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Entonces, Clousiot me dice:

– Capitán,¿ adónde se dirige, por favor?

– A Colombia, si Dios quiere.

– Dios lo querrá, ¡por todos los santos! dice Clousiot.

El sol se eleva rápidamente y las ropas no tardan en secarse. La camisa del hospital es transformada en un albornoz de estilo árabe. Mojada, mantiene fresca la cabeza y evita que pillemos una insolación. El mar es de un azul de ópalo, las olas tienen tres metros y son muy largas, lo cual ayuda a viajar con comodidad. El viento se mantiene fuerte y nos alejamos rápidamente de la costa que, de vez en cuando, veo difuminarse en el horizonte. Esa masa verde, cuanto más nos alejamos de ella, tanto más nos revela los secretos de su ornamentación. Mientras miro detrás de mí, una ola mal tomada me llama al orden y también a mi responsabilidad respecto a la vida de mis camaradas y de la mía.

– Voy a cocer arroz -dice Maturette.

– Yo sostendré el hornillo dice Clousiot-, y tú, la olla.

La bombona de gasolina está bien calzada, en la proa, donde está prohibido fumar. El arroz con tocino huele muy bien. Lo comemos calentito, acompañado de dos latas de sardinas. A eso, añadimos un buen café.

– ¿Un traguito de ron?

Rehúso, hace demasiado calor. Por lo demás, no soy muy bebedor. Clousiot, a cada momento, me lía pitillos y me los enciende. la primera comida a bordo ha ido bien. Por la posición del sol, suponemos que son las diez de la mañana. Llevamos solamente cinco horas en alta mar y, sin embargo, se siente que debajo de nosotros el agua es muy profunda. Las olas han menguado de altura y avanzamos cortándolas sin que la canoa golpee. Hace un día maravilloso. Me doy cuenta de que, de día, no se necesita tanto la brújula. De vez en cuando, sitúo el sol con relación a la aguja y me guío por él, resulta muy fácil. La reverberación del sol me lastima los ojos. Siento no haber pensado en hacerme con unas gafas oscuras.

De repente, me dice Clousiot:

– ¡Qué suerte he tenido de encontrarte en el hospital!

– No eres el único; también yo he tenido suerte de que hayas venido.

Pienso en Dega, en Fernández… Si hubiesen dicho “sí”, estarían aquí con nosotros.

– No creas -dice Clousiot-. Hubieses tenido complicaciones para tener al árabe a la hora conveniente a tu disposición en la sala.

– Sí, Maturette nos ha sido muy útil y me felicito de haberle traído, porque es muy fiel, animoso y diestro.

– Gracias-dice Maturette-, y gracias a vosotros dos por haber tenido, pese a mi poca edad y a lo que soy, confianza en mí. Haré lo necesario para estar siempre a la altura.

Luego, digo:

– Y FranVois Sierra, a quien tanto me habría gustado tener aquí, así como a Galgani…

– Tal como se pusieron las cosas, Papillon, no era posible. Si Jésus hubiese sido un hombre correcto y nos hubiese proporcionado una buena embarcación, habríamos podido esperarles en el escondite, Jésus hacerles evadir y traérnoslos. En fin, te conocen y saben perfectamente que, si no les hiciste buscar, es porque era imposible.

– A propósito, Maturette, ¿cómo es que estabas en aquella sala de gente tan peligrosa en el hospital?

– No sabía que era internado. Fui a la visita porque me dolía la garganta y para pasearme, y el doctor, cuando me vio, me dijo: “Veo en tu ficha que vas internado a las Islas. ¿Por qué?” “No lo sé, doctor. ¿Qué es eso de internado?” “Bueno, nada. Al hospital.” Y me encontré hospitalizado, esto es todo.

– Quiso hacerte un favor -dice Clousiot.

– Vete a saber por qué lo hizo. Ahora, debe decirse: “Mi protegido, con su pinta de monaguillo, no era tan bobo, puesto que se ha dado el piro.”

Hablamos de tonterías. Digo:

– ¡Quién sabe si encontraremos a Julot, el hombre del martillo! Debe de estar lejos, a menos que siga escondido en la selva.

– Yo, al marcharme -dice Clousiot-, dejé una nota en la almohada: “Se fue sin dejar señas.”

Todos nos echamos a reír.

