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El jueves me llaman al locutorio y veo a un hombre bien vestido, de unos cuarenta y cinco años. Le miro. Se parece asombrosamente a Louis Dega.

– ¿Eres tú Papillon?

– sí.

– Soy Joseph, hermano de Louis Dega. He leído los periódicos y vengo a verte.

– ¿Viste a mi hermano allí? ¿Le conoces?

Le cuento exactamente la odisea de Dega hasta el día en que nos separamos en el hospital. Me hace saber que su hermano está en las Islas de la Salvación, noticia que le ha llegado desde Marsella. Las visitas tienen lugar en la capilla, 207 los jueves Y dice que, en Barranquilla, viven una docena de franceses venidos a buscar fortuna con sus mujeres. Todos son chulos de putas. En un barrio especial de la ciudad, una docena y media de prostitutas mantienen la alta tradición francesa de la prostitución distinguida y hábil. Siempre los mismos tipos de hombres, los mismos tipos de mujer que, desde El Cairo al Líbano, de Inglaterra a Australia, de Buenos Aires a Caracas, de Saigón a Brazzaville, pasean por la tierra su especialidad, vieja como el mundo, la prostitución y la forma de vivir de ella.

Joseph Dega me comunica algo sensacionaclass="underline" los chulos franceses de Barranquilla están preocupados. Tienen miedo de que nuestra llegada a la prisión turbe su tranquilidad y cause perjuicio a su floreciente comercio. En efecto, si uno o varios de nosotros se fugan, la Policía irá a buscarles en las casetas de las francesas, aunque al evadido nunca se le ocurra pedir asistencia allí. De ahí, indirectamente, la Policía puede descubrir muchas cosas: documentación falsa, autorizaciones de residencia caducadas o irregulares. Buscarnos provocaría verificaciones de identidad y de residencia. Y hay mujeres y hasta hombres que, si son descubiertos, podrían sufrir graves molestias.

Ya estoy bien informado. Añade que él está a mi disposición para lo que sea y que vendrá a verme los jueves y domingos. Le doy las gracias a ese buen chico, quien después me demostró que sus promesas eran sinceras. Me informa asimismo de que, según los periódicos, nuestra extradición ha sido concedida a Francia. ¡Bien! Señores, tengo muchas cosas que decirles.

– ¿Qué? -exclaman los cinco a coro.

– En primer lugar, que no debemos hacernos ilusiones. La extradición es cosa hecha. Un barco especial de la Guayana francesa vendrá a buscarnos para devolvernos allí de donde vinimos. Luego, que nuestra presencia es causa de preocupación para nuestros chulos, bien afincados en esta ciudad. No para el que me ha visitado. Este se ríe de las consecuencias, pero sus colegas de corporación temen que, si uno de nosotros se evade, les ocasionemos molestias.

Todo el mundo suelta la carcajada. Creen que me guaseo. Clousiot dice:

– Señor chulo Fulano de tal, ¿me da usted permiso para evadirme?

– Basta de bromas. Si vienen a vernos putas, hay que decirles que no vuelvan. ¿Entendido?

– Entendido.

En nuestro patio hay, como dije, un centenar de presos colombianos. Distan de ser unos imbéciles. Los hay auténticos, buenos ladrones, falsificadores distinguidos, estafadores de mente ingeniosa, especialistas del atraco a mano armada, traficantes de estupefacientes y algunos pistoleros especialmente preparados en esa profesión, tan trivial en América, para numerosos ejercicios. Allí, los ricos, los políticos y los aventureros que han tenido éxito alquilan los servicios de esos pistoleros, que actúan por ellos.

Las pieles de esos hombres son de colores varios. Van del negro africano de los senegaleses a la piel de té de nuestros criollos de la Martinica; del ladrillo indio mongólico de cabellos lisos negro violáceo, al blanco puro. Establezco contactos, trato de darme cuenta de la capacidad y del espíritu de evasión de algunos individuos escogidos. La mayoría de ellos son como yo: porque temen o han cumplido ya una larga pena, viven en permanente esperanza de evasión.

Por los cuatro muros de este patio rectangular discurre un camino de ronda muy alumbrado por la noche, con una torreta donde se cobija un centinela en cada ángulo del muro. Así, día y noche, cuatro centinelas están de servicio, más uno en el patio, delante de la puerta de la capilla. Este, sin armas. La comida es satisfactoria y varios presos venden comida y bebida, café o zumos de fruta del país: naranja, piña, papaya, etc., que les traen del exterior. De vez en cuando, esos pequeños comerciantes son víctimas de un atraco a mano armada ejecutado con sorprendente rapidez. Sin haber tenido tiempo de sospechar nada, se encuentran con una gran toalla que les aprieta la cara para impedirles gritar, y un cuchillo en los riñones o el cuello que penetraría profundamente al menor movimiento. La víctima es despojada de la recaudación antes de poder decir esta boca es mía. Un puñetazo en la nuca acompaña el ademán de quitar la toalla. Nunca, pase lo que pase, habla nadie. A veces, el comerciante guarda lo que vende como quien cierra la tienda- y trata de averiguar quién ha podido hacerle esa mala jugada. Si le descubre, hay pelea, siempre a navaja.

Dos ladrones colombianos vienen a hacerme una proposición. Les escucho con mucha atención. En la ciudad, al parecer, hay policías ladrones. Cuando están de vigilancia en un sector, avisan a cómplices para que puedan acudir allí a robar

Mis dos visitantes les conocen a todos y me explican que sería muy mala pata si, durante la semana, alguno de esos policías no viniese a montar guardia delante de la puerta de la capilla. Sería conveniente que yo me hiciese entregar una pistola a la hora de visita. El policía ladrón aceptaría sin dificultad ser obligado, aparentemente, a llamar a la puerta de salida de la capilla que da a un pequeño puesto de guardia de cuatro o cinco hombres a lo sumo. Sorprendidos por nosotros, pistola en mano, éstos no podrán impedirnos ganar la calle. Y, entonces sólo restaría perdernos en el tránsito, que es muy intenso en ella.

El plan no me gusta mucho. La pistola, para poder ocultarla, sólo puede ser de pequeño calibre, a lo sumo una “6.35”. Aun con eso, hay el peligro de no intimidar lo suficiente a los guardias. O uno de ellos puede reaccionar mal y vernos obligados a matar. Digo que no.

El deseo de acción no sólo me atormenta a mí, sino también a mis amigos. Con la diferencia de que, tras algunos días de abatimiento, ellos llegan a aceptar la idea de que el barco que venga a buscarnos nos encuentre en la prisión. De eso a considerarse derrotados no hay más que un paso. Incluso discuten sobre el, modo como nos castigarán allí y del trato que nos aguarda.

– ¡No quiero ni oír vuestras memeces! Cuando queráis hablar de tamaño porvenir, hacedlo lejos de mí, id a discutirlo a un rincón donde yo no esté. La fatalidad de la que habláis sólo es aceptable cuando se es impotente. ¿Sois impotentes? ¿Han capado a uno de vosotros? Si ha sido así, avisadme. Pues, os diré una cosa, machos: cuando pienso en pirármelas, pienso en que nos las piraremos todos. Cuando mi cerebro estalla a fuerza de pensar cómo hacer para evadirse, doy por sentado de que nos fugaremos todos. Y no resulta fácil, seis hombres. Porque, os diré una cosa, si veo que la fecha se avecina demasiado sin haber hecho nada, no me lo pensaré: mato a un policía colombiano para ganar tiempo. No van a entregarme a Francia si les he matado un policía. Y, entonces, tendré tiempo por delante. Y como estaré solo para evadirme, resultará más fácil.

Los colombianos preparan otro plan, no mal pensado. El día de la misa, domingo por la mañana, la capilla siempre está llena de visitas y de presos. Primero oyen misa todos juntos y, luego, terminado el oficio, en la capilla se quedan los presos que tienen visita. Los colombianos me piden que vaya el domingo a misa para enterarme bien de cómo va eso, a fin de poder coordinar la acción para el domingo que viene. Me proponen que sea el jefe de la revuelta. Pero rehúso ese honor: no conozco bastante a los hombres que van a actuar.

Respondo de cuatro franceses, pues el bretón y el hombre de la plancha no quieren participar. No hay problema, sólo tienen que dejar de ir a la capilla. El domingo, nosotros, los cuatro que estaremos en el ajo, asistimos a misa. Esa capilla es rectangular. Al fondo, el coro; en medio, a ambos lados, dos puertas que dan a los patios. La puerta principal da al puesto de guardia. La cierra una reja detrás de la cual están los guardianes, unos veinte. Por último, detrás de éstos, la puerta de la calle. Como la capilla está llena a rebosar, los guardias dejan la reja abierta y, durante el oficio, permanecen de pie en fila apretada. Entre las visitas deben venir dos hombres y armas. Las armas serán traídas por mujeres bajo las faldas. Las distribuirán una vez haya entrado todo el mundo. Serán de gran calibre, “38” o “45”. El jefe del complot recibirá un revólver de gran calibre de una mujer que se retirará acto seguido. A la señal del segundo campanillazo del monaguillo, debemos atacar todos. Yo debo poner un enorme cuchillo bajo la garganta del director, don Gregorio, diciendo: