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– Pero, ¡si tiene un motorcito! -dice el comandante.

– ¡Ah! Entonces, mejor aún: que ponga el motor en punto muerto como si lo recalentase y que se vaya al primer café a tomar unas copas. Cuando nos vea llegar, debe apostarse al pie de la barca con un impermeable negro.

– ¿Y el dinero?

– Cortaré por la mitad tus veinte mil pesos, cada billete quedará partido. Los siete mil pesos los pagaré por adelantado al pescador. Primero, te daré la mitad de los medios billetes y, la otra mitad, te será entregada por uno de los franceses que se quedan, ya te diré cual.

– ¿No te fías de mí? Haces mal.

– No, no es que no me fíe de ti, pero puedes cometer un error en el cortocircuito y, entonces, no pagaré, pues si no hay cortocircuito no puedo irme.

– Bien.

Todo está listo. Por mediación del comandante, he dado los siete mil pesos al pescador. Hace ya cinco días que sólo hay un centinela. La garita está colocada y esperamos la lluvia que no viene. El barrote ha sido aserrado con limas facilitadas por el comandante, la muesca bien rellena y, por si fuese poco, disimulada por una jaula donde vive un loro que- ya empieza a decir mierda en francés. Estamos sobre ascuas. El comandante tiene una mitad de los medios billetes. Cada noche, esperamos. No llueve. El comandante debe provocar, una hora después de la lluvia, el cortocircuito en la tapia, por el lado exterior. Nada nada, no hay lluvia en esta estación, es increíble. La más pequeña nube que aparece temprano a través de nuestras rejas nos llena de esperanza y, luego, nada. Es como para volverse majareta perdido. Hace ya dieciséis días que todo está a punto, dieciséis días de vela, con el corazón en un puño. Un domingo, por la mañana el comandante viene personalmente a buscarme en el patio y me lleva a su despacho. Me devuelve el paquete de los medios billetes y tres mil pesos en billetes enteros.

– ¿Qué pasa?

– Francés, amigo mío, sólo te queda esta noche. Mañana a las seis os vais todos a Barranquilla. Sólo te devuelvo tres mil pesos del pescador, porque él se ha gastado el resto. Si Dios quiere que llueva esta noche, el pescador te esperará y, cuando tomes la barca, le darás el dinero. Confío en ti, sé que no tengo nada que temer.

Intentos de fuga en Barranquilla

A las seis de la mañana, ocho soldados y dos cabos acompañados por un teniente nos ponen las esposas y marchamos hacia Barranquilla en un camión militar. Hacemos los ciento ochenta kilómetros en tres horas y media. A las diez de la mañana, estamos en la prisión llamada la “80”, en la calle de Medellín, Barranquilla. ¡Tantos esfuerzos para no ir a Barranquilla y, pese a todo, estar aquí! Es una ciudad importante. El primer puerto colombiano del Atlántico, pero situado en el interior del estuario de un río, el río Magdalena. En cuanto a su prisión, hay que decir que es importante: cuatrocientos presos y casi cien vigilantes. Ha sido organizada como cualquier prisión de Europa. Dos muros de ronda, de más de ocho metros de altura.

Nos recibe el estado mayor de la prisión con don Gregorio, el director, al frente. La prisión se compone de cuatro patios. Dos a un lado, dos en el otro. Están separados por una larga capilla donde se celebra misa y que también sirve de locutorio. Nos ponen en el patio de los más peligrosos. Durante el registro, han encontrado los veintitrés mil pesos y las flechitas. Considero mi deber advertir al director que están emponzoñadas, lo cual no es como para hacernos pasar por buenos chicos.

– ¡Hasta tienen flechas envenenadas esos franceses!

Encontrarnos en esta prisión de Barranquilla es, para nosotros, el momento más peligroso de nuestra aventura. Pues aquí, en efecto, es donde seremos entregados a las autoridades francesas. Sí, Barranquilla, que para nosotros se reduce a su enorme prisión, representa el punto crucial. Hay que evadirse a costa de cualquier sacrificio. Debo jugarme el todo por el todo.

Nuestra celda está en medio del patio. Por lo demás, no es una celda, sino una jaula: un techo de cemento que descansa sobre gruesos barrotes de hierro con los retretes y los lavabos en uno de los ángulos. Los otros presos, un centenar, están repartidos en celdas abiertas en los cuatro muros de ese patio de veinte por cuarenta, por una reja que da al patio. Cada reja está rematada por una especie de sobradillo de chapa para impedir que la lluvia penetre en la celda. En esa jaula central sólo estamos nosotros, los franceses, expuestos día y noche a las miradas de los presos, pero, sobre todo, de los guardianes. Pasamos el día en el patio, de las seis de la mañana hasta las seis de la tarde. Entramos y salimos como queremos. Podemos hablar, pasear y hasta comer en el patio.

Dos días después de nuestra llegada, nos reúnen a los seis en la capilla en presencia del director, de algunos policías y de siete u ocho periodistas gráficos.

– ¿Son ustedes los evadidos del presidio francés de la Guayana?

– No lo hemos negado nunca.

– ¿Por qué delitos habéis sido condenados tan severamente cada uno de vosotros?

– Eso no tiene ninguna importancia. Lo importante es que no hemos cometido ningún delito en tierra colombiana y que su nación no sólo nos niega el derecho a rehacer nuestra vida, sino que también sirve de cazador de hombres, de gendarme, al Gobierno francés.

– Colombia cree que no debe aceptaros en su territorio.

– Pero yo, personalmente, y otros dos camaradas estábamos y estamos muy decididos a no vivir en este país. Nos detuvieron a los tres en alta mar y no en vías de desembarcar en esta tierra. Por el contrario, hacíamos todos los esfuerzos posibles para alejarnos de ella.

– LOS franceses, -dice un periodista de un diario católico- son casi todos católicos, como nosotros los colombianos.

– Es posible que ustedes se digan católicos, pero su forma de obrar es muy poco cristiana.

– ¿Qué nos echa usted en cara?

– El ser colaboradores de los esbirros que nos persiguen. Es más, el hacer la labor de éstos. De habernos despojado de nuestra embarcación con todo lo que nos pertenecía y que era muy nuestro, donación de los católicos de la isla de Curasao, tan notablemente representados por el obispo Irénée de Bruyne. No podemos encontrar admisible que no queráis correr el riesgo de la experiencia de nuestra problemática regeneración y que, por si fuese poco, nos impidáis ir más lejos, por nuestros propios medios, hasta un país donde, quizás, aceptarían correr ese riesgo. Eso es inaceptable.

– ¿Nos guardáis rencor a los colombianos?

– No a los colombianos en sí, sino a su sistema policiaco y judicial.

– ¿Qué quiere usted decir?

– Que cualquier error puede ser rectificado cuando se quiere. Déjennos ir por mar a otro país.

– Intentaremos conseguir eso.

Cuando de nuevo estamos en el patio, Maturette me dice:

– ¡Vaya! ¿Has comprendido? Esta vez no hay que hacerse ilusiones, macho. Estamos en la fritada y no nos va a ser nada fácil saltar de la sartén.

– Queridos amigos, no sé si, unidos, seríamos más fuertes. Yo sólo os digo que cada uno puede hacer lo que mejor le parezca. En cuanto a mí, es preciso que me fugue de esta famosa “80”.