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La noche sin luna llega. El sargento y los dos policías han cobrado la mitad de los billetes que les corresponden a cada uno. Esta vez, no he tenido que cortarlos, ya lo estaban. Deben ir a buscar las otras mitades al Barrio Chino, en casa de la mujer de Joseph Dega.

La luz se apaga. Atacamos el barrote. En menos de diez minutos, está aserrado. En pantalón y camisa oscuros, salimos de la celda. El colombiano se nos reúne de paso. Va completamente desnudo, aparte un slip negro. Trepo la reja del calabozo que está en el muro, rodeo el sobradillo y lanzo el gancho, que tiene tres metros de cuerda. Llego al camino de ronda en menos de tres minutos sin haber hecho ningún ruido. Tendido de bruces, aguardo a Clousiot. La noche es muy oscura. De repente, veo, o más bien adivino, una mano que se tiende, la agarro y tiro de ella

Entonces, se produce un ruido espantoso. Clousiot se ha pasado entre el sobradillo y el muro y se ha quedado enganchado a la chapa por el reborde de su pantalón. El cinc calla. Tiro otra vez de Clousiot, pensando que se ha desenganchado ya, y, en medio del estruendo que hace la chapa de cinc, le arranco por fuera y le aúpo hasta el camino de ronda.

Disparan de los otros puestos, pero no del mío. Asustados por los tiros, saltamos hacia el lado malo, a la calle que está a nueve metros, en tanto que, a la derecha, hay otra calle que está sólo a cinco metros. Resultado: Clousiot vuelve a romperse la pierna derecha. Yo tampoco puedo incorporarme: me he roto los dos pies. Más tarde, sabré que se trataba de los calcáneos. En cuanto al colombiano, se descoyunta una rodilla. Los disparos de fusil hacen salir a la guardia a la calle. Nos rodean con la luz de una potente linterna eléctrica, apuntándonos con los fusiles. Lloro de rabia. Por si fuese poco los policías no quieren admitir que no pueda incorporarme. Así, pues, de rodillas, arrastrándome bajo cientos de bayonetazos, vuelvo a la prisión. Clousiot, por su parte, anda a la pata coja y el colombiano, igual. Sangro horriblemente de una herida en la cabeza producida por un culatazo.

Los tiros han despertado a don Gregorio quien, por suerte, estaba de guardia aquella noche y dormía en su despacho. De no ser por él, nos hubiesen rematado a culatazos y bayonetazos. El que más se ensaña conmigo es, precisamente, el sargento a quien había pagado para que pusiese a los dos guardias cómplices. Don Gregorio detiene esa cruel brutalidad. Les amenaza con entregarles a los tribunales si nos hieren gravemente. Esta palabra mágica les paraliza a todos.

Al día siguiente, la pierna de Clousiot es escayolada en el hospital. Al colombiano le ha encajado la rodilla un preso ensalmador y lleva un vendaje “Velpeau”. Durante la noche, como mis pies se han inflamado hasta el punto de que son tan gordos como mi cabeza, rojos y negros de sangre, tumefactos en los talones, el doctor me hace meter los pies en agua tibia salada y, luego, me aplican sanguijuelas tres veces diarias- Cuando están repletas de sangre, las sanguijuelas se desprenden por sí mismas y hay que ponerlas a vaciarse en vinagre. Seis puntos de sutura han cerrado la herida de la cabeza.

Un periodista falto de informaciones publica un artículo sobre, mí. Cuenta que yo era el jefe de la revuelta de la iglesia, que “envenené” a un centinela y que, en última instancia, organicé una evasión colectiva en complicidad con el exterior, puesto que cortaron la luz del barrio causando desperfectos en el transformador. “Esperemos que Francia venga lo antes posible a desembarazarnos de su gángster número Uno”, concluye diciendo.

Joseph ha venido a verme acompañado de su mujer, Annie. El sargento y los tres policías se han presentado por separado para cobrar la mitad de los billetes. Annie viene a preguntarme qué debe hacer. Le digo que pague, porque ellos han cumplido su compromiso. Si hemos fracasado, ellos no tuvieron la culpa.

Hace una semana que me paseo por el patio en una carretilla que me sirve de cama. Estoy tendido, con los pies en alto, descansándolos sobre una tira de lona tendida entre dos palos colocados verticalmente en los brazos de la carretilla. Es la única postura posible para no sufrir demasiado. Mis pies enormes, inflados y congestionados de sangre coagulada no pueden apoyarse en nada, ni siquiera en posición horizontal. En cambio, de este modo, sufro un poco menos. Casi quince días después de haberme roto los pies, se han desinflado a medias y me hacen una radiografía. Los dos calcáneos están rotos. Tendré los pies planos toda mi vida.

El diario de hoy anuncia para fin de mes la llegada del barco que viene a buscarnos con una escolta de policías franceses. Es el Mana, dice el periódico. Estamos a 12 de octubre. Nos quedan dieciocho días, hay que jugar, pues, la última carta. ¿Pero cuál, con mis pies rotos?

Joseph está desesperado. En la visita, me cuenta que todos los franceses y todas las mujeres del Barrio Chino están consternados de haberme visto luchar tanto por mi libertad y de saberme a sólo algunos días de ser devuelto a las autoridades francesas. Mi caso conmueve a toda la colonia. Me consuela saber que esos hombres y sus mujeres están moralmente conmigo.

He abandonado el proyecto de matar a un policía colombiano. En efecto, no puedo decidirme a quitarle la vida a un hombre que no me ha hecho nada. Pienso que puede tener un padre o una madre que dependen de él, la mujer, hijos. Sonrío pensando que me haría falta -encontrar un policía malvado y sin familia. Por ejemplo, podría preguntarle: “Si te asesino, ¿de verdad que no te echará nadie de menos? “ Esa mañana del 13 de octubre estoy triste. Contemplo un trozo de piedra de ácido pícrico que debe, tras habérmela comido, provocarme ictericia. Si me hospitalizan, quizá pueda hacerme sacar del hospital por gente pagada por Joseph. El día siguiente, 14, estoy más amarillo que un limón. Don Gregorio viene a verme en el patio. Estoy a la sombra, medio tendido en mi carretilla, patas arriba. Rápidamente, sin ambages, sin prudencia, ataco:

– Diez mil pesos para usted si me hace hospitalizar.

– Francés, lo intentaré. No tanto por los diez mil pesos como porque me da pena verte luchar en vano por tu libertad. Sin embargo, no creo que te guarden en el hospital, a causa de ese artículo aparecido en el periódico. Tendrán miedo.

Una hora después, el doctor me manda al hospital. Pero ni siquiera lo he pisado. Bajado de la ambulancia en una camilla, volvía a la cárcel dos horas después de una visita minuciosa y un análisis de orina sin haberme movido de la camilla.

Estamos a 19, jueves. La mujer de Joseph, Annie, ha venido acompañada por la mujer de un corso. Me han traído cigarrillos y algunos pasteles. Esas dos mujeres, con sus palabras afectuosas, me han causado un bien inmenso. Las cosas más bonitas, la manifestación de su pura amistad, han transformado, en verdad, este día “amargo” en una tarde soleada. Nunca podré expresar hasta qué punto la solidaridad de las gentes del hampa me ha hecho bien durante mi estancia en la prisión “80”. Ni cuánto debo a Joseph Dega, quien ha llegado hasta arriesgar su libertad y su posición por ayudarme a fugarme.

Pero una palabra de Anníe me ha dado una idea. Charlando, me dice.

– Mi querido Papillon, ha hecho usted todo lo humanamente posible para conquistar su libertad. El destino ha sido muy cruel con usted. ¡Sólo le queda volar la “80”!

– Y, ¿por qué no? ¿Por qué no habría de volar esta vieja. prisión? Les haría un magnífico favor a los colombianos. Si la hago volar, quizá se decidan a construir otra nueva, más higiénica.

Al abrazar a esas dos encantadoras muchachas a quienes digo adiós para siempre, murmuro a Annie:

– Diga a Joseph que venga a verme el domingo.

El domingo, día 22, Joseph está aquí.

– Escucha, haz lo imposible para que alguien me traiga el jueves un cartucho de dinamita, un detonador y una mecha “Bickford”. Por mi parte, haré lo necesario para conseguir un berbiquí y tres taladros.