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Debo hacer tres viajes de agua por día. Lo que me lleva más tiempo es llenar el tonel por los dos cargadores de abajo, pero, a fin de cuentas, todo resulta bastante rápido. A las nueve, he terminado y voy de pesca.

Me he aliado con Marguerite para sacar a Briutus de la charca. Rascándole en la oreja, emite un sonido casi de yegua en celo. Entonces Brutus sale solo. Aunque yo ya no tenga necesidad de lavarme, a él continúo bañándolo mejor que antes. Limpio y sin el olor nauseabundo del agua vomitiva donde pasa la noche, aún le gusta más a Marguerite, y él se muestra más vivaz.

Al regresar del mar, a mitad de la costa, se encuentra un lugar un poco llano donde tengo una piedra grande. Allí Brutus tiene la costumbre de resoplar cinco minutos. Entonces, calzo la carreta y, así el animal reposa mejor. Pero esta mañana, otro búfalo, Danton, tan grande como él, nos esperaba escondido detrás de los pequeños cocoteros que sólo tienen hojas, pues se trata de un plantel. Danton aparece y ataca a Brutus. Éste se aparta y va el golpe, y el otro choca contra la carreta. Uno de sus cuernos ha penetrado en el tonel- Danton hace esfuerzos enormes para soltarse, y yo aprovecho la ocasión para liberar a Brutus de sus arneses. Entonces, Brutus toma carrerilla por la parte de arriba, al menos treinta metros, y se precipita a galope contra Danton. El miedo o la desesperación hacen que éste, antes de que mi búfalo se abalance sobre el, se suelte del tonel, astillándose un cuerno, pero Brutus no puede frenar a tiempo y carga contra la carreta, volcándola.

Entonces, asisto a un curioso espectáculo. Brutus y Danton se tocan los cuernos sin empujarse; no hacen más que frotarse mutuamente sus inmensos cuernos. Parece que se hablan y, sin embargo, no mugen; sólo resoplan. Luego, la búfala asciende lentamente por la costa, seguida por los dos machos que, de vez en cuando, se detienen y comienzan a frotarse y entrelazar los cuernos. Cuando se entretienen demasiado, Marguerite gime lánguidamente y prosigue avanzando hacia el llano. Los dos mastodontes, siempre en las mismas, la siguen. Después de tres paradas en las que se repite la misma ceremonia, llegamos al llano. Esta parte en la que desembocamos está delante del faro y forma una plaza desnuda de trescientos metros de largo, más o menos. En un extremo, el campamento de los presidiarios; a la derecha y a la izquierda, los edificios de los dos hospitales: deportados y militares.

Danton y Brutus siguen a la joven búfala a veinte pasos. Marguerite, por su parte, va tranquilamente al centro de la plaza y se detiene. Los dos enemigos llegan a su altura. Ella, de vez en cuando, lanza su mugido de lamento, largo y positivamente sexual. Los dos machos se tocan de nuevo los cuernos, pero esta vez tengo la impresión de que se hablan en serio, pues con su resoplido se mezclan sonidos que deben significar algo.

Después de esta conversación, uno parte hacia la derecha, lentamente, y el otro hacia la izquierda. Van a situarse en los extremos de la plaza. Hay, pues, trescientos metros entre ellos. Margueríte, siempre en el centro, espera. He comprendido: es un duelo con todas las de la ley, aceptado por ambas partes, con la joven búfala como trofeo. Esta está de acuerdo, por supuesto, y también orgullosa de que dos galanes se batan por ella.

A un bramido de Marguerite, se lanzan uno hacia el otro. En la trayectoria que cada uno puede recorrer, unos ciento cincuenta metros, inútil es decir que sus dos mil kilos se multiplican por la velocidad que van adquiriendo. El choque de esas dos cabezas es tan formidable, que ambos quedan nockout más de diez minutos. Los dos han doblado las patas. El primero en recuperarse, Brutus, esta vez va al galope a tomar posición.

