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– Da la orden de dejarnos pasar, si no, te mato.

Otro debe de hacer lo mismo con el cura. Los otros tres, desde tres ángulos distintos, apuntarán sus armas contra los policías que están de pie en la reja de la entrada principal de la capilla. Orden de cargarse al primero que no tire su arma. Los que no vayan armados, deben ser los primeros en salir. El cura y el director servirán de escudo a la retaguardia. Si todo sucede normalmente, los policías tendrán sus fusiles en el suelo. Los hombres armados de pistolas deben hacerles entrar en la capilla. Saldremos cerrando primero la reja, después la puerta de madera. El puesto de guardia estará desierto, puesto que todos los policías asisten obligatoriamente, de pie, a la misa. Fuera, a cincuenta metros, estará un camión con una escalerita colgada atrás para que podamos subir más de prisa. El camión no arrancará hasta que el jefe de la revuelta haya subido. Debe ser el último en subir. Tras haber asistido a la celebración de la misa, doy mi conformidad. Todo ocurre como me lo ha descrito Fernando.

Joseph Dega no. acudirá a la visita este domingo. Sabe por qué. Hará preparar un falso taxi para que nosotros no subamos al camión y nos llevará a un escondrijo que también él se encargará de disponer. Estoy muy excitado toda la semana y espero la acción con impaciencia. Fernando ha podido agenciarse un revólver por otros medios. Es un “45” de la Guardia Civil colombiana, un arma de veras temible. El jueves, una de las mujeres de Joseph ha venido a verme. Es muy simpática y me dice que el taxi será de color amarillo, no podemos equivocarnos.

– O.K. Gracias.

– Buena suerte.

Me besa gentilmente en ambas mejillas y hasta me parece que está un poco emocionada.

– Entra, entra. Que esta capilla se llene para escuchar la voz de Dios -dice el cura.

Clousiot está en su puesto, preparado. A Maturette le brillan los ojos y el otro no se despega de mí. Muy sereno, ocupo mi sitio. Don Gregorio, el director, está sentado en una silla, al lado de una mujer gorda. Estoy de pie junto al muro. A mi derecha, Clousiot, a mí izquierda, los otros dos, vestidos decorosamente para no llamar la atención del público si logramos ganar la calle. Llevo el cuchillo abierto sobre el antebrazo derecho. Está sujeto por un grueso elástico y tapado por la manga de la camisa caqui, bien abrochada en el puño. Es el momento de la elevación, cuando todos los asistentes bajan la cabeza como si buscasen algo, cuando el monaguillo, tras haber agitado muy de prisa su campanilla, debe hacer tres toques separados. El segundo es nuestra señal. Cada cual sabe lo que debe hacer entonces.

Primer toque, segundo… Me abalanzo sobre don Gregorio y le pongo el cuchillo bajo su grueso cuello arrugado. El cura grita:

– Misericordia, no me mate.

Y, sin verles, oigo a los otros tres ordenar a los guardias que tiren el fusil. Todo va bien. Agarro a don Gregorio por el cuello de su bonito traje y le digo:

– Siga y no tengas miedo, no te haré daño.

El cura está quieto con una navaja de afeitar bajo la garganta, cerca de mi grupo. Fernando dice:

– Vamos, francés, vamos a la salida.

Con la alegría del triunfo, del éxito, empujo a toda mi gente hacia la puerta que da a la calle, cuando restallan dos tiros de fusil al mismo tiempo. Fernando se desploma y uno de los que van armados, también. De todos modos, avanzo un metro más, pero los guardias se han rehecho y nos cortan el paso con sus fusiles. Afortunadamente, entre ellos y nosotros hay mujeres. Eso les impide disparar. Dos tiros de fusil más, seguidos de un pistoletazo. Nuestro tercer compañero armado acaba de ser derribado tras haber tenido tiempo de disparar un poco a bulto, pues ha herido a una muchacha. Don Gregorio, pálido como un muerto, me dice:

– Dame el cuchillo.

Se lo entrego. De nada hubiese servido continuar la lucha. En menos de treinta segundos, la situación ha cambiado.

Más de una semana después, he sabido que la revuelta fracasó a causa de un preso de otro patio que presenciaba la misa desde el exterior de la capilla. Ya a los primeros segundos de la acción, avisó a los centinelas del muro de ronda. Estos saltaron del muro de más de seis metros al patio, uno a un lado de la capilla y el otro, en el otro y, a través de los barrotes de las puertas laterales, dispararon primero a los presos que, subidos en un banco, amenazaban con sus armas a los policías. El tercero fue derribado algunos segundos después, al pasar por su campo de tiro. La continuación fue una hermosa corrida. Yo me quedé al lado del director que gritaba órdenes. Dieciséis de los nuestros, entre ellos los cuatro franceses, nos hemos encontrado con grilletes en un calabozo, a pan y agua.

Don Gregorio ha recibido la visita de Joseph. Me hace llamar y me explica que, en atención a él, me hará volver al patio con mis camaradas. Gracias a Joseph, diez días después de la revuelta todos estábamos de nuevo en el patio, incluso los colombianos y en la misma celda de antes. Al llegar a ella, pido que dediquemos a Fernando y a sus dos amigos muertos en la acción unos minutos de recuerdo. Durante la visita, Joseph me explicó que había hecho una colecta y que entre todos los chulos había reunido cinco mil pesos con los cuales pudo convencer a don Gregorio. Aquel gesto hizo aumentar nuestra estima por los chulos.

¿Qué hacer, ahora? ¿Qué inventar de nuevo? ¡Pese a todo no voy a darme por vencido y esperar a la bartola la llegada del barco!

Tendido en el lavadero común, al resguardo de un sol de justicia, puedo examinar, sin que nadie se fije en mí, el ir y venir de los centinelas en el muro de ronda. Por la noche, cada diez minutos, cada uno grita por turno: “¡Centinela, alerta!” Así, el jefe puede comprobar que ninguno de los cuatro duerme. Si uno no contesta, el otro repite su llamamiento hasta que conteste.

Creo haber dado con un fallo. En efecto, de cada garita, en las cuatro esquinas del camino de ronda, cuelga un bote atado a una cuerda. Cuando el centinela quiere café, llama al cafetero, quien le vierte uno o dos cafés en el bote. El otro, no tiene más que tirar de la cuerda. Ahora bien, la garita del fondo de la derecha tiene una especie de torreta que sobresale un poco sobre el patio. Y me digo que si fabrico un grueso gancho atado al extremo de una cuerda trenzada, conseguir que quede sujeto a la garita será cosa de coser y cantar. En pocos segundos, he de poder salvar el muro que da a la calle. Sólo hay un problema: neutralizar al centinela. ¿Cómo?

Veo que se levanta y da unos cuantos pasos por el muro de ronda. Me da la impresión de que el calor le agobia y lucha por no quedarse dormido. ¡Eso es, maldita sea! ¡Es menester que se duerma! Primero, confeccionaré la cuerda y, si encuentro un gancho seguro, le dormiré y probaré suerte. En dos días, queda trenzada una cuerda de casi siete metros con todas las camisas de tela fuerte que hemos podido encontrar, sobre todo las de color caqui- El gancho ha sido fácil de encontrar. Es el soporte de uno de los sobradillos fijados en las puertas de las celdas para protegerlas de la lluvia. Joseph Dega me ha traído una botella de somnífero muy potente. Según las indicaciones, sólo puede tomarse diez gotas de él. La botella contiene aproximadamente seis cucharadas soperas colmadas. Acostumbro al centinela a aceptar que le convide a café. El me manda el bote y yo cada vez, le mando tres cafés. Como todos los colombianos gustan del alcohol y el somnífero sabe un poco a anís, me procuro una botella de anís. Digo al centinela: