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Anochece y, tras haber pedido que pongan la embarcación un poco más lejos y haberla amarrado a otra mucho mayor que está varada en la playa, sigo al inglés hasta su casa. Es un bungalow como pueden verse en toda tierra inglesa; unos cuantos peldaños de madera, una puerta metálica. Entro detrás del inglés, Maturette me sigue. Al entrar, sentado en un sillón, con su pierna herida sobre una silla, veo a Clousiot, quien se pavonea rodeado por una señora y una chica.

– Mi mujer y mi hija -me dice el caballero-. Tengo un hijo que estudia en Inglaterra.

– Sean bien venidos a esta casa -dice la señora, en francés.

– Siéntense, caballeros -dice la muchacha, acercándonos dos sillones de mimbre.

– Gracias, señoras, no se molesten tanto por nosotros.

– ¿Por qué? Sabemos de dónde vienen ustedes, pueden estar tranquilos y, se lo repito: sean bien venidos a esta casa.

El señor es abogado, se llama Master Bowerí, tiene su bufete en la capital, a cuarenta kilómetros, en Port of Spain, capital de Trinidad. Nos traen té con leche, tostadas, mantequilla, confitura. Fue nuestra primera velada de hombres libres, nunca la olvidaré. Ni una palabra del pasado, ninguna pregunta indiscreta, solamente cuántos días hemos pasado en el mar y cómo nos ha ido el viaje; si Clousiot padecía mucho y si deseábamos que avisasen a la Policía al día siguiente o esperar un día antes de avisarla; si vivían nuestros padres, o si teníamos mujer e hijos. Si deseábamos escribirles, ellos echarían las cartas a Correos. ¿Cómo decirlo?: un recibimiento excepcional, tanto del pueblo en la playa como de aquella familia llena de indescriptibles atenciones para con tres fugitivos.

Master Bowen consulta por teléfono a un médico, quien le dice que le mande el enfermo a su clínica mañana por la tarde para hacerle una radiografía y demás. Master Bowen telefonea a Port of Spain, al comandante del Ejército de Salvación. Este dice que nos preparará una habitación en el hotel del Ejército de Salvación, que vayamos cuando queramos, que guardemos bien nuestra embarcación si es buena, pues la necesitaremos para seguir el viaje. Pregunta si somos presidiarios o relegados, le contestan que somos presidiarios. Al abogado parece gustarle que seamos presidiarios.

– ¿Quieren ustedes tomar un baño y afeitarse? -me pregunta la muchacha. Sobre todo, no digan que no, no nos molesta en absoluto. En el cuarto de baño encontrarán ropas que, por lo menos así lo espero, les irán bien.

Paso al cuarto de baño, me baño, me afeito y salgo bien peinado, con un pantalón gris, camisa blanca, zapatos de tenis y calcetines blancos.

Un hindú llama a la puerta, trae un paquete bajo el brazo y se lo entrega a Maturette diciéndole que el letrado ha notado que yo era más o menos de la misma talla que el abogado y que no costaba nada vestirme, pero que para el pequeño Maturette no podía encontrar prendas adecuadas, pues nadie, en casa del abogado, tenía su corta estatura. Se inclina, como hacen los musulmanes, ante nosotros, y se retira. Ante tanta bondad, ¿qué puedo decir? La emoción que me henchía el pecho es indescriptible. Clousiot fue el primero en acostarse. Luego, nosotros cinco cambiamos abundantes impresiones sobre diferentes cosas. Lo que más intrigaba a aquellas encantadoras mujeres era qué pensábamos hacer para reconstruirnos una existencia. Nada del pasado, todo sobre el presente y el futuro. Master Bowen lamentaba que en la isla de Trinidad no se acepte el afincamiento de evadidos. Me explicó que él había solicitado repetidas veces la derogación de esa medida, pero que jamás le hicieron caso.

La muchacha habla un francés muy puro, como el padre, sin acento ni defecto de pronunciación alguno. Es rubia, pecosa, y tiene de diecisiete a veinte años, no me he atrevido a preguntarle la edad. Dice:

– Son ustedes muy jóvenes y la vida les espera, no sé lo que habrán hecho para ser condenados ni quiero saberlo, pero haber tenido el valor de hacerse a la mar en una embarcación tan pequeña para un viaje tan largo y peligroso, denota que están dispuestos a jugárselo todo para ser libres y eso es digno de mérito.

Hemos dormido hasta las ocho de la mañana. Al levantarnos encontramos la mesa puesta. Las dos damas nos dicen con toda naturalidad que Master Bowen se ha ido a Port of Spain y que no volverá hasta la tarde con las informaciones necesarias para actuar en favor nuestro.

Ese hombre que abandona su casa con tres presidiarios evadidos dentro nos da una lección sin par, como queriendo decirnos: “Sois seres normales; fijaos si tengo confianza en vosotros, que os dejo solos en mi casa al lado de mi mujer y de mi hija.” Esta manera tácita de decirnos: “He visto, tras haber conversado con vosotros tres, a seres perfectamente dignos de confianza, hasta el punto de que, no dudando que no podréis ni de hecho, ni de gesto, ni de palabra comportaros mal en mi casa, os dejo en mi hogar como si fueseis viejos amigos”, esta manifestación, digo, nos ha conmovido mucho.

No soy ningún intelectual que pueda describir, lector -si algún día este libro tiene lectores, con la intensidad necesaria, con suficiente inspiración, la emoción, la formidable impresión de respeto de nosotros mismos, no de una rehabilitación, sino de una nueva vida. Ese bautismo imaginario, ese baño de pureza, esa elevación de mi ser por encima del fango en el que me encontraba encenagado, esa manera de ponerme frente a una responsabilidad real así de pronto, acaban de hacer, de una manera tan simple, otro hombre de mí, hasta el punto de que ese complejo de presidiario que incluso cuando uno está libre oye sus grilletes y cree en todo instante que alguien le vigila, que todo cuanto he visto, pasado y aguantado, todo lo que he sufrido, todo lo que me conducía a ser un hombre corrompido, peligroso en todos los momentos, pasivamente obediente en la superficie y tremendamente peligroso en su rebeldía, todo eso ha desaparecido como por ensalmo. ¡Gracias, Master Bowen, abogado de Su Majestad, gracias por haber hecho de mí otro hombre en tan poco tiempo!

La rubísima muchacha de ojos tan azules como el mar que nos rodea está sentada conmigo bajo los cocoteros de la casa de su padre. Buganvillas rojas, amarillas y malva en flor dan a este jardín la pincelada de poesía que este instante requiere.

– Monsieur Henri -me llama señor. ¡Cuánto tiempo hace que no me han llamado señor-, como papá le dijo ayer, una incomprensión injusta de las autoridades inglesas hace que, desgraciadamente, no puedan -ustedes quedarse aquí. Sólo les conceden quince días para que descansen y vuelvan a hacerse a la mar. Por la mañana temprano, he ido a ver su embarcación; es muy ligera y muy pequeña para el viaje tan largo que les aguarda. Esperemos que lleguen ustedes a una nación más hospitalaria y más comprensiva que la nuestra. Todas las islas inglesas tienen la misma forma de obrar en esos casos. Le pido, si en ese futuro viaje sufren ustedes mucho, que no guarden rencor al pueblo que habita en estas islas; no es responsable de esa forma de ver las cosas, son órdenes de Inglaterra, que emanan de personas que no les conocen a ustedes. La dirección de papá es 101, Queen Street, Port of Spain, Trinidad. Le pido, si Dios quiere que pueda hacerlo, que nos escriba unas letras para que sepamos qué ha sido de ustedes.

Estoy tan emocionado que no sé qué responder. Mrs. Bowen se acerca a nosotros. Es una hermosísima mujer de unos cuarenta años, rubia castaño, ojos verdes. lleva un vestido blanco muy sencillo, ceñido por un cordón blanco, y calza sandalias verde dato.

– Señor, mi marido no vendrá hasta las cinco. Está tratando de conseguir que vayan ustedes sin escolta policíaca, en su coche, a la capital. También pretende evitarles que tengan que pasar la primera noche en la Comisaría de Policía de Port of Spain. Su amigo herido irá directamente a la clínica de un médico a amigo, y ustedes dos, al hotel del Ejército de Salvación.