetes de mil y uno de quinientos francos. Los cortaré en dos. Le daré la otra mitad cuando me entregue la embarcación. Guarde los tres medios billetes con usted. ¿Comprendido?

– De acuerdo.

– Quiero permanganato, un barril de agua, cigarrillos y cerillas, víveres para cuatro hombres durante un mes: harina, aceite, café y azúcar. Estas provisiones se las pagaré aparte. Me lo entregará todo en el río, en el Kourou.

– Señor, no puedo acompañarle a la desembocadura.

– No se lo he pedido, le digo que me entregue la canoa en el río, y no en este recodo.

– Aquí tiene los sacos de harina, una cuerda, agujas e hilo de vela.