Le ruego, etc…
Como el convento dista ocho kilómetros de Santa Marta, el coche no regresa hasta hora y media después. El comandante, entonces, me envía a buscar.
– Ya está. Cuéntalas por si falta alguna.
Las cuento. No por saber si falta alguna, pues no sé exactamente su número, sino para saber cuántas perlas están ahora en manos de ese rufián: quinientas sesenta y dos.
– ¿Es eso?
– Sí.
– ¿No falta ninguna?
– No. Ahora, cuéntame.
– Cuando he llegado al convento, la superiora estaba en el patio. Encuadrado por los dos policías, he dicho: “Señora, para un asunto muy grave que usted adivinará, es necesario que hable con la hermana irlandesa en presencia de usted. “
– ¿Y entonces?
– La hermana ha leído temblorosa esa carta a la superiora. Esta no ha dicho nada. Ha bajado la cabeza, ha abierto el cajón de su escritorio y me ha dicho: “Ahí está el talego, con sus perlas. Que Dios perdone a la culpable de un crimen semejante hacia ese hombre. Dígale que rezamos por él.” ¡Y ya está, hombre! -termina diciendo, radiante, el comandante.
– ¿Cuándo vendemos las perlas?
– Mañana. No te pregunto de dónde proceden, ahora sé que eres un matador peligroso, pero sé también que eres un hombre de palabra y persona honrada. Toma, llévate este jamón y esta botella de vino y este pan francés para que celebres con tus amigos este día memorable.
– Buenas noches…
Y llego con una botella de dos litros de chianti, un jamón ahumado de casi tres kilos y cuatro panes largos franceses. Es una cena de fiesta. El jamón, el pan y el vino menguan rápidamente. Todo el mundo come y bebe con buen apetito.
– ¿Crees que un abogado podría hacer algo por nosotros?
Me echo a reír. ¡Pobrecitos, también ellos han creído en el cuento del abogado!
– No lo sé. Hay que estudiar y consultar antes de pagar.
– Lo mejor -dice Clousiot- sería pagar sólo en caso de éxito.
– Sí, hay que encontrar un abogado que acepte esa proposición.
Y no hablo más del asunto. Estoy un poco avergonzado.
El día siguiente, vuelve el libanés:
– Resulta muy complicado dice-. Primero, hay que clasificar las perlas por tamaños; luego, por oriente; después según la forma; ver si son bien redondas o raras.
En suma, no sólo es complicado, sino que, además, el libanés dice que debe traer a otro posible comprador, más competente que él. En cuatro días, terminamos. Paga treinta mil pesos. En el último momento he retirado una perla rosa y dos perlas negras para regalárselas a la mujer del cónsul belga. Como buenos comerciantes, ellos lo han aprovechado para decir que esas tres perlas valen cinco mil pesos. De todos modos, me quedo con las perlas.
El cónsul belga pone dificultades para aceptar las perlas. Me guardará los quince mil pesos. Por lo tanto, poseo veintisiete mil pesos. Ahora, el problema estriba en llevar a buen término el tercer asunto.
¿Cómo y de qué manera lo emprenderé? Un buen obrero ganaba en Colombia de ocho a diez pesos diarios. Así pues, veintisiete mil pesos son una fuerte suma. Al hierro candente, batir de repente. Es lo que haré. El comandante ha cobrado veintitrés mil pesos. Con esos otros veintisiete mil, tendrá cincuenta mil francos.
¿cuánto vale una tienda que hiciese vivir a alguien mejor de lo que vive usted?
– Un buen comercio vale, al contado, de cuarenta a sesenta mil pesos.
– ¿Y qué renta? ¿Tres veces más de lo que usted gana? ¿Cuatro veces?
– Más. Produce cinco o seis veces más de lo que gano.
– ¿Por qué no se hace usted comerciante?
– Necesitaría el doble de lo que tengo.
– Escucha, comandante, tengo un tercer asunto que proponer.
– No juegues conmigo.
– No, te lo aseguro. ¿Quieres los veintisiete mil pesos que tengo? Serán tuyos cuando quieras.
– ¿Cómo?
– Déjame marchar.
