– ¿Usted no es de aquí, verdad?
– Sí, soy de Barranquilla.
– No, no es usted colombiano, sus cabellos son demasiado claros y su tez es oscura porque está tostado por el sol. ¿De dónde viene usted?
– De Río Hacha.
– ¿Qué hacía allí?
– De electricista.
– ¡Ah! Tengo un amigo en la Compañía de electricidad, se llama Pérez, es español. ¿Lo conoce usted?
– Sí.
– Me alegro.
Al terminar el almuerzo, se levantan para ir a lavarse las manos y la irlandesa vuelve sola. Me mira y luego, en francés, dice:
– No le delataré, pero mi compañera dice que ha visto su fotografía en un periódico. ¿Es usted el francés que se fugó de la prisión de Río Hacha, verdad?
Negar sería aún más grave.
– Sí, hermana. Se lo ruego, no me denuncie. No soy la mala persona que dicen. Quiero a Dios y le respeto.
Llega la española y la otra le dice:
– Sí.
Ella contesta muy rápidamente algo que no entiendo- Ambas parecen reflexionar, se levantan y van otra vez a los lavabos. Durante los cinco minutos que dura su ausencia, reacciono rápidamente. ¿Debo irme antes de que vuelvan, debo quedarme? Si piensan denunciarme lo mismo da, pues si me voy, no tardarán en dar conmigo. Esta región no tiene ninguna selva demasiado espesa y los accesos a los caminos que llevan a las ciudades seguramente pronto estarían vigilados. Voy a confiar en el destino que, hasta hoy, no me ha sido contrario.
Vuelven muy sonrientes. La irlandesa me pregunta cómo me llamo.
– Enrique.
– Bien, Enrique, irá usted con nosotras hasta el convento al que nos dirigimos, que está a ocho kilómetros de Santa Marta. Con nosotras en la carreta no tiene nada que temer durante el trayecto. No hable, todo el mundo creerá que es usted un trabajador del convento.
Las hermanas pagan la comida de todos. Compro un cartón de doce paquetes de cigarrillos y un encendedor de yesca. Nos vamos. Durante todo el trayecto, las hermanas no me dirigen la palabra y se lo agradezco. Así, el carretero no nota que hablo mal. Al final de la tarde, nos paramos delante de una gran posada. Hay un coche de línea en el que leo: “Río Hacha – Santa Marta.” Me dan ganas de tomarlo. Me acerco a la monja irlandesa y le comunico mi intención de utilizar ese autocar.
– Es muy peligroso dice ella-, pues antes de llegar a Santa Marta hay por lo menos dos puestos de Policía donde piden a los pasajeros su cédula, lo cual no pasará en la carreta.
Le doy las gracias vivamente y, entonces, la angustia que tenía desde que ellas me descubrieron desaparece por completo. Era, por el contrario, una suerte inaudita para mí haber encontrado a las buenas hermanitas. En efecto, a la caída de la noche, llegamos a un puesto de Policía [en español alcabala (sic)]. Un coche de línea, procedente de Santa Marta con destino a Río Hacha, era registrado por la Policía. Estoy tumbado de espaldas en la carreta, con el sombrero de paja sobre la cara, fingiendo, dormir. Una niña de unos ocho años tiene reclinada su cabeza en mi hombro y duerme de veras. Cuando la carreta pasa, el carretero para sus caballos entre el auto y el puesto.
– ¿Cómo están por aquí? -dice la hermana española.
– Muy bien, hermana.
– Me alegro, vámonos, muchachos. Nos vamos tranquilamente.
A las diez de la noche, otro puesto, muy iluminado. Dos filas de vehículos de todas clases esperan, parados. Una viene de derecha; la nuestra, de la izquierda. Abren los portaequipajes los automóviles y miran dentro. Veo a una mujer, obligada a apearse, que hurga en su bolso. Es llevada al puesto de Policía. Probablemente, no tiene cédula. En tal caso, no hay nada que hacer, los vehículos pasan uno tras otro. Como hay dos filas,~ no puede haber un paso de favor. Por falta de espacio, hay que resignarse a aguardar. Me veo perdido. Delante de nosotros, hay un microbús atestado de pasajeros. Arriba, en el techo, maletas y grandes paquetes. Atrás, también una especie de gran red llena de paquetes. Cuatro policías hacen bajar a los pasajeros. Ese autocar sólo tiene una portezuela delantera. Hombres y mujeres se apean. Algunas mujeres con sus críos en brazos. Uno a uno, vuelven a subir.
