– Dios mío.
– Y nada de Coca-Cola, esa mierda se acabó. Necesita líquidos, adelgazar esas mucosidades, nada con cafeína. Necesita potasio, necesita calcio. Por lo de los esteroides.
Al hablar, Antwoine se clavaba el dedo índice en la palma de la mano como si fuera el entrenador del campeón mundial de los pesos pesados.
– Haz toda la mierda para conejos que quieras -dijo mi padre-. No me la comeré.
– Pues se está usted matando. Respirar le cuesta diez veces más energía que a un tío normal, así que necesita alimentarse, mejorar su energía, su masa muscular, todo eso. Si se muere en mi turno, que no sea culpa mía.
– Como si te importara una mierda -dijo mi padre.
– ¿Qué cree, que he venido para ayudarle a morir?
– Pues eso parece.
– Si quisiera matarle, ¿por qué iba a hacerlo tan despacio? -dijo Antwoine-. A no ser que piense que todo esto me divierte. Que disfruto con esta mierda.
– Es que es divertidísimo, ¿o no? -dije.
– Ey, ¡mira el reloj de este tío! -dijo de repente Antwoine. Me había olvidado de quitarme el Panerai. Tal vez creí, inconscientemente, que ni él ni mi padre se fijarían-. Déjeme ver -se acercó y lo inspeccionó, maravillado-. Tío, esto debe costar cinco mil dólares -dijo. Casi adivinó. Me sentí avergonzado: era más de lo que él ganaba en dos meses-. ¿Es uno de esos relojes de buzo italianos?
– Sí -me apresuré a decir.
– No me jodas -dijo mi padre con voz como de gozne oxidado-. No me lo creo. -Ahora también él tenía la mirada fija en mi reloj-. ¿Te has gastado cinco mil dólares en un reloj de mierda? ¡Qué imbécil! ¿Tienes alguna idea de cómo tuve que romperme la espalda trabajando para conseguir cinco mil dólares mientras te pagaba la universidad? ¿Y eso te has gastado en un puto reloj?
– El dinero es mío, papá -dije. Y añadí débilmente-. Es una inversión.
– Por Dios santo, ¿me crees idiota? ¿Una inversión?
– Mira, papá, me acaban de subir el sueldo. Ahora estoy trabajando para Trion Systems, y me están pagando el doble de lo que ganaba en Wyatt, ¿de acuerdo?
Me miró con expresión sagaz.
– ¿Cuánto te pagan, para que puedas tirar cinco mil de esa manera? Dios mío, ni siquiera soy capaz de hacerme una idea.
– Me pagan mucho, papá. Y si quiero tirar mi dinero, puedo hacerlo. Me lo he ganado yo.
– Sí, te lo has ganado -repitió con sarcasmo-. Bueno, cuando quieras devolverme los no sé cuántos miles y miles de dólares que tiré a la basura contigo, bienvenido.
Estuve cerca de explicarle cuánto dinero había tirado a la basura con él, pero me contuve justo a tiempo. Esa victoria momentánea no valía la pena. En vez de hacerlo me dije una y otra vez: éste no es tu padre. Es una mala caricatura de tu padre, animada por Hanna-Barbera, distorsionada por la prednisona y una docena más de sustancias capaces de alterar la mente, desfigurada hasta hacerla irreconocible. Por supuesto, sabía que eso no era cierto: era el mismo gilipollas de siempre, sólo que con el volumen un poco más alto.
– Vives en un mundo de fantasía -continuó mi padre y enseguida respiró hondo-. Te crees que sólo por el hecho de comprar trajes de dos mil dólares y zapatos de quinientos y relojes de cinco mil serás uno de ellos, ¿no es cierto? -respiró-. Pues déjame que te diga algo. Llevas puesto un disfraz de Halloween, eso es todo. Te estás disfrazando. Te lo digo porque eres mi hijo y nadie más te lo va a decir a la cara. No eres más que un mono vestido con un puto esmoquin.
– ¿Y eso qué quiere decir? -murmuré. Antwoine salió prudentemente de la habitación. La cara se me puso colorada.
Es un hombre enfermo, me dije. Tiene enfisema crónico. Se está muriendo. No sabe lo que dice.
