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Hemos jugado toda la noche. A la hora del café, nos paramos He ganado mil trescientos francos. Me voy hacia la cama cuando Paulo se me acerca y me pide que le preste doscientos francos para jugar a la belote de Cos. Necesita trescientos francos y sólo tiene cien.

– Toma, ahí tienes trescientos. Vamos a medias -le digo.

– Gracias, Papillon, eres de veras el tipo del que he oído hablar. Seremos amigos.

Me tiende la mano, se la estrecho y se va muy contento.

Clousiot ha muerto esta mañana. En un momento de lucidez, la víspera había dicho a Chatal que no le pusiese más morfina:

Quiero morir consciente del trance, sentado en mi cama con mis amigos al lado.

Está rigurosamente prohibido entrar en las habitaciones de aislamiento, pero Chatal ha cargado con la responsabilidad y nuestro amigo ha podido morir en nuestros brazos. Le he cerrado los ojos. Maturette estaba descompuesto por el dolor.

– Se ha ido el compañero de nuestra hermosa aventura. Lo han arrojado a los tiburones.

Cuando he oído estas palabras: “Lo han arrojado a los tiburones”, me he quedado helado. En efecto, en las Islas no hay cementerio para los presidiarios. Cuando un condenado muere, es arrojado al mar a las seis, a la puesta del sol, entre San José y Royale, en un paraje infestado de tiburones.

La muerte de mi amigo me hace insoportable el hospital. Mando decir a Dega que voy a salir pasado mañana. Me envía unas letras: “Pide a Chatal que te haga conceder quince días de reposo en el campamento, así tendrás tiempo de escoger el empleo que te guste.” Maturette se quedará algún tiempo más. Chatal quizá lo tome como ayudante de enfermero.

En cuanto salgo del hospital, me conducen al edificio de la Administración, ante el comandante Barrot, llamado Coco seco.

– Papillon -me dice-, antes de ingresarle en el campamento, he tenido interés en charlar un poco con usted. Aquí, tiene un amigo valioso, mi contable general, Louis Dega. Pretende que usted no es merecedor de las notas que nos vienen de Francia, y que, al considerarse usted como un condenado inocente, es normal que esté en permanente rebeldía. Le diré que no estoy muy de acuerdo con él al respecto. Lo que me gustaría saber es en qué estado de ánimo se halla usted actualmente.

– En primer lugar, mi comandante, para poder contestarle, ¿puede usted decirme cuáles son las notas de mi expediente?

– Véalas usted mismo.

Y me tiende una cartulina amarilla en la que leo, más o menos, lo siguiente:

Henri Charriére alias Papillon, nacido el 16 de noviembre de 1906, en… Ardéche, condenado por homicidio premeditado a trabajos forzados a perpetuidad por los Tribunales del Sena. Peligroso desde todos los puntos de vista. Vigilar estrechamente. No podrá disfrutar de empleos de favor.

Central de Caen: Condenado incorregible. Susceptible de fomentar y dirigir una revuelta. Mantener en constante observación.

Saint-Martin-de-Ré: Individuo disciplinado, pero muy influyente en sus camaradas. Intentará evadirse en cualquier sitio.

Saint-Laurent-du-Maroni: Ha cometido una salvaje agresión contra tres vigilantes y un llavero para evadirse del hospital. Regresa de Colombia. Buen comportamiento en su prevención. Condenado a una pena leve de dos años de reclusión.

Reclusión de San José: Buena conducta hasta su liberación.

– Con eso, amigo Papillon -dice el director, cuando le devuelvo la ficha-, no estamos tranquilos de tenerle como pensionado. ¿Quiere usted hacer un pacto conmigo?

_¿Por qué no? Depende del pacto.