– Escucha, francés, sé que no confías en mí. Antes, quizá, tenías razón. Pero ahora que, gracias a ti, he salido de la miseria o casi, cuando puedo comprarme una casa y mandar a mis hijos a un colegio de pago, sabe que soy tu amigo. No quiero robarte y que te maten; aquí no puedo hacer nada por ti, ni siquiera por una fortuna. No puedo hacerte evadir con posibilidades de éxito.
– ¿Y si te demuestro lo contrario?
– Entonces ya veremos, pero antes piénsalo bien.
¿Tienes algún amigo pescador?
– Sí.
– ¿Puede ser capaz de sacarme al mar y venderme su embarcación?
– No lo sé.
– ¿Cuánto vale, más o menos, su barca?
– Dos mil pesos.
– Si le doy siete mil a él y veinte mil a ti, ¿qué tal?
– Francés, con diez mil me basta, guárdate algo para ti.
– Arregla las cosas.
– ¿Te irás solo?
– No.
– ¿Cuántos?
– Tres en total.
– Deja que hable con mi amigo pescador.
El cambio de ese tipo respecto a mí me deja estupefacto. Con su pinta de asesino, en el fondo de su corazón oculta hermosos sentimientos.
En el patio, he hablado con Clousiot y Maturette. Me dicen que obre según me venga en gana, que están dispuestos a seguirme. Ese abandono de sus vidas en mis manos me produce una satisfacción muy grande. No abusaré de ellos, seré prudente hasta el máximo, pues he cargado con una gran responsabilidad. Pero debo advertir a nuestros otros compañeros. Acabamos de terminar un torneo de dominó. Son casi las nueve de la noche. Es el último momento que nos queda para tomar café. Llamo:
– ¡Caletero!
Y nos hacemos servir seis cafés bien calientes.
– Tengo que hablaros. Escuchad. Creo que voy a poder fugarme otra vez. Desgraciadamente, sólo podemos irnos tres. Es normal que me vaya con Clousiot y Maturette, pues con ellos me evadí de los duros. Si uno de vosotros tiene algo en contra, que lo diga francamente, le escucharé.
– No -dice el bretón-, es justo desde todos los puntos de vista. Primero, porque os fuisteis juntos de los duros. Luego, porque si estáis en esta situación es por culpa nuestra, que quisimos desembarcar en Colombia. Papillon, gracias de todos modos por habernos preguntado nuestro parecer. Pero tienes perfecto derecho a obrar así. Dios quiera que tengáis suerte, pues si os cogen, la muerte es segura y en condiciones tremendas.
– Lo sabemos, dicen a la par Clousiot y Maturette.
El comandante me ha hablado por la tarde. Su amigo está conforme. Pregunta qué queremos llevarnos en la barca.
– Un barril de cincuenta litros de agua dulce, veinticinco kilos de harina de maíz y seis litros de aceite. Nada más.
– ¡Carajo! -exclama el comandante-. ¿Con tan pocas cosas quieres hacerte a la mar?
– Sí.
– Eres valiente, francés.
Muy bien. Está decidido a hacer la tercera operación. Fríamente, añade:
– Hago eso, lo creas o no, por mis hijos, y, después, por ti. Lo mereces por tu valentía.
Sé que es verdad y le doy las gracias.
– ¿Cómo harás para que no se note demasiado que yo estaba de acuerdo contigo?
– Tu responsabilidad no quedará en entredicho. Me iré por la noche, cuando esté de guardia el segundo comandante.
– ¿Cuál es tu plan?
– Mañana empiezas por quitar un policía de la guardia nocturna. Dentro de tres días, quitas otro. Cuando sólo quede uno, haces poner una garita frente a la puerta de la celda. La primera noche de lluvia, el centinela irá a resguardarse en la garita y yo saltaré por la ventana trasera. Contra la luz que alumbra los alrededores de la tapia, es menester que encuentres el medio de provocar tú mismo un cortocircuito. Es todo lo que te pido. Puedes hacer el cortocircuito lanzando tú mismo un hilo de cobre de un metro, atado a dos piedras, contra los dos hilos que van al poste, en la hilera de bombillas que alumbran la parte alta de la tapia. En cuanto al pescador, la barca debe estar amarrada con una cadena cuyo candado habría forzado él personalmente, de forma que yo no tenga que perder tiempo, con las velas a punto de ser izadas y tres grandes pagayas para tomar el viento.