Navegamos durante cinco días sin novedad. De día, el sol por su trayectoria Este-Oeste me sirve de brújula. De noche, uso la brújula. El sexto día, por la mañana, nos saluda un sol resplandeciente, el mar se ha encalmado de repente, peces voladores pasan cerca de nosotros. Estoy exhausto. Esta noche, para impedir que me durmiese, Maturette me pasaba por la cara un trapo empapado en agua de mar y, a pesar de ello, me adormilaba. Entonces, Clousiot me quemaba con su cigarrillo. Como hay calma chicha, he decidido dormir. Arriamos la vela y el foque, dejando tan sólo el trinquete, y duermo como un tronco en el fondo de la canoa, bien resguardado del sol por la vela, tendida sobre mí. Me despierto zarandeado por Maturette, quien me dice:

– Es mediodía o la una, pero te despierto porque el viento refresca y el horizonte, de donde sopla el viento, está oscuro.

Me levanto y ocupo mí puesto. Sólo está izado el foque y nos hace deslizar sobre el mar terso. Detrás de mí, al Este, todo es oscuro y el viento refresca cada vez más. El trinquete y el foque bastan para impeler la embarcación muy rápidamente. Hago sujetar bien la vela enrollada en el palo.

– Agarraos bien, pues, por lo visto, se acerca un temporal.

Gordas gotas empiezan a caer encima de nosotros. Esa oscuridad que se aproxima a una velocidad vertiginosa, en menos de un cuarto de hora llega de! horizonte hasta muy cerca de nosotros. Ya está, ya llega, un viento de violencia inaudita nos embiste. Las olas, como por arte de encantamiento, se forman a una velocidad increíble, crestadas de espuma. El sol está tapado por completo, llueve a torrentes, no se ve nada y las olas, al romper en la embarcación, me mandan rociadas que me azotan la cara. Es la tempestad, mi primera tempestad, con toda la charanga de la Naturaleza desatada, truenos, relámpagos, lluvia, oleaje, el ulular del viento que ruge sobre y en torno a nosotros.

La canoa, llevada como una brizna de paja, sube y baja a alturas increíbles y a abismos tan profundos que tenemos la impresión de que no saldremos del trance. Sin embargo, pese a esas zambullidas fantásticas, la embarcación trepa, salva otra cresta de ola y pasa, pasa siempre. Sostengo la barra con ambas manos y, creyendo que conviene resistir un poco una ola más alta que veo acercarse, cuando apunto para cortarla, embarco una gran cantidad de agua. Toda la canoa queda inundada. Debe de haber más de setenta y cinco centímetros de agua. Nerviosamente, sin querer, me atravieso a una ola, lo cual es sumamente peligroso, y la canoa queda tan escorada, a punto de volcar, que por sí sola echa gran parte del agua que había embarcado.

– ¡Bravo! – grita Clousiot-. ¡Sabes lo que te haces, Papillon! Pronto has achicado la canoa.

– ¡Sí, ya lo has visto! digo.

¡Si supiese que por mi falta de experiencia hemos estado a punto de irnos a pique zozobrando en alta mar! Decido no volver a luchar contra el curso de las olas, ya no me preocupo de la dirección, trato simplemente de mantener la canoa en el máximo equilibrio posible. Tomo la olas al sesgo, bajo deliberadamente al fondo con ellas y subo con el mismo mar. No tardo en percatarme de la importancia de mi descubrimiento, pues así he suprimido el noventa por ciento de posibilidades de peligro.

La lluvia cesa, el viento sigue soplando rabiosamente, puedo ver delante y detrás de mí. Detrás, hay claridad, te,

oscuridad, estamos en medio de ambos extremos.

Hacia las cinco, todo ha terminado. El sol brilla de nuevo sobre nosotros, el viento es normal, las olas, menos altas. Izo la vela y seguimos navegando, contentos de nosotros mismos. Con cazuelas, mis dos compañeros han achicado el agua que quedaba en la canoa. Sacamos las mantas: atadas al palo, el viento no tardará en secarlas. Arroz, harina, aceite, café doble y un buen trago de ron. El sol está a punto de ponerse, iluminando con todas sus luces este mar azul en un cuadro inolvidable: el cielo es todo rojo oscuro, el sol, sumido en parte en el mar, proyecta grandes lenguas amarillas, tanto hacia el cielo y sus pocas nubes blancas, como hacia el mar; las olas, cuando suben, son azules en el fondo, verdes después, y la cresta, roja, rosa o amarilla según el color del rayo que bate en ella. Me invade una paz de una dulzura poco común, y con la paz, la sensación de que puedo tener confianza en mí. He salido airoso y la breve tempestad me ha sido muy útil. Solo, he aprendido a maniobrar en esos casos. Afrontaré la noche con completa serenidad.