– ¿Crees que alguna vez llegarás a ser como ellos? Caramba, te gustaría creértelo, ¿no? Crees que van a darte la bienvenida, que van a dejarte entrar en sus clubes privados y tirarte a sus hijas y jugar a polo con ellos -tomó una pequeña bocanada de aire-. Saben quién eres, hijo, y de dónde vienes. Tal vez te dejen jugar un rato en su cajón de arena, pero tan pronto como comiences a olvidar quién eres en verdad, alguien va a recordártelo.
No pude contenerme más tiempo. Me estaba volviendo loco.
– En el mundo de los negocios no funciona así, papá -dije con paciencia-. No es como un club. Se trata de ganar dinero. Si les ayudas a ganar dinero, estás satisfaciendo una necesidad. Yo estoy donde estoy porque me necesitan.
– Ah, así que te necesitan -repitió él, acentuando la palabra y asintiendo-. Esa sí que es buena. Te necesitan como el que caga necesita papel higiénico, ¿me entiendes? Luego, cuando hayan acabado de limpiarse la mierda, tiran de la cadena. Déjame que te lo diga, a ellos sólo les importan los triunfadores, y saben que tú eres un fracasado y no te dejarán olvidarlo.
Puse los ojos en blanco. Negué con la cabeza, pero no dije nada. Una vena me palpitaba en la sien. Mi padre respiró hondo.
– Y eres tan estúpido y tan prepotente que ni siquiera te das cuenta. Vives en un mundo de fantasía, igual que tu madre. Ella siempre se creyó demasiado para mí, pero no valía una mierda. Soñaba. Y tú tampoco vales una mierda. Fuiste un par de años a un instituto fino, y tienes un diploma que te sirve para cobrar mucho sin hacer nada, pero aún así no vales ni una mierda.
Respiró nuevamente y su voz pareció suavizarse un poco.
– Te lo digo porque no quiero que te jodan como me jodieron a mí, hijo mío. Como ocurrió en ese puto instituto de pijos de mierda, los padres ricos que me miraban por encima de hombro, como si yo no fuera uno de ellos. Pues bien, adivina qué. Me ha tomado un buen rato darme cuenta, pero tenían razón. No era uno de ellos. Ni tú tampoco, y cuanto más pronto te des cuenta, mejor te irá.
– ¿Mejor cómo, como a ti? -dije.
Simplemente se me escapó. Él me miró con ojos llorosos.
– Al menos sé quién soy -dijo-. Tú no tienes ni puta idea de quién eres.
Capítulo 28
A la mañana siguiente era domingo, mi única oportunidad de dormir hasta tarde, así que, como es evidente, Arnold Meacham insistió en que nos viéramos temprano. Yo había contestado a su correo diario usando el nombre «Donnie», lo cual significaba que tenía algo que entregarle. Me respondió de inmediato diciéndome que estuviera en el aparcamiento de un almacén de materiales a las nueve en punto de la mañana.
Cuando llegué ya había mucha gente allí -no todos dormían hasta tarde los domingos- comprando vigas y tejas y herramientas eléctricas y bolsas de semillas de hierba y fertilizantes. Esperé una media hora metido en el Audi.
Un BMW 745i se estacionó en el espacio a mi lado. Se veía un poco fuera de lugar entre las furgonetas y los pick-ups. Arnold Meacham llevaba un suéter de punto color azul bebé y parecía que estuviera de camino a jugar al golf o algo así. Me hizo señales de que entrara en su coche, obedecí, y le entregué un CD y una carpeta de archivos.
– ¿Y qué tenemos aquí? -preguntó.
– La lista de empleados del proyecto Aurora.
– ¿Todos?
– No lo sé. Al menos unos cuantos.
– ¿Por qué no todos?
– Hay cuarenta y siete nombres ahí. Es un buen comienzo.
– Necesitamos la lista completa.
Suspiré.
– Veré qué puedo hacer -dije. Me detuve un instante, dividido entre el deseo de no decir más de lo necesario (cuanto más dijera, más me presionaría) y el de presumir de lo mucho que había progresado. Finalmente dije-: Tengo las contraseñas de mi jefe.
– ¿Qué jefe? ¿Lundgren?
– Nora Sommers.
Asintió.
– ¿Usó el software?