“El día siguiente, el saboyano tenía el pelo completamente blanco, tal como lo has visto hoy. Su abogado, un guardián de Calvi, escribió una nueva solicitud de indulto al ministro de justicia contándole el incidente. El relojero fue indultado y condenado a cadena perpetua. Desde entonces, se pasa el tiempo componiendo los relojes de los guardianes. Es su pasión. Los observa mucho tiempo, de ahí esos relojes colgados de su tabla. Ahora, seguramente, comprenderás que el tipo ese tenga derecho a estar un poco orate, ¿o no?
– Claro que sí, Titi, después de un choque semejante, tiene perfecto derecho a no ser demasiado sociable. Le compadezco sinceramente.
Cada día sé algo más acerca de esa nueva vida. La “cabaña A” es, en verdad, una concentración de hombres temibles tanto por su pasado como por su modo de reaccionar en la vida cotidiana. Sigo sin trabajar: espero un puesto de pocero que, después de tres cuartos de hora de trabajo, me dejará libre en la isla con derecho a ir de pesca.
Esta mañana, al pasar lista para ir a la plantación de cocoteros, designan a Jean Castelli. Este sale de la fila y pregunta:
– ¿Pero eso qué es? ¿Me mandan a trabajar a mí?
– Sí, a usted dice el guardián de servicio- Tome, coja este pico.
Fríamente, Castelli le mira y dice:
– Oye tú, auvernés, ¿no ves que hace falta venir de tu tierra para saber manejar ese extraño instrumento? Yo soy corso marsellés. En Córcega, tiramos muy lejos los utensilios de trabajo, y en Marsella, ni siquiera se sabe que existan. Guarda tu pico y déjame en paz.
El joven guardián, que todavía no está muy al corriente, según supe más tarde, levanta el pico sobre Castelli, con el mango para arriba. Al unísono, los ciento veinte hombres berrean:
– ¡Carroña, no lo toques o eres hombre muerto!
– ¡Rompan filas! -grita Grandet y, sin preocuparse de las posiciones de ataque que han tomado todos los guardianes, entramos en la cabaña.
La “cabaña B” desfila para ir al trabajo. La “cabaña C”, también. Una docena de guardianes se presentan y, cosa rara, cierran la puerta enrejada. Una hora después, cuarenta guardianes están a ambos lados de la puerta, empuñando metralletas. Segundo comandante, jefe de guardianes, jefe de vigilantes, vigilantes, todos están ahí, salvo el comandante, que ha salido a las seis, antes del incidente, de inspección en la isla del Diablo.
El segundo comandante dice:
– Dacelli, haga el favor de llamar a los hombres, uno a uno.
– Grandet.
– Presente.
– Salga.
Sale, entre los cuarenta guardianes. Dacelli le dice:
– Vaya a su trabajo.
– No puedo.
– ¿Se niega usted?
– No, no me niego, estoy enfermo.
– ¿Desde cuándo? No se ha declarado usted enfermo, cuando se pasó lista por primera vez.
– Esta mañana no estaba enfermo, pero ahora sí lo estoy.
Los primeros sesenta llamados responden exactamente lo mismo, uno detrás de otro. Sólo uno desobedece francamente. Sin duda, tenía intención de hacerse mandar a Saint-Laurent para comparecer ante el Consejo de Guerra. Cuando le dicen: “¿ Se niega usted? “, contesta:
– Sí, me niego, por tres veces.
– Por tres veces, ¿por qué?
– Porque me da usted asco. Me niego categóricamente a trabajar para tipos tan imbéciles como usted.
La tensión era alta. Los guardianes, sobre todo los jóvenes, no soportaban que los presidiarios les humillasen de tal modo. Sólo esperaban una cosa: un gesto de amenaza que les permitiese entrar en acción con sus mosquetones, por lo demás apuntados al suelo.
– ¡Todos los llamados en cueros! Y en marcha para las celdas.
A medida que las ropas caían, de vez en cuando se oía el ruido de un cuchillo que resonaba sobre el macadán del patio. En este momento, llega el doctor.
– ¡Bien, alto! Ahí viene el médico. ¿Quiere usted, doctor, reconocer a esos hombres? Los que no sean declarados enfermos, irán a los calabozos. Los demás, se quedarán en la cabaña.
– ¿Hay sesenta enfermos?
– Sí, doctor, salvo ése, que se ha negado a trabajar.
– Que venga el primero dice el doctor-. Grandet, ¿qué tiene?
– Una indigestión de cabo de vara, doctor. Todos somos hombres condenados a largas penas y la mayoría a perpetuidad, doctor. En las Islas, no hay esperanza de evadirse. No podemos aguantar esta vida si no hay cierta elasticidad y comprensión en el reglamento. Ahora bien, esta mañana, un vigilante se ha permitido, delante de nosotros, querer desnucar de un porrazo con el mango de un pico a un camarada apreciado por todos. No era un gesto de defensa, pues ese hombre no había amenazado a nadie. Sólo dijo que no quería trabajar a pico y pala. Esta es la verdadera causa de nuestra epidemia colectiva. juzgue usted mismo.
El doctor baja la cabeza, reflexiona un largo minuto, y luego, dice:
– Enfermero, anote: “Por razón de una intoxicación alimenticia colectiva, el enfermero vigilante Fulano tomará las medidas necesarias para purgar con veinte gramos de sulfato sódico a todos los deportados que se han declarado enfermos en el día de hoy. En cuanto al deportado, X ruego le pongan en observación en el hospital para que sepamos si su negativa a trabajar ha sido expuesta en plena posesión de sus facultades.”
Vuelve la espalda y se va.
– ¡Todo el mundo adentro! -grita el segundo comandante-. Recoged vuestras ropas y no os olvidéis de los cuchillos.
Aquel día, todos se quedaron en la cabaña. Nadie pudo salir, ni siquiera el repartidor de pan. hacia mediodía, en vez de sopa, el vigilante enfermero, acompañado de dos presidiarios-enfermeros, se presentó con un cubo de madera, lleno de purgante de sulfato sódico. Sólo tres pudieron ser obligados a tragar la purga. El cuarto se cayó encima del cubo simulando una ataque epiléptico perfectamente remedado, y echó purga, cubo y cazo por los suelos.
He pasado la tarde charlando con Jean Castelli. Ha venido a comer con nosotros. Hace chabola con un tolonés, Louis Gravon, condenado por un robo de pieles. Cuando le he hablado de pirarse, sus ojos han brillado. Me dice:
– El año pasado estuve a punto de evadirme, pero la operación se fue al traste. Ya me sospechaba que no eras tú hombre para quedarte tranquilo aquí. Sólo que hablar de pirárselas en las Islas es hablar en chino. Por otra parte, me doy cuenta de que aún no has comprendido a los presidiarios de las Islas. Así como los ves, el noventa por ciento se encuentran relativamente felices aquí. Nadie te denunciará nunca, hagas lo que hagas. Si se mata a alguien, nunca hay testigos; si se roba, ídem – Haga lo que haga quien sea, todos se juntan para defenderle. Los presidiarios de las Islas sólo temen una cosa, que una evasión tenga éxito. Pues, entonces, toda su relativa tranquilidad queda trastornada: registros continuos, se acabaron los juegos de cartas, la música (los instrumentos son destruidos durante los registros), se acabaron los juegos de ajedrez y de damas, ¡todo sanseacabó, vaya! Nada de pacotilla, tampoco. Todo, absolutamente todo queda suprimido. Registran sin parar. Azúcar, aceite, bistecs, mantequilla, todo desaparece. Cada vez, los fugados que han logrado dejar las Islas son detenidos en Tierra Grande, en los alrededores de Kourou. Pero para las Islas, la fuga ha tenido éxito: los audaces han conseguido salir de la isla. De ahí que se sancione a los guardianes, quienes luego se vengan con todo el mundo.
Escucho con toda mi atención. Estoy asombrado. Nunca había visto la cuestión bajo ese aspecto.
– Conclusión-dice Castelli-, el día que te metas en la mollera preparar una fuga, anda con pies de plomo. Antes de tratar con un tipo, si no es un íntimo amigo tuyo, piénsalo diez veces.
Jean Castelli, ladrón profesional, tiene una voluntad y una inteligencia poco comunes. Detesta la violencia. Le apodan El Antiguo. Por ejemplo, sólo se lava con jabón de Marsella, y si me lavo con “Palmolive”, me dice: