El día penetra en la selva de forma muy particular. Diríase que estamos bajo arcadas que reciben el sol encima y no dejan filtrar ningún rayo debajo. Empieza a hacer calor. Entonces, nos encontramos, Maturette, Clousiot y yo, solos. Primer reflejo, nos reímos: todo ha ido sobre ruedas. El único inconveniente es la pierna de Clousíot. Pero éste dice que, como ahora la lleva sujeta con las dos tablillas, se encuentra mejor. Podríamos calentar café en seguida. Rápidamente, hacemos fuego y nos tomamos cada uno un vaso lleno de café muy cargado, endulzado con azúcar terciado. Es delicioso. Hemos gastado tantas energías desde anoche, que no tenemos fuerzas para examinar los víveres ni inspeccionar la embarcación. Lo haremos después. Somos libres, libres, libres. Hace exactamente treinta y siete días que llegamos a los duros. Si conseguimos darnos el piro, mi cadena perpetua no habrá durado mucho. Digo:
– Señor presidente, ¿cuánto duran los trabajos forzados a perpetuidad en Francia?
Y me echo a reír. Y también Maturette, que está en las mismas condiciones que yo. Clousiot dice:
– No cantemos victoria todavía. Colombia queda lejos de nosotros, y esa embarcación, hecha con un árbol ahuecado al fuego, me parece bien poca cosa para hacerse a la mar.
No contesto porque, hablando con franqueza, hasta entonces había creído que la embarcación era una piragua destinada a llevarnos donde estaba el verdadero barco que debía hacerse a la mar. Al descubrir que andaba errado, no me atrevo a decir nada a mis compañeros para, en primer lugar, no desanimarles. Y en segundo lugar, como Jésus parecía encontrar eso muy natural, no quise dar la impresión de que no conocía las embarcaciones que suelen utilizarse para la evasión.
Hemos pasado este primer día hablando y tomando contacto con esa desconocida que es la selva. Los monos y una especie de pequeñas ardillas hacen terribles cabriolas sobre nuestras cabezas. Una manada de báquiras -pequeños puercos monteses-, ha venido a beber y bañarse. Había lo menos dos mil. Entran en la caleta y nadan, arrancando las raíces que cuelgan. Un caimán sale de no sé dónde y atrapa la pata de un puerco, que se pone a chillar como un loco, y, entonces, los puercos atacan al caimán, se suben encima de él, tratan de morderlo en la comisura de su enorme boca. A cada coletazo que da el cocodrilo, manda un puerco a paseo, a derecha o izquierda. Uno de ellos queda sin sentido, flotando, patas arriba. Inmediatamente, sus compañeros se lo comen. La caleta está llena de sangre. El espectáculo ha durado veinte minutos. El caimán se ha sumergido en el agua. No se le ha vuelto a ver.
Hemos dormido bien y, por la mañana, calentamos café. Me había quitado la blusa de marinero para lavarme con un pedazo de jabón que hemos hallado en la canoa. Con mi bisturí, Maturette me afeita muy por encima y, luego, afeita a Clousiot. Maturette es barbilampiño. Cuando cojo mi blusa para ponérmela, una araña enorme, peluda, de un color negro morado, cae de ella. Tiene los pelos muy largos, rematados por algo así como una bolita plateada. Debe pesar unos quinientos gramos, es enorme. La aplasto con repugnancia. Hemos sacado todos los trastos de la canoa, incluido el barrilito de agua. El agua es morada; creo que Jésus le ha echado demasiado permanganato para evitar que se corrompa. En botellas bien cerradas, hay fósforos y rascadores. La brújula es una brújula de colegial; sólo indica el Norte, el Sur, el Este y el Oeste; no tiene graduaciones. Como el mástil sólo mide dos metros y medio, cosemos los sacos de harina en forma de trapecio, con una soga para reforzar la vela en el borde. Hago un pequeño foque en forma de triángulo isósceles: ayudará a levantar la proa de la canoa ante el oleaje.
Cuando colocamos el mástil, noto que el fondo de la canoa no es sólido: el agujero donde entra el mástil está desgastado. Al meter los tirafondos para sujetar los goznes de puertas que servirán de soporte del timón, los tirafondos entran como si de mantequilla se tratase. Esta canoa está podrida. El sinvergüenza de Jésus nos manda a la muerte. A desgana, se lo hago notar a los otros dos, pues no tengo derecho a ocultárselo. ¿Qué haremos? Cuando venga Jésus, le obligaremos a que nos consiga una canoa más segura. Para eso, le desarmaremos, y yo, armado del cuchillo y el hacha, iré con él a la aldea en busca de otra embarcación. Correré un gran riesgo, pero siempre será un riesgo mucho menor que hacerse a la mar con un féretro. Los víveres están bien: hay una bombona de aceite y latas llenas de harina de mandioca. Con eso, puede irse lejos.
