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Goddard abrió una pequeña nevera escondida en un armario y me alcanzó una botella de Aquafina. Luego se sentó detrás de su escritorio -en realidad, no había otro lugar- y de inmediato se recostó en su silla de cuero. Yo me senté en una de las sillas del otro lado de la mesa. Miré alrededor y vi una foto de una mujer poco atractiva que tomé por su esposa, ya que tenían aproximadamente la misma edad. Tenía el pelo blanco, era simple y estaba sorprendentemente arrugada (Mordden la había llamado shar-pei) y llevaba un collar de perlas de tres vueltas a lo Barbara Bush, probablemente para disimular los pliegues del cuello. Me pregunté si Nick Wyatt, consumido como estaba de envidia por Jock Goddard, tenía la menor idea de la mujer que esperaba al envidiado por las noches. Las bellezas tontas de Wyatt cambiaban o rotaban cada dos noches, y todas tenían las tetas como si fueran modelos de revista; ése era uno de los requisitos del empleo.

Había una estantería llena de reproducciones de latón de coches clásicos, deportivos con grandes alerones y líneas terminadas en punta, y unos cuantos camiones de leche Divco. Eran modelos de los cuarenta o los cincuenta, probablemente de cuando Jock Goddard era un niño o un jovencito.

Me sorprendió mirándolos y dijo:

– ¿Qué coche tiene usted?

– ¿Qué coche tengo? -Por un instante no supe a qué se refería-. Ah, un Audi A6.

– Audi -repitió como si fuera una palabra extranjera. De acuerdo, tal vez lo sea-. ¿Le gusta?

– Está bien.

– Hubiera pensado que sería un Porsche 911, o al menos un Boxster, o algo por el estilo. Un tipo como usted.

– En realidad, no soy un fanático de los coches -dije. Era una respuesta calculada, lo admito, deliberadamente contradictoria. La consigliere de Wyatt, Judith Bolton, había dedicado parte de una sesión a hablar de coches, para que yo pudiera encajar en la cultura empresarial de Trion. Pero el instinto me decía que en un cara a cara no iba a lograrlo. Mejor evitar el tema por completo.

– Yo creía que en Trion todos eran fanáticos de los coches -dijo Goddard. Me hablaba con picardía: con esa frase, lanzaba un derechazo contra el servilismo de sus imitadores. Eso me gustó.

– Los ambiciosos, por lo menos -dije, sonriendo.

– Bueno, usted sabe, los coches son mi única extravagancia, y eso tiene una razón. A principios de los setenta, cuando Trion salió a bolsa y empecé a ganar más dinero del que podía gastar, salí un día y me compré un barco de veinte metros de eslora. Estaba feliz con mi barco, hasta que vi uno de veintitrés metros en el puerto deportivo. Tres metros más largo. Y sentí una punzada, ¿me entiende? Se me despertó el instinto competitivo. Y de repente sentí que sí, que era infantil, pero necesitaba comprarme un barco más grande. ¿Y sabe lo que hice?

– Se compró un barco más grande.

– No. Podría haberme comprado un barco más grande sin el menor esfuerzo, pero siempre habría algún idiota con un barco todavía más grande. ¿Y quién es el idiota entonces? Yo. Así no hay forma de ganar.

Asentí.

– Así que vendí el maldito barco. Al día siguiente. Lo único que mantenía la nave a flote era la fibra de vidrio y la envidia. -Soltó una risita-. Esa es la razón por la que mi despacho es pequeño. Pensé que si el despacho del jefe es del mismo tamaño que el de los demás ejecutivos, al menos en esta compañía no habrá tanta envidia profesional. La gente nunca dejará de competir para ver quién la tiene más grande. Mejor que se concentren en otra cosa. De manera, Elijah, que usted es de contratación reciente.

– En realidad, me llamo Adam.

– Mierda, lo he vuelto a hacer. Lo siento. Adam, Adam. Entendido. -Se inclinó sobre su escritorio, se puso sus gafas de lectura y hojeó mi archivo de Recursos Humanos-. Lo hemos sacado de Wyatt. Usted salvó al Lucid.

– No «salvé» al Lucid, señor.

– Aquí no necesita falsas modestias.

– No es modestia. Es exactitud.

