La Isla de las Palomas
Estaba tan absorto contemplando aquel pequeño mundo y siguiendo a los soldados para ver si su vigilancia llegaba hasta la entrada del hormiguero, que me quedé completamente sorprendido cuando una voz me ordenó:
– No te muevas o eres hombre muerto. Vuélvete.
Es un hombre de torso desnudo, con pantalón corto de color caqui, que calza botas de cuero marrón. Empuña una escopeta de dos cañones. Es de estatura mediana y fornido, y tiene la piel curtida por el sol. Es calvo y su nariz y sus ojos están cubiertos por una máscara muy azul, tatuada. En el mismo centro de la frente, lleva tatuada también una cucaracha.
– ¿Vas armado?
– No.
– ¿Estás solo?
– No.
– ¿Cuántos sois?
– Tres.
– Llévame con tus amigos.
– No puedo, porque uno de ellos tiene un mosquetón y no quiero hacerte matar antes de saber tus intenciones.
– ¡Ah! Entonces, no te muevas y habla en voz baja. ¿Sois vosotros los tres tipos que se han fugado del hospital?
– Sí.
– ¿Quién es Papillon?
– Soy yo.
– ¡Vaya, buena revolución armaste en la aldea con tu evasión! La mitad de los liberados están presos en la gendarmería.
Se acerca y, bajando el cañón de la escopeta hacia el suelo, me tiende la mano y me dice:
– Soy el bretón de la máscara. ¿Has oído hablar de mí?
– No, pero veo que no eres un cazador de hombres.
– Tienes razón, coloco trampas aquí para cazar guacos. El tigre debe haberse comido uno, a menos que hayáis sido vosotros.
– Hemos sido nosotros.
– ¿Quieres café?
En un saco que cuelga de la espalda lleva un termo, me da un POCO de café y él toma también. Le digo:
– Ven a ver a mis amigos.
Viene y se sienta con nosotros. Se ríe suavemente de mi cuento del mosquetón. Me dice:
– Me lo creí, tanto más por cuanto ningún cazador de hombres ha querido salir a buscaros, pues todo el mundo sabe que os fuisteis con un mosquetón.
Nos explica que lleva veinte años en la Guayana y está liberado desde hace cinco. Tiene cuarenta y cinco años. La vida en Francia no le interesa por la tontería que cometió de tatuarse esa máscara en la cara. Adora la selva y vive exclusivamente de ella: pieles de serpiente, pieles de tigre, colecciones de mariposas Y. sobre todo, la caza del guaco, el ave que nos hemos comido. Lo vende a doscientos o doscientos cincuenta francos la presa. Le ofrezco pagárselo, pero rechaza el dinero, indignado. He aquí lo que nos cuenta:
– Ese pájaro salvaje es un gallo de la jungla. Desde luego nunca ha visto ni gallina, ni gallo, ni hombres. Bien, pues atrapo uno, lo llevo a la aldea y lo vendo a alguien que tenga gallinero, pues es muy buscado. Bien. Sin necesidad de cortarle las alas, sin hacer nada, a la caída de la noche, lo dejas en el gallinero y, por la mañana, cuando abres la puerta, está plantado delante y parece que esté contando las gallinas y gallos que salen, los sigue y, mientras come como ellos, mira con los ojos muy abiertos a todos lados, abajo, arriba, en los matorrales de alrededor. Es un perro pastor sin igual. Por la noche, se sitúa -a la puerta y, no se comprende como sabe que faltan una o dos gallinas, pero lo sabe y va a buscarlas. Y. gallo o gallina, los trae a picotazos para enseñarles a ser puntuales. Mata ratas, serpientes, musarañas, arañas, ciempiés y, tan pronto aparece un ave de rapiña en el cielo, hace que todo el mundo se esconda en las hierbas, mientras él le planta cara. Nunca más se va del gallinero.
Aquel ave extraordinaria nos la habíamos comido como si de un vulgar gallo se tratase.
El bretón de la máscara nos dice que Jésus, El Hinchado y unos treinta liberados más están encarcelados en la gendarmería de Saint-Laurent, adonde acuden los demás liberados para ver si entre ellos reconocen a alguno que hubiese merodeado en torno del edificio del que nosotros salimos. El árabe está en el calabozo de la gendarmería, incomunicado, acusado de complicidad. Los dos golpes que le tumbaron no le hicieron ninguna herida, en tanto que los guardianes tienen chichones en la cabeza.
– A mí no me han molestado porque todo el mundo sabe que nunca me lío en ninguna fuga.
Nos dice que Jésus es un sinvergüenza. Cuando le hablo de la canoa, me pide que se la enseñe. Tan pronto la ha visto, exclama:
– ¡Pero si os mandaba a la muerte, el tipo ese! Esta piragua nunca podría flotar más de una hora en el mar. A la primera ola un poco fuerte, cuando recayera, la embarcación se partiría en dos. No os vayáis nunca ahí dentro, sería un suicidio.
– Entonces, ¿qué podemos hacer?
– ¿Tienes pasta?
– Sí.
– Te diré lo que debes hacer, es más, voy a ayudarte, te lo mereces. Te ayudaré por nada, para que triunfes, tú y tus amigos. Primero, en ningún caso debéis acercaros a la aldea. Para tener una buena embarcación, hay que ir a la isla de las Palomas. En esa isla hay casi doscientos leprosos. Allí no hay vigilante, y nadie que esté sano va, ni siquiera el médico. Todos los días, a las ocho, una lancha les lleva el suministro, en crudo. El enfermero del hospital entrega una caja de medicamentos a los dos enfermeros, a su vez leprosos, que cuidan de los enfermos. Nadie, ni guardián, ni cazador de hombres, ni cura, recala en la isla. Los leprosos viven en chozas muy pequeñas que ellos mismos se han construido. Tienen una sala común donde se reúnen. Crían gallinas y patos que les sirven para mejorar su comida habitual. Oficialmente, no pueden vender nada fuera de la isla y trafican clandestinamente con Saint-Laurent, Saint-Jean y los chinos de la Guayana holandesa de Albina. Todos son asesinos peligrosos. Raras veces se matan entre sí, pero cometen numerosos delitos tras haber salido clandestinamente de la isla, adonde retornan para esconderse una vez han realizado sus fechorías. Para esas excursiones, poseen algunas embarcaciones que han robado en la aldea vecina. El mayor delito es poseer una embarcación. Los guardianes disparan contra toda piragua que entre o salga de la isla de las Palomas. Por eso, los leprosos hunden sus embarcaciones cargándolas con piedras; cuando necesitan una, se zambullen, quitan las piedras y la embarcación sube a flote. Hay de todo, en la isla, de todas las razas y todas las regiones de Francia. Conclusión: tu piragua sólo te puede servir en el Maroni y, aún, sin demasiada carga. Para hacerse a la mar, es necesario encontrar otra embarcación y, para eso, no hay nada como la isla de las Palomas.
– ¿Cómo podemos hacerlo?
– Veamos. Yo te acompañaré por el río hasta avistar la isla. Tú no la encontrarías o podrías equivocarte. Está a casi ciento cincuenta kilómetros de la desembocadura; así, pues, hay que volver atrás. Esa isla queda a cincuenta kilómetros más lejos que Saint-Laurent. Te acercaré todo lo posible y, luego, me iré con mi piragua, que habremos remolcado; a ti te toca actuar en la isla.