– ¡Cédula! ¡Cédula!
Y todos salen y enseñan una tarjeta con su foto.
Zorrillo nunca me había hablado de eso. De haberlo sabido, quizás habría podido tratar de procurarme una cédula falsa. Pienso que si paso este puesto, pagaré lo que sea, pero me haré con una cédula antes de viajar desde Santa Marta a Barranquilla, ciudad muy importante en la costa atlántica.
¡Dios mío, cuánto tarda la operación de este autocar! La irlandesa se vuelve hacia mí:
– Esté tranquilo, Enrique.
Inmediatamente, le guardo rencor por esa frase imprudente, pues el carretero la habrá oído.
Nuestra carreta avanza a su vez en la luz deslumbrante. He decidido sentarme. Pienso que, tumbado, puedo dar la impresión que me escondo. Estoy adosado a las tablas de la carreta y miro hacia las espaldas de las hermanas. Sólo pueden verme de perfil y llevo el sombrero bastante calado, pero sin exagerar:
– ¿Cómo están todos por aquí? -repite la hermanita española.
– Muy bien, hermanas. ¿Y cómo viajan tan tarde?
– Por una urgencia, por eso no me detengo. Somos muy apuradas. (sic)
– Vayan con Dios, hermanas.
– Gracias, hijos. Que Dios les proteja.
– Amén -dicen los policías.
Y pasamos tranquilamente sin que nadie nos pregunte nada. Las emociones de los minutos pasados deben haberles revuelto las tripas a las hermanitas, pues, cien metros más allá, hacen parar el vehículo para bajar y perderse un momento en la maleza. Reemprendemos la marcha. Me pongo a fumar. Estoy tan emocionado que, cuando la irlandesa sube, le digo:
– Gracias, hermana.
Ella me dice:
– No hay de qué, pero hemos pasado tanto miedo que se nos ha descompuesto el vientre.
Hacia medianoche, llegamos al convento. Una gran tapia, un gran portón. El carretero lleva los caballos y la carreta a la cuadra y las tres niñas son conducidas al interior del convento. En la escalinata del patio, se entabla una acalorada discusión entre la hermana portera y las dos hermanas. La irlandesa me dice que no quiere despertar a la madre superiora para pedirle autorización DE que yo duerma en el convento. En este momento, me falta decisión. Hubiese debido aprovechar el incidente para retirarme y salir hacia Santa Marta, puesto que sabía que sólo distaba ocho kilómetros.
Aquel error me costó más tarde siete años de presidio.
Por fin, despertada la madre superiora, me han dado una habitación en el segundo piso. Desde la ventana veo las luces de la ciudad. Distingo el faro y las luces de posición. Del puerto sale un gran buque.
Me duermo, y el sol ha salido ya cuando llaman a mi puerta. He tenido una pesadilla atroz. Lali se abría el vientre delante de mí y nuestro hijo salía de su vientre a pedazos.
Me afeito y me aseo rápidamente. Bajo. Al pie de la escalera, está la hermana irlandesa, que me recibe con una leve sonrisa:
– Buenos días, Henri. ¿Ha dormido usted bien?
– Sí, hermana.
– Venga, por favor, al despacho de nuestra madre. Quiere verle.
Entramos. Una mujer está sentada detrás de su escritorio. Tiene el semblante sumamente severo, es una persona de unos cincuenta años, tal vez más. Me mira con ojos oscuros, sin amenidad.
– Señor, ¿sabe usted hablar español?
– Muy poco.
– Entonces, la hermana nos servirá de intérprete.
– Me han dicho que es usted francés.
– Sí madre.
– ¿Se ha evadido de la prisión de Río Hacha?
– Sí madre.
– ¿Cuánto tiempo hace de esto?
– Siete meses, aproximadamente.
– ¿Qué ha hecho usted durante ese tiempo?