Sonrió, como si le divirtiera.

– ¿Cómo ve a Trion comparada con Wyatt? No, olvide que se lo he preguntado. Prefiero que no me responda.

– No pasa nada, no me importa contestar -dije, con toda franqueza-. Me gusta este lugar. Es emocionante. Me gusta la gente. -Reflexioné un instante, me di cuenta de lo lameculos que sonaba eso-. Bueno, la mayoría.

Sus ojos de duende se arrugaron.

– Aceptó el primer paquete salarial que le ofrecimos -dijo-. Un tipo con sus credenciales podría haber negociado un poco más.

Me encogí de hombros.

– La oportunidad me interesaba.

– Puede ser, pero sugiere que estaba usted ansioso por largarse de allí.

Todo eso me estaba poniendo nervioso, y, de todas formas, sabía que a Goddard le gustaría que fuera discreto.

– Trion es más mi estilo, me parece.

– ¿Le están dando las oportunidades que esperaba?

– Sí.

– Paul, mi jefe de servicios financieros, me habló de su intervención sobre el GoldDust. Es obvio que usted tiene fuentes.

– Me mantengo en contacto con mis amigos.

– Adam, me gusta su idea de reformar el Maestro, pero me preocupa el tiempo que nos tome añadir el protocolo de seguridad. El Pentágono querrá tener prototipos para ayer.

– No es problema -dije. Tenía los detalles tan frescos como si me hubiera preparado para un examen final de química-. Kasten Chase ya ha desarrollado un protocolo de seguridad de acceso protegido a datos. Tienen su tarjeta encriptadora Fortezza, el módem de seguridad Palladium… las soluciones a nivel de hardware y software ya están. Incorporar todo eso al Maestro podría tomarnos dos meses. Estaríamos listos mucho antes de que nos concedan el contrato.

Goddard negó con la cabeza. Parecía aturdido.

– El maldito mercado ha cambiado mucho. Todo es «e-esto», «i-aquello», toda la tecnología converge hacia un mismo punto. Es la era del todo-en-uno. Los consumidores no quieren tener una televisión y un aparato de vídeo y un fax y un ordenador y un equipo de sonido y un teléfono y un largo etcétera -dijo. Me miró con el rabillo del ojo. Era obvio que estaba soltando la idea sólo para ver qué opinaba yo-. El futuro está en la convergencia, ¿no cree usted?

Puse cara de escepticismo, respiré hondo y dije:

– La respuesta larga es… no.

Tras unos segundos de silencio, sonrió. Yo había hecho mis deberes. Había leído la trascripción de unos comentarios informales que Goddard había hecho el año anterior, en Palo Alto, en una de esas conferencias sobre tecnología del futuro. Había soltado una diatriba contra la «fiebre de las prestaciones», como la llamaba, y yo había memorizado sus palabras, pensando que podría usarlas en alguna reunión.

– Explíquese.

– No es más que una inflación de prestaciones. Echar capas de policromado a costa de la facilidad de uso, de la simplicidad, de la elegancia. Creo que todos nos estamos cansando de tener que presionar treinta y seis botones de veintidós mandos a distancia sólo para poder ver las noticias de la tarde. Creo que ahora mismo hay gente que se enfurece cada vez que enciende el coche y sale la señal de revise el motor, porque uno no es capaz de abrir el capó, simplemente, y revisarlo, no, uno tiene que llamar a un mecánico especializado que viene con su ordenador de diagnósticos y su título de ingeniero del MIT.

– Incluso si uno es fanático de los coches -dijo Goddard con sonrisa sarcástica.

– Así es. Además, todo este asunto de la convergencia es un mito, la palabra de moda, muy peligrosa si uno se la toma en serio. Mal negocio. El teléfono-fax de Canon fue un fracaso: un fax mediocre y un teléfono aún peor. Nadie ha visto una lavadora que converja con la secadora, ni un microondas que converja con el horno de gas. Nadie quiere una combinación microondas-nevera-cocina-televisión si lo único que desea es tener frías las Coca-Colas. Cincuenta años después de la invención del ordenador, ¿con qué ha convergido? Con nada. En mi opinión, toda esta basura de la convergencia es una nueva versión de la liebrélope.