Dado que llamaba a sus padres casi cada día, podía intuirse que tenía una buena relación con ellos. (En el informe se incluía un año entero de recibos telefónicos, pero por fortuna alguien ya los había digerido por mí, y había seleccionado las llamadas más frecuentes.) Alana era soltera, no parecía estar saliendo con nadie actualmente, y era propietaria de su piso en un lugar de muy alto nivel, no muy lejos de los cuarteles generales de Trion.
Todos los domingos hacía la compra en un supermercado naturista; parecía ser vegetariana, porque nunca compraba carne, ni siquiera pollo o pescado. Comía como un pajarito, pero un pajarito de la selva tropicaclass="underline" muchas frutas -fresas, frambuesas, moras- y muchos cereales. No frecuentaba bares ni happy hours, pero sí recibía pedidos ocasionales de una tienda de licores del barrio, así que tenía por lo menos un vicio. Su vodka de todos los días parecía ser Grey Goose; su ginebra era Tanqueray Malacca. Salía a cenar una o dos veces por semana, y no precisamente a Denny's o Applebee's o Hooters; parecía gustarle lo fino, lugares gourmet con nombres como Chakra y Alto y Buzz y Om. También iba con frecuencia a restaurantes Thai.
Por lo menos una vez por semana iba al cine, y acostumbraba comprar las entradas con anticipación en Fandango; de vez en cuando veía la típica peli de chicas, pero la mayoría eran filmes extranjeros. Aparentemente, era una mujer que prefería ver El árbol de los zuecos que Porky's. Allá ella. Compraba muchos libros por Internet, en Amazon y Barnes and Noble, la mayoría ficción moderna de corte serio, cosas latinoamericanas y una buena cantidad de libros sobre cine. También, más recientemente, algunos libros sobre budismo y sabiduría oriental y mierda así. También había comprado películas en DVD, incluyendo toda la serie de El padrino y clásicos noir de los cuarenta como Perdición. De hecho, había comprado Perdición dos veces, una hace años, en vídeo, y otra, más recientemente, en DVD. Era obvio que había comprado su reproductor de DVD en los últimos dos años; y era obvio que aquella vieja peli de Fred McMurray y Barbara Stanwyck era una de sus favoritas. Parecía haber comprado todos y cada uno de los discos de Ani DiFranco y Alanis Morissette.
Guardé bien estos datos. Comenzaba a hacerme una idea de Alana Jennings. Y comenzaba también a diseñar un plan.
Capítulo 26
El sábado por la tarde, vestido con ropa deportiva blanca (que había comprado esa misma mañana: normalmente juego a tenis en vaqueros cortados y camiseta) y llevando en la muñeca un reloj de buzo, italiano y ridículamente caro, que había sido uno de mis despilfarros recientes, llegué a un lugar estirado y exclusivo llamado Tennis & Racquet Club. Alana Jennings era socia, y de acuerdo con mi informe, jugaba allí todos los sábados. Confirmé la hora de su pista llamando el día anterior y diciendo que se suponía que debíamos jugar juntos y que había olvidado la hora, no lograba encontrarla, ¿a qué hora era aquello, por favor? Fácil. Tenía un partido de dobles a las cuatro y media.
Media hora antes de su partido tuve una cita con el director de admisiones del club para que me enseñara el lugar. Eso requirió de cierta estrategia, porque se trataba de un club privado y no se podía entrar en él así como así. Le dije a Arnold Meacham que le pidiera a Wyatt mover sus fichas para que algún ricachón -el amigo de un amigo de un amigo, alguien que estuviera a cierta distancia de Wyatt- contactara a los del club y me recomendara. El tío resultó ser parte del comité de admisiones, y era obvio que su nombre tenía peso en el club, porque el director de admisiones, Josh, parecía encantado de enseñarme el lugar. Hasta me dio un pase para que pudiera ver las pistas (eran de tierra batida, las había cubiertas y también al aire libre) y tal vez consiguiera un partido.
El lugar era una extensa mansión estilo «shingle» que parecía una de esas «casitas» de Newport. Se levantaba en medio de un mar esmeralda de césped perfectamente recortado. En el café, finalmente me quité a Josh de encima fingiendo que saludaba con la mano a un conocido. Se ofreció a conseguirme un partido, pero le dije que no se preocupara por mí, yo conocía a muchos de los socios, no tendría problemas.
La vi un par de minutos después. Era imposible no ver a una tía tan buena. Llevaba una camiseta Fred Perry, y tenía (por alguna razón, esto no se veía en las fotos de vigilancia) un magnífico par de tetas. Sus ojos azules eran deslumbrantes. Entró en el café con otra mujer de su edad, y ambas pidieron Pellegrino. Encontré una mesa cerca de la suya, pero no demasiado cerca, y detrás de ella, fuera de su campo visual. La idea era observar, escuchar y, sobre todo, no ser visto. Si me veía, la próxima vez que tratara de merodear a su alrededor lo iba a tener más difícil. No es que yo sea un Brad Pitt, pero tampoco soy el tío más feo del mundo; las mujeres tienden a fijarse en mí. Tendría que ir con cuidado.
No pude saber si la mujer con la que estaba Alana Jennings era una vecina o una amiga de la universidad o qué, pero estaba claro que no hablaban de negocios. Se podía fácilmente concluir que no era una de sus compañeras del proyecto Aurora. Mala suerte: no iba a escuchar nada útil.
Pero entonces sonó su móvil.
– Soy Alana -dijo.
Tenía una voz aterciopelada, como de colegio privado, culta sin resultar afectada.
– ¿Eso hiciste? -dijo-. Pues bien, me parece a mí que lo has resuelto.
Mis oídos se abrieron.
– Keith, acabas de reducir el tiempo de producción a la mitad, es increíble.
Estaba definitivamente hablando de trabajo. Me acerqué un poco para oír mejor. Había risas en el ambiente, y platos chocando, y el top top de las bolas de tenis, todo lo cual hacía más difícil entender lo que Alana decía. Alguien pasó junto a mi mesa, un tipo corpulento con una tripa inmensa que sacudió mi vaso de Coca-Cola. Reía escandalosamente, y su risa cubría la conversación de Alana. Muévete, gilipollas.
Pasó de largo caminando como un pato, y entonces escuché otro fragmento de la conversación. Ahora Alana estaba hablando en voz baja, y tan sólo me llegaban trozos aislados. La oí decir:
– … pues sí, ésa es la pregunta de los sesenta y cuatro mil millones de dólares, ¿no es cierto? Ojalá supiera la respuesta. -Y luego, un poco más fuerte-: Gracias por avisarme. Es genial. -Sonó un pequeño bip y Alana colgó-. Es trabajo -le dijo a la otra mujer en tono de disculpa-. Lo siento, me gustaría apagar este aparato, pero estos días debo estar disponible las veinticuatro horas. ¡Ahí está Drew!
Un tío alto y fornido se acercó a ella -recién entrado en la treintena, bronceado, el cuerpo ancho y liso de un remero- y le dio un beso en la mejilla. No besó a la otra mujer.
– Hola, nena -dijo.
Genial, pensé. Así que los matones de Wyatt ni siquiera se habían dado cuenta de que Alana estaba saliendo con alguien.
– Hola, Drew -dijo ella-. ¿Dónde está George?
– ¿No te llamó? -dijo Drew-. Vive en la luna. Se le olvidó que este fin de semana le tocaba su hija.
– ¿Así que no tenemos cuarto?
– Ya encontraremos a alguien -dijo Drew-. No puedo creer que no te haya llamado. Qué lata.
Una bombilla se encendió en mi cabeza. Echando por la borda mi cuidadoso plan de observación anónima, tomé una decisión más arriesgada en una fracción de segundo. Me puse de pie y dije:
– Disculpad.
Todos me miraron.
– ¿Necesitáis un cuarto?
Me presenté con mi nombre verdadero, les expliqué que estaba viendo el lugar, no mencioné nada de Trion. Mi presencia pareció aliviarlos. Me parece que asumieron, al ver mi raqueta Yonex de titanio, que debía de ser muy bueno, aunque les aseguré que no lo era tanto, que no había jugado en mucho tiempo. Lo cual era cierto.