– Pronto, ven por aquí. Cuelga tu saco en el gancho del que colgarás el coy. Este sitio está cerca de dos ojos de buey cerrados, pero en alta mar los abrirán y siempre respiraremos mejor aquí que en cualquier otro sitio de la jaula.
Le presento a Dega. Estamos hablando, cuando se acerca un hombre. Julot le corta el paso con el brazo y le dice:
– No vengas nunca a este lado si quieres llegar vivo a los duros. ¿Has comprendido?
El otro responde:
– Sí.
– ¿Sabes por qué?
– Sí.
– Entonces, largo de aquí.
El tipo aquel se va. Dega se alegra de esta demostración de fuerza y no lo disimula:
– Con vosotros dos, podré dormir tranquilo dice.
Y Julot responde:
– Con nosotros, estás más seguro que en un chalet de la costa con la ventana abierta.
El viaje ha durado dieciocho días. Un solo incidente: una noche, un fuerte grito despierta a todo el mundo. Encuentran a un individuo con un gran cuchillo clavado entre los hombros. El cuchillo había sido hincado de abajo arriba y atravesado el coy antes de ensartarle a él. El cuchillo, arma temible, tenía más de veinte centímetros de hoja. Inmediatamente, veinticinco o treinta vigilantes nos apuntan con sus pistolas y sus mosquetones, gritando:
– ¡Todo el mundo en cueros, rápido!
Todo el mundo se pone en cueros. Comprendo que van a cachearnos. Me pongo el bisturí bajo el pie derecho descalzo, ›, apoyándome más en la pierna izquierda que en la derecha, pues el hierro me lastima. Pero mi pie tapa el bisturí. Entran cuatro vigilantes y se ponen a registrar calzado y ropas. Antes de entrar han dejado sus armas y cerrado tras de sí la puerta de la jaula,¡, pero desde fuera siguen vigilándonos, con las armas apuntadas sobre nosotros.
– El primero que se mueva es hombre muerto dice la voz de un jefe.
En el registro, descubren tres cuchillos, dos clavos afilados, un sacacorchos y un estuche de oro. Seis hombres salen de la [a jaula, desnudos aún. El jefe del convoy, comandante Barrot, llega acompañado de dos doctores de la infantería colonial y del comandante del barco. Cuando los guardianes han salido de nuestra jaula, todo el mundo se ha vuelto a vestir sin esperar la orden. He recuperado mi bisturí.
Los vigilantes se han retirado hasta el fondo de la bodega. En el centro, Barrot, los otros junto a la escalera. Frente a ellos alineados, los seis hombres en cueros, en posición de firmes.
– Esto es de ése dice el guardián que ha cacheado, cogiendo un cuchillo y designando al propietario.
– Es verdad, es mío.
– Muy bien ~-dice Barrot-. Hará el viaje en una celda sobre las máquinas.
Cada uno es designado, sea por los clavos, sea por el saca corchos, sea por los cuchillos, y cada uno reconoce ser el propietario de los objetos hallados. Cada uno de ellos, siempre en cueros, sube las escaleras, acompañado por dos guardianes. En el suelo queda un cuchillo y el estuche de oro; un hombre solo para los dos objetos. Es joven, de veintitrés o veinticinco años, bien proporcionado, metro ochenta por lo menos, de cuerpo atlético, ojos azules.
– Es tuyo eso, ¿verdad? -dice el guardián, señalándole el estuche de oro.
– Sí, es mío.
– ¿Qué contiene? -pregunta el comandante Barrot, que lo ha cogido.
– Trescientas libras inglesas, doscientos dólares y dos diamantes de cinco quilates.
– Bien, veámoslo.
Lo abre. Como el comandante está rodeado por los otros, no se ve nada, pero se le oye decir:
– Exacto. ¿Tu nombre?
– Salvidia Romeo.
– ¿Eres italiano?
– Sí, señor.
– No serás castigado por el estuche, pero sí por el cuchillo.
– Perdón, el cuchillo no es mío.
– Vamos, no digas eso, lo he encontrado en tus zapatos -dice el guardián.
– El cuchillo no es mío.
– ¿Así que soy un embustero?
– No, pero se equivoca usted.
– Entonces, ¿de quién es este cuchillo? -pregunta el comandante Barrot-. Si no es tuyo, de alguien será.
– No es mío, eso es todo.
– Si no quieres que te metamos en un calabozo, donde te cocerás, pues está situado sobre las calderas, di de quién es el cuchillo.
– No lo sé.
– ¿Me estás tomando el pelo? ¿Encuentran un cuchillo en tus zapatos y no sabes de quién es? ¿Crees que soy un imbécil? O es tuyo, o sabes quién lo ha puesto ahí. Contesta.
– No es mío, y no me toca a mí decir de quién es. No soy ningún chivato. ¿Acaso me ve usted con cara de cabo de vara, por casualidad?
– Vigilante, póngale las esposas a ese tipo. Pagarás cara esta manifestación de indisciplina.
Los dos comandantes, el del barco y el del convoy, hablan entre sí. El comandante del barco, da una orden a un contramaestre, que sube a cubierta. Algunos instantes después, llega un marino bretón, un verdadero coloso, con un cubo de madera seguramente lleno de agua de mar y una soga del grosor de un puño. Atan al hombre al último peldaño de la escalera, de rodillas. El marino moja la soga en el cubo y, luego, golpea despacio, con todas sus fuerzas, las nalgas, los riñones y la espalda del pobre diablo. Ni un grito sale de sus labios, pero la sangre le mana de nalgas y costillas. En este silencio sepulcral, se eleva un grito de protesta de nuestra jaula:
– ¡Hatajo de canallas!
Era todo lo que hacía falta para desencadenar los gritos de todo el mundo: “¡Asesinos! ¡Asquerosos! ¡Podridos!” Cuanto más nos amenazan con dispararnos si no callamos, más chiflamos, hasta que, de pronto, el comandante grita:
– ¡Dad el vapor!
Unos marineros giran unas ruedas y caen sobre nosotros unos chorros de vapor con tal potencia, que en un abrir y cerrar de ojos todo el mundo está cuerpo a tierra. Los chorros de vapor eran lanzados a la altura del pecho. Un miedo colectivo se apoderó de nosotros. Los quemados no se atrevían a quejarse. Aquello no duró ni siquiera un minuto, pero aterrorizó a todo el mundo.
– Espero que habréis comprendido, los que tenéis tantos arrestos. Al más pequeño incidente, haré que os echen vapor. ¿Entendido? ¡Levantaos!
Sólo tres hombres resultaron verdaderamente quemados. Los llevaron a la enfermería. El que había sido azotado volvió con nosotros. Seis años después, moriría en una fuga conmigo.
Durante los dieciocho días que dura el viaje, tenemos tiempo de informarnos o tratar de tener una idea del presidio. Nada será como lo habíamos creído y, sin embargo, Julot habrá hecho todo lo posible para informarnos. Por ejemplo, sabemos que Saint-Laurent-du-Maroni es una población que está a ciento veinte kilómetros del mar, junto al río Maroni. Julot nos explica:
– En esa población se encuentra la penitenciaría, el centro del presidio. En ese centro se efectúa la clasificación por categorías. Los relegados van directamente a ciento cincuenta kilómetros de allí, a una penitenciaría llamada Saint-Jean. Los presidiarios son clasificados inmediatamente en tres grupos:
“Los muy peligrosos, que serán llamados tan pronto lleguen y encerrados en celdas del cuartel disciplinario mientras esperan su traslado a las Islas de la Salvación. Son internados por un tiempo o de por vida. Estas islas están a quinientos kilómetros de Saint-Laurent y a cien kilómetros de Cayena. Se llaman: Royale; la mayor, San José, donde está la cárcel del presidio; y del Diablo, la más pequeña de todas. Los presidiarios no van a la isla del Diablo, salvo muy raras excepciones. Los hombres que están en la del Diablo son presidiarios políticos.
“Luego, los peligrosos de segunda categoría: se quedarán en el campo de Saint-Laurent y serán obligados a hacer trabajos de jardinería y a cultivar la tierra. Cada vez que se les necesita, son enviados a campos muy duros: Camp Forestier, Charvin, Cascade, Crique Rouge, Kílonikitre 42, llamado “Campo de la Muerte”.