– ¡Pero si hueles a marica, palabra! Te has lavado con jabón de mujer!
Desgraciadamente, tiene cincuenta y dos años, pero su energía férrea da gusto de ver. Me dice:
– Tú, Papillon, diríase que eres mi hijo. La vida de las Islas no te interesa. Comes bien porque es necesario para estar en forma, pero nunca te acomodarás para vivir tu vida en las Islas. Te felicito. De todos los presidiarios, no llegamos a media docena los que pensamos así. Sobre todo, en evadirse. Hay, es verdad, muchos hombres que pagan fortunas para hacerse desinternar y, así, ir a Tierra Grande para tratar de evadirse. Pero, aquí, nadie cree en eso de darse el piro.
El viejo Casteíli me da consejos: aprender el inglés y, cada vez que pueda, hablar español con un español. Me ha prestado un libro para aprender el español en veinticuatro lecciones. Un diccionario francés-inglés. Es muy amigo de un marsellés, Gardés, que sabe mucho de fugas. Se ha evadido dos veces. La primera, del presidio portugués; la segunda, de Tierra Grande. Tiene su punto de vista sobre la evasión de las Islas; Jean Castelli, también. Gravon, el tolonés, también tiene su manera de ver las cosas. Ninguna de esas opiniones concuerda. A partir de hoy, tomo la decisión de darme cuenta por mí mismo y de no hablar más de pirármelas.
Es duro, pero así es. El único punto sobre el cual están todos de acuerdo es que el juego sólo interesa para ganar dinero, y que resulta muy peligroso. En cualquier momento puedes verte obligado a liarte a navajazos con el primer matasiete que llegue. Los tres son hombres de acción y están en verdad formidables, teniendo en cuenta su edad: Louis Gravon tiene cuarenta y cinco años y Gardés, casi cincuenta.
Anoche, tuve ocasión de dar a conocer mi modo de ver y de actuar a casi toda nuestra sala. Un cabrito de Toulouse es desafiado a navajazos por uno de Nimes. El cabrito de Toulouse es apodado Sardina y el matasiete de Nimes, Carnero. Carnero, con el torso desnudo, está en medio del coursier, empuñando la navaja:
– O me pagas veinticinco francos por partida de póquer o no juegas más.
Sardina responde:
– Nunca se ha pagado nada a nadie por jugar al póquer. ¿Por qué te metes conmigo y no con los directores de juego de la marsellesa?
– No tienes por qué saberlo. O pagas, o no juegas más, o te peleas.
– No, no me pelearé.
– ¿Te rajas?
– Sí. Porque corro el riesgo de ganarme un navajazo o hacerme matar por un matón como tú que nunca se ha dado el piro. Yo soy hombre de evasión, no estoy aquí para matar o hacer que me maten.
Todos, sin excepción, estamos a la espera de lo que va a pasar. Grandet me dice:
– En verdad que es bravo, el cabrito, y, además, hombre de fuga. Lástima que no se pueda decir nada.
Abro mi navaja y me la pongo bajo el muslo. Estoy sentado en la hamaca de Grandet.
– Así, pues, rajado, ¿pagas o dejas de jugar? Contesta.
Y da un paso hacia el Sardina. Entonces grito:
– ¡Cierra el pico, Carnero, y deja tranquilo a ese tipo!
– ¿Estás loco, Papillon? -me dice Grandet.
Sin moverme del sitio, sentado con mi cuchillo abierto bajo la pierna izquierda, y la mano sobre el mango, digo:
– No, no estoy loco, y escuchad todos lo que voy a deciros. Carnero, antes de pelearme contigo, lo cual haré si así lo exiges, aun después de haber hablado, deja que te diga a ti y a todos que, desde mi llegada a esta cabaña donde somos más de cien, todos del hampa, me he percatado con sonrojo de que la cosa más hermosa, la más meritoria, la única que de verdad importa, la fuga, no es respetada. Ahora bien, todo hombre que haya demostrado ser hombre de fuga, que tiene suficientes redaños para arriesgar su vida en una evasión debe ser respetado por todos al margen de cualquier otra cuestión. ¿Quién dice lo contrario? Silencio-. En todas vuestras leyes, falta una, por lo demás primordiaclass="underline" la obligación válida para todos de no sólo respetar, sino de ayudar y apoyar a los hombres de fuga. Nadie está obligado a irse y admito que casi todos hayáis decidido pasar la vida aquí. Pero si no tenéis el valor de intentar revivir, tened al menos el respeto que merecen los hombres de fuga. Y quien olvide esa ley de hombre, que se disponga a sufrir graves consecuencias. Ahora, Carnero, si sigues queriendo pelearte, en guardia.
Y, de un salto, me pongo en medio de la sala, empuñando la navaja. Carnero tira la suya y dice:
– Tienes razón, Papillon. No quiero desafiarme a navaja contigo pero sí a puñetazos, para que veas que no soy un rajado.
Entrego mi navaja a Grandet. Nos hemos pegado como perros durante casi veinte minutos. Al final, con un cabezazo afortunado, he conseguido tumbarle. Juntos, en los retretes, nos lavamos la sangre que nos brota de la cara. Carnero me dice:
– Es verdad, en estas Islas nos embrutecemos. Llevo quince años aquí y no he gastado siquiera mil francos para tratar de hacerme desinternar. Es una vergüenza.
Cuando vuelvo a la chabola, Grandet y Galgani me pegan bronca.
– ¿Te has vuelto loco? ¿A qué viene eso de provocar e instar a todo el mundo? No sé por qué milagro nadie ha saltado al coursier para pelear a navajazos contigo.
– No, amigos míos, nada tiene de extraño. Todo hombre en nuestro ambiente, cuando alguien tiene de veras razón reacciona dándole precisamente, la razón.
– Está bien -dice Galgani-. Pero, ¿sabes?, no te diviertas demasiado jugando con ese volcán.
Durante toda la velada han venido hombres a hablar conmigo. Se acercan como por azar, hablan de cualquier cosa y luego, antes de irse, añaden:
– Estoy de acuerdo con lo que dijiste, Papi.
Este incidente de la navaja me ha situado bien con los hombres.
A partir de ahora, seguramente estoy considerado por mis camaradas como un hombre de su ambiente, pero que no se doblega ante las cosas admitidas sin analizarlas y discutirlas. Me doy cuenta de que cuando soy yo quien lleva el juego, hay menos disputas y que, si doy una orden, obedecen en seguida.
El director de juegos, como ya he dicho, se lleva el cinco por ciento de cada apuesta ganadora. Está sentado en su banqueta, adosado a la pared para resguardarse de un asesino siempre Posible. Una manta sobre las rodillas tapa una navaja abierta. Alrededor de él, en círculo, treinta, cuarenta y a veces hasta cincuenta jugadores de todas las regiones de Francia, muchos extranjeros, árabes incluidos. El juego es muy fácil. Hay el que tiene la banca y el que talla. Cada vez que el que tiene la banca pierde, pasa las cartas a su vecino. Se juega con cincuenta y dos cartas. El que talla, reparte la baraja y se guarda un naipe tapado. El que tiene la banca saca una carta y la pone boca arriba sobre la manta. Entonces, se hacen las apuestas. Se juega sea por la talla, sea por la banca. Cuando las apuestas están colocadas en montoncitos, se empiezan a echar cartas una por una. La carta que es de igual valor que una de las dos que están en el tapete pierde. Por ejemplo, el que talla ha tapado una dama y el que tiene la banca pone boca arriba un cinco. Si saca una dama antes que un cinco, la talla pierde. Si es el contrario, o sea, si sale un cinco, pierde la banca. El director de juegos debe saber la cuantía de cada apuesta y recordar quién talla o quién tiene la banca para saber a quién corresponde el dinero. No es fácil. Hay que defender a los débiles contra los fuertes, que siempre tratan de abusar de su prestigio. Cuando el director de juegos toma una decisión en un caso dudoso, esa decisión debe ser aceptada sin rechistar.
Esta noche, han asesinado a un italiano llamado Carlino. Vivía con un joven que le servía de mujer. Los dos trabajaban en un huerto. Debía saber que su vida corría peligro, pues cuando dormía, el joven velaba, y viceversa. Bajo su lona-hamaca, habían puesto latas vacías para que nadie pudiese deslizarse hasta ellos sin hacer ruido. Y, sin embargo, ha sido asesinado por debajo. Su grito fue seguido inmediatamente de un espantoso estrépito de latas vacías derribadas por el asesino.