Esta mañana, hemos presenciado un curioso espectáculo: una pandilla de monos de cara gris se ha peleado con una pandilla de monos de cara negra y peluda. A Maturette, durante la reyerta, le ha caído un trozo de rama en la cabeza y tiene un chichón como una nuez.
Hace ya cinco días y cuatro noches que estamos aquí. Esta noche, ha llovido a mares. Nos hemos resguardado con hojas de bananos silvestres. El agua resbalaba sobre el barniz de las hojas, pero no nos hemos mojado nada, salvo los pies. Por la mañana, tomando café, pienso en lo criminal que es Jesús. ¡Haberse aprovechado de nuestra inexperiencia para endilgarnos esa canoa podrida! Por ahorrarse quinientos o mil francos, manda a tres hombres a una muerte segura. Me pregunto si después de que le haya obligado a proporcionarnos otra embarcación, no le mataré.
Chillidos de grajos amotinan a todo nuestro pequeño mundo chillidos tan agudos e irritantes que le digo a Maturette que coja el machete y vaya a ver qué pasa. Vuelve a los cinco minutos y me hace signo de que le siga. Llegamos a un paraje donde, aproximadamente a ciento cincuenta metros de la canoa, veo, suspendido en el aire, un maravilloso faisán o ave acuática, dos veces más grande que un gallo. Ha quedado atrapado en un nudo corredizo y cuelga agarrado con una pata a la rama. De un machetazo, le corto el cuello para poner fin a sus horripilantes chillidos. Lo sopeso, hace cinco kilos por lo menos. Tiene espolones como los gallos. Decidimos comérnoslo, pero pensándolo bien, barruntamos que alguien habrá puesto la trampa y que debe de haber más. Vamos a verlo. Nos adentramos en aquellos parajes y encontramos una cosa curiosa: una verdadera barrera de treinta centímetros de alto, hecha de hojas de bejucos trenzados, a diez metros poco más o menos de la caleta. La barrera corre paralelamente al agua. De trecho en trecho, una abertura y, en la abertura, disimulado con ramitas, un nudo corredizo de alambre, sujeto por un extremo a una rama de arbusto doblada. En seguida, comprendo que el animal debe topar con la barrera y bordearla para hallar un paso. Cuando encuentra la abertura, la traspone, pero su pata queda enganchada en el alambre y dispara la rama. Entonces, el animal queda colgado del aire hasta que el propietario de las trampas viene a recogerlo.
Este descubrimiento nos preocupa. La barrera parece bien cuidada; por lo tanto no es vieja. Estamos en peligro de ser descubiertos. No hay que hacer fuego de día, pero, por la noche, el cazador no debe venir. Decidimos turnarnos para vigilar en dirección de las trampas. La canoa está oculta bajo ramas y todo el material en la maleza.
El día siguiente, a las diez, estoy de guardia. Anoche, comimos faisán o gallo, no lo sabemos con certeza. El caldo nos ha sentado muy bien, y la carne, aunque hervida, estaba deliciosa. Cada uno ha comido dos escudillas. Así, pues, estoy de guardia, pero intrigado por la presencia de hormigas mandioca muy grandes, negras y que llevan cada una grandes trozos de hojas a un enorme hormiguero, me olvido de la guardia. Esas hormigas miden casi medio centímetro y tienen las patas largas. Cada una lleva enormes trozos de hojas. Las sigo hasta la planta que están desmenuzando y veo toda una organización. Primero, hay las cortadoras, que no hacen más que preparar trozos. Rápidamente, cizallan una enorme hoja tipo banano, la cortan a trozos, todos del mismo tamaño, con una habilidad increíble, y los trozos caen al suelo. Abajo, hay una hilera de hormigas de la misma raza, pero un poco diferentes. A un lado de la mandíbula, tienen una raya gris. Esas hormigas están en semicírculo y vigilan a las porteadoras. Las porteadoras llegan por la derecha, en fila, y se van por la izquierda hacia el hormiguero. Rápidas, cargan antes de ponerse en fila, pero, de vez en cuando, en su precipitación por cargar y ponerse en fila se produce un atasco. Entonces, las hormigas policías intervienen y empujan a cada una de las obreras hacia el sitio que deben ocupar. No pude comprender qué grave falta había cometido una obrera, pero fue sacada de las filas y dos hormigas gendarmes le cortaron, una la cabeza, la otra el cuerpo, por el medio, a la altura del corsé. Dos obreras fueron paradas por las policías, dejaron su trozo de hoja, hicieron un hoyo con las patas, y las tres partes de la hormiga, cabeza, pecho y abdomen, fueron sepultadas y, luego, cubiertas de tierra.