“ ¡Ah! Ah! ¡Tú robar la leña todavía y no pagar! Si tu no dar quinientos francos a mí, te denuncio.
“Creyendo que sólo se trataba de una amenaza, nos negamos. El día siguiente, vuelve.
“-Tú pagas o esta noche tú estás en calabozo.
“Volvemos a negarnos. Por la tarde, vuelve acompañado de guardianes. ¡Fue horrible, Papillon! Tras habernos puesto en cueros vivos, nos llevan a los estéreos donde habíamos cogido leña y, perseguidos por aquellos salvajes, golpeados a vergajazos por el árabe, nos obligaron, corriendo, a deshacer nuestros estéreos y a completar cada uno de los que habíamos robado. Aquella corrida duró dos días, sin comer ni beber. Nos caíamos con frecuencia. El árabe nos hacía levantar a patadas o a vergajazos. Al final, nos tumbamos en el suelo, no podíamos más. ¿Y sabes cómo logró hacernos poner de pie? Cogió uno de esos nidos, parecidos a los de avispas, en que viven moscas de fuego. Cortó la rama de la que pendía el nido y nos la aplastó encima. Locos de dolor, no sólo nos incorporamos, sino que corrimos como locos. Es inútil decirte lo que sufrimos. Ya sabes lo dolorosa que es una picadura de avispa. Figúrate, cincuenta o sesenta picaduras. Y esas moscas de fuego abrasan aún más atrozmente que las avispas.
“Nos dejaron a pan y agua en un calabozo durante diez días, sin curarnos. Pese a que nos poníamos orina encima, las picaduras nos abrasaron diez días sin parar. Yo perdí el ojo derecho con el que se habían ensañado una docena de moscas de fuego. Cuando nos reintegraron al campamento, los otros condenados tomaron la decisión de ayudarnos. Decidieron entregar cada uno un trozo de leña dura cortada al mismo tamaño. Aquello nos representaba casi un estéreo y nos ayudaba mucho, pues sólo nos quedaba un estéreo que hacer entre los dos. Nos costó Dios y ayuda conseguirlo, pero lo conseguimos. Poco a poco- recobramos fuerzas. Comíamos mucho. Y por casualidad se nos ocurrió la idea de vengarnos del chivo con las hormigas. Buscando leña dura, encontramos un enorme nido de hormigas carnívoras en un soto, que estaban devorando una cierva grande como una cabra.
“El chivo seguía haciendo sus rondas en el tajo y, un buen día, de un golpe con el mango del hacha, lo dejamos tieso y, luego, lo arrastramos junto al nido de hormigas. Le pusimos en cueros y le atamos a un árbol, tumbado en el suelo en arco, con pies y manos ligadas con gruesas cuerdas de las que sirven para atar la leña.
“Con el hacha, le hicimos algunas heridas en diferentes partes del cuerpo. Le llenamos la boca de hierba para que no pudiese gritar, además de amordazarlo y aguardamos. Las hormigas no atacaron hasta que, tras haber hecho subir algunas en una vara metida en el hormiguero, las esparcimos sobre su cuerpo.
“No hubo que esperar mucho. Media hora después, las hormigas atacaban a millares. ¿Has visto hormigas carnívoras, Papillon?
– No, nunca. He visto grandes hormigas negras.
– Esas son diminutas y rojas como la sangre. Arrancan pedazos microscópicos de carne y los llevan al nido. Si nosotros sufrimos con las avispas, figúrate lo que debió de sufrir él, despedazado vivo por aquellos millares de hormigas. Su agonía duró dos días completos y una mañana. Al cabo de veinticuatro horas, ya no tenía ojos.
“Reconozco que nuestra venganza fue despiadada, pero hay que fijarse en lo que él nos había hecho No habíamos muerto de milagro. Naturalmente, buscaron al chivo por todas partes, y los otros llaveros árabes, así como los guardianes, sospechaban que nosotros no éramos ajenos a aquella desaparición.
“En otro soto, cada día cavábamos un poco para hacer un hoyo donde meter sus restos. Aún no se había descubierto nada del árabe, cuando un guardián vio que estábamos cavando. Cuando salíamos para el trabajo, él nos seguía para ver lo que hacíamos. Fue lo que nos perdió.
“Una mañana, nada más llegar al tajo, desatamos al árabe todavía lleno de hormigas, pero ya casi hecho un esqueleto, y cuando lo arrastrábamos hacia la fosa (no podíamos hacerlo sin que las hormigas nos mordiesen con saña), fuimos sorprendidos por tres árabes llaveros y dos vigilantes. Aguardaban pacientemente, bien escondidos, a que hiciésemos aquello: enterrarle.
“¡Y ya está! Nosotros dijimos que primero lo matamos y que luego lo dimos a las hormigas. La acusación respaldada por el médico forense, dice que en su cuerpo no hay ninguna herida mortaclass="underline" sostiene que lo hicimos devorar vivo.
“Nuestro guardián defensor (pues, allí los vigilantes se erigen en abogados), nos dice que si nuestra tesis es aceptada, podemos salvar la cabeza. Si no, tienen derecho a ella. Francamente, no nos hacemos muchas ilusiones. Por eso, mi amigo y yo te hemos escogido como heredero.
– Esperemos que no tenga que heredaros, lo deseo de corazón.
Encendemos un cigarrillo y veo que me miran como queriendo decir: “Bueno, ¿qué opinas? “
– Escuchadme, machos, veo que esperáis que os conteste a lo que me habéis preguntado antes de contarme vuestra historia: cómo juzgo vuestro caso como hombre. Una última pregunta que no tendrá ninguna influencia en mi decisión: ¿Qué piensan la mayoría de los que están en esta sala y por qué no habláis con nadie?
– La mayoría piensa que hubiésemos debido matarle, pero no hacer que las hormigas se lo comiesen vivo. En cuanto a nuestrc silencio, no hablamos con nadie porque hubo una ocasión de fuga sublevándose y la desecharon.
– Voy a deciros mi opinión. Habéis hecho bien devolviéndole centuplicado lo que os hizo éclass="underline" lo del nido de avispas o moscas de fuego es imperdonable. Si os guillotinan, en el último momento pensad muy intensamente en una sola cosa: “Me cortan la cabeza, eso durará más o menos treinta segundos, entre el tiempo de atarme, empujarme bajo la cuchilla y hacerla caer. Su agonía duró sesenta horas, salgo ganando.” Pero en lo que se refiere a los hombres de la sala, no sé si tenéis razón, pues habéis podido creer que una revuelta, aquel día, podía permitir una fuga en común, y los otros podían no ser de la misma opinión. Por otra parte, en una revuelta siempre cabe la posibilidad de tener que matar sin haberlo querido de antemano. Ahora bien, de todos los que están aquí, los únicos, creo yo, que tienen la cabeza en peligro sois vosotros y los hermanos Graville. Machos, cada situación particular entraña obligatoriamente reacciones distintas.
Satisfechos de nuestra conversación, aquellos dos desgraciados se retiran y empiezan a vivir de nuevo en el silencio que acaban de romper por mí.
La fuga de los antropófagos.
– ¡Se lo han zampado, al patapalo!
– ¡Un estofado de patapalo!
O una voz imitando una voz de mujer:
– ¡Camarero, un pedazo de macho bien asado sin pimienta, por favor!
Era muy raro, avanzada la noche, que no se oyese gritar una u otra de esas frases, cuando no las tres.
Clousiot y yo nos preguntábamos el porqué y por quién eran proferidas esas frases durante la noche.
Esta tarde he sabido la clave del misterio. Es uno de los protagonistas quien me lo cuenta, se llama Marius de La Ciotat, especialista en cajas de caudales. Cuando supo que había conocido a su padre, Titin, no tuvo miedo de hablar conmigo.
Tras haberle contado parte de mi fuga, le pregunto, lo cual es normal entre nosotros:
– ¿Y tú?
– Oh -me dice-, yo estoy metido en un feo asunto. Me temo mucho que por una simple evasión me endiñarán cinco años. Soy del piro llamado “piro de los antropófagos”. Lo que a veces oyes gritar por la noche: “Se lo han zampado, etcétera”, * “Un estofado, etcétera”, es por los hermanos Gravine.
“Nos largamos seis del Kilométre 42. En el piro estaban Dédé y Jean Graville, dos hermanos de treinta y treinta y cinco años, lyoneses, un napolitano de Marsella y yo, de La Ciotat, más un macho de Angers que tenía una pata de palo y un joven de veintitrés años que le hacía de mujer. Salimos con bien de Maroni, pero, en el mar, no pudimos orientarnos y, en unas horas, fuimos rechazados a la costa de la Guayana holandesa.