La batalla ha durado dos horas. Unos guardianes querían matar a Brutus, pero yo me he opuesto y, en un momento dado en un choque, Danton se ha partido el cuerno que se había astillado contra el tonel. Huye, perseguido por Brutus. La batalla persecución ha durado hasta el día siguiente. Por allí donde han pasado, jardines, cementerio, lavandería, todo ha quedado destruido.

Sólo después de haberse batido durante toda la noche, a la mañana siguiente, hacia las siete, Brutus ha podido acorralar a Danton contra la pared de la carnicería, que está en la orilla del mar, y allí le ha metido un cuerno entero en el vientre. A fin de rematarlo bien, Brutus ha girado sobre sí mismo dos veces para que el cuerno barrene en el vientre de Danton que, en medio de un río de sangre y de tripas, está derribado, vencido de muerte.

Esta batalla colosal ha debilitado tanto a Brutus, que ha sido preciso que yo le libere su cuerno para que pueda reincorporarse. Tambaleándose, se aleja, por el camino que bordea el mar, y allí, Marguerite se ha puesto a caminar junto a el, levantando el grueso cuello que sustenta una cabeza sin cuernos.

No he asistido a su noche de bodas, pues el guardián responsable de los búfalos me acusó de haber desatado a Brutus y perdí mi destino de boyero.

He pedido hablar con el comandante acerca de Brutus.

– Papillon, ¿qué ha pasado? Brutus debe ser sacrificado; es demasiado peligroso. Ya ha matado a tres hermosos ejemplares.

– Precisamente he venido a pedirle que salve a Brutus. El guardián encargado de los búfalos no comprende nada. Permítame que le cuente por qué Brutus ha actuado en legítima defensa.

El comandante sonríe.

– Escucho…

– …Así, pues, comprenda usted, mi comandante, que mi búfalo fue el agredido -concluí yo, después de haber contado todos los detalles-. De no soltar a Brutus, Danton lo hubiese matado enganchado al pértigo, y, por lo tanto, sin posibilidades de defenderse, uncido al yugo y atado a la carreta como estaba.

– Es verdad dice el comandante.

Entonces, se presenta el encargado de los búfalos.

– Buenos días, comandante. Lo busco a usted, Papillon, porque esta mañana ha salido a la isla como si fuera al trabajo y, sin embargo, no tenía nada que hacer.

– He salido, Monsieur Angosti, para ver si podía detener aquella batalla; pero, por desgracia, estaban demasiado furiosos.

– Sí, es posible, pero ahora ya no tendrá usted que conducir al búfalo, ya se lo he dicho. Por otra parte, el domingo por la mañana pensamos matarlo y obtener de él carne para los reclusos.

– Usted no hará eso.

– No será usted quien me lo impida.

– No, pero sí el comandante. Y si no basta, el doctor Germain Guibert, a quien le pediré que intervenga para salvar a Brutus.

– ¿Por qué se mezcla usted en esto?

– Porque me afecta. Al búfalo lo conduzco yo; es mi compañero.

– ¿Su compañero? ¿Un búfalo? ¿Me toma usted el pelo?

– Escuche, Monsieur Angosti, ¿quiere usted dejarme hablar un momento?

– Déjele que haga la defensa de su búfalo -dice el comandante.

– Bien, hable.

– ¿Cree usted, Monsieur Angosti, que las bestias hablan entre sí?

– ¿Por qué no, si se comunican?

– Entonces, Brutus y Danton, de común acuerdo, se han batido en duelo.

Y, de nuevo, lo explico todo, de cabo a rabo.

– ¡Cristacho! -exclama el corso-. Es usted un tipo raro, Papillon. Arrégleselas con Brutus, pero si mata a otro, no lo salvará nadie, ni siquiera el comandante. Le pongo de nuevo como boyero. Arrégleselas para que Brutus trabaje.

Dos días después, con la carreta reparada por los obreros del taller, Brutus, acompañado por su legítima Marguerite, reanudaba los acarreos cotidianos de agua de mar. Y yo, cuando llegábamos al llano donde descansaba con la carreta bien calzada con piedras, le decía:

– ¿Dónde está Danton, Brutus?

Y aquel mastodonte, de un solo tirón, ponía en marcha la carreta y, con paso alegre, como el vencedor, terminaba el trayecto de una tirada.