– Es usted un hombre que, sin duda, hará todo lo posible para evadirse de las Islas, pese a las grandes dificultades que ello entraña. Quizás incluso lo consiga. Ahora bien, yo todavía estaré cinco meses en la dirección de las Islas. ¿Sabe usted cuánto cuesta una evasión a un comandante de las Islas? Un año de sueldo normal. Es decir, la pérdida completa de los haberes coloniales, retraso del permiso durante seis meses y su reducción a tres. Y, según las conclusiones de la indagación, si se reconoce negligencia por parte del comandante, posible pérdida de galón. Ya ve usted que es serio. Ahora bien, si quiero hacer mi labor honradamente, no porque sea usted capaz de evadirse tengo derecho a encerrarle en una celda o un calabozo. A menos que invente faltas imaginarias. Y eso no quiero hacerlo. Entonces, me gustaría que me diese usted su palabra de que no intentará la evasión hasta que me haya marchado de las Islas. Cinco meses.

– Comandante, le doy mí palabra de honor de que no me iré mientras esté usted aquí, si no tarda más de seis meses.

– Me voy dentro de menos de cinco meses, es absolutamente seguro.

– Muy bien, pregunte a Dega, le dirá que tengo palabra.

– Le creo.

– Pero, en compensación, pido otra cosa.

– ¿Qué?

– Que durante los cinco meses que debo pasar aquí, pueda tener ya los empleos de los que podría beneficiarme más tarde y, quizás, incluso, cambiar de isla.

– Bien, conforme. Pero que eso quede entre nosotros.

– Sí, mí comandante.

Manda llamar a Dega, quien le convence de que mi sitio no está con los hombres de buena conducta, sino con los del hampa, en el edificio de los peligrosos, donde se encuentran todos mis amigos. Me entregan mi saco completo de efectos de presidiario y el comandante hace añadir algunos pantalones y chaquetas blancas incautadas a los sastres.

Y con dos pantalones impecablemente blancos, nuevos, flamantes, tres guerreras y un sombrero de paja de arroz, me encamino, acompañado por un guardián, hacia el campamento central. Para ir del pequeño edificio de la Administración al campamento, hay que cruzar toda la explanada. Pasamos por delante del hospital de los vigilantes, bordeando una tapia de cuatro metros que rodea toda la penitenciaría. Tras haber dado casi la vuelta a ese inmenso rectángulo, llegamos a la puerta principal. “Penitenciaría de las Islas – Sección Royale.” La inmensa puerta es de madera y está abierta de par en par. Debe medir casi seis metros de alto. Dos puestos de guardia con cuatro vigilantes en cada una. Sentado en una silla, un oficial. Nada de mosquetones; todos llevan pistola. Veo también cuatro o cinco llaveros árabes.

Cuando llego debajo del pórtico, salen todos los guardianes. El jefe, un corso, dice:

– Ahí viene un novato, y de categoría.

Los llaveros se disponen a cachearme, pero él les detiene:

– No le fastidiéis haciéndole sacar toda su impedimenta. Hala y pasa, Papillon. En el edificio especial, seguramente, te esperan muchos amigos. Me llamo Sofrani. Buena suerte en las Islas.

– Gracias, jefe.

Y entro en un inmenso patio donde se alzan tres grandes edificaciones. Sigo al vigilante que me conduce a una de ellas. Sobre la puerta, una inscripción: “Edificio A – Grupo especial.” Frente a la puerta abierta, el vigilante grita:

– ¡Guardián de cabaña! -Entonces, aparece un viejo presidiario-. Aquí tienes un novato -dice el jefe, y se va.

Penetro en una sala rectangular muy grande donde viven ciento veinte hombres. Como en el primer barracón, en Saint-Laurent-du-Maroni, una barra de hierro discurre por uno de sus lados más largos, interrumpida tan sólo por el emplazamiento de la puerta, una reja que se cierra durante la noche. Entre la pared y esa barra, están tendidas, muy rígidas, lonas que sirven de cama y que se llaman hamacas aunque no lo sean. Esas “hamacas* son muy cómodas e higiénicas. Encima de cada una hay dos tablas donde se puede dejar los trastos: una para la ropa blanca, otra, para los víveres, la escudilla, etc. Entre las hileras de hamacas, un pasadizo de tres metros de ancho, el coursier. Los hombres viven aquí también en pequeñas comunidades, las chabolas. Las hay que son sólo de dos hombres, pero también